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jueves, 25 de septiembre de 2014

Los Orígenes de Roma (I): Desde la fundación de Roma hasta el fin de la monarquía


1. Roma y el Lacio Antiguo
 
El Lacio Antiguo, Latium Vetus, era la región que habitaban los primitivos latinos. Los autores antiguos la llamaban así para distinguirlas tanto del Latium adjectum como de las colonias de derecho latino que se fueron implantando en diversos lugares de Italia durante los primeros siglos de la historia de Roma. Ello fue realizado primero por la Liga Latina y después por decisión unilateral de Roma cuando ésta pasó a controlar tal Liga, e incluso después de hacerla desaparecer el 338 a.C.
El Lacio antiguo equivalía a la llanura situada al sur del Tíber, al norte del cual estaban asentados los etruscos y limitada por los montes Lepinos, Prenestinos y Corniculanos al este; por el mar, al oeste, y por los montes de Terracina al sur. Esa llanura ofrecía unas excelentes condiciones para la explotación agrícola y ganadera, a la vez que era un punto de confluencia de varias vías terrestres, y estaba abierto al mar, factores que propiciaron un rápido desarrollo económico de la región.




El emplazamiento en altura en los núcleos urbanos pudo haber sido un medio de protegerse de la malaria que era endémica en la región pontina; en todo caso, las fuentes antiguas permiten apreciar que el Lacio primitivo estaba densamente poblado, lo que se está confirmando por los hallazgos arqueológicos. 

a) Los griegos, el Lacio Antiguo y Roma  

La arqueología confirma básicamente las noticias de la tradición sobre el más antiguo asentamiento colonial griego en Campania; primero en el norte de la isla de Ischia, con un asentamiento en el monte Vico y otro menor en el este, en Castiglione, anterior a mediados del siglo VIII a.C., y en fechas ligeramente posteriores, hacia el 750 a.C., con la fundación de Cumas en la costa a unos 20 kilómetros de Nápoles. Cumas representa pues, el asentamiento colonial griego, más antiguo y el más alejado en Italia. Solo posteriormente,  hacia 600 a.C., los griegos se atrevieron a implantar colonias más alejadas, como Marsella y Ampurias. En el proceso colonizador intervinieron griegos de diversa procedencia: eubeos (Cumas, Naxos, Leontinos, Catania), rodios y cretenses (Gela), aqueos (Sibaris, Crotona, Metaponto, Posidonia), dorios (Siracusa, Mégara Hiblea), espartanos (Tarento, Siris, Locros)…así como que algunas colonias menores se crearon desde las propias colonias ya existente, como fue el caso de Acras, Casmena y Camarina, fundadas por Siracusa, o las subcolonias de Locros (Medma, Hiponio, Metauro). A fines del periodo arcaico, se cierra ese proceso colonizador con la fundación de Velia (Hyele) en torno al 535 a.C.

Los avances arqueológicos de las últimas décadas confirman que los hallazgos de procedencia micénica están generalizados en todo el sur de Italia y Sicilia, pero tienen igualmente una difusión, sin duda menor, en regiones más alejadas, como el Lacio y Etruria. Ahora bien, no se sabe por el momento de la existencia de un poblado comercial micénico en el Lacio, por más que los antiguos hablen incluso de la fundación de Roma y de otras ciudades por héroes del ciclo de la Guerra de Troya, o bien por héroes aqueos.

Pero desde el siglo VIII a.C., Roma y el Lacio no solo tenían cerca, en Campania, una gran colonia griega, Ischia y Cumas, sino que sus contactos con los griegos les podían llegar de otras colonias y a través de sus relaciones con la vecina Etruria. Pero la simple llegada de unos productos griegos no tiene fuerza suficiente para hacer posible la helenización de una sociedad, ya que se encuentra cerámicas griegas en muchos comunidades del interior que no dieron el paso para transformarse en sociedades urbanas hasta finales del periodo arcaico, como el área Enotria y el norte de la Basilicata.

De este modo, el Lacio que no conoció asentamientos coloniales griegos, por su posición entre Etruria y Campania, así como por sus pequeños puertos costeros y fluvial, pasó de formas pre y protourbanas a la creación de auténticas ciudades. Y en ese proceso fue ventajosa la situación de no contar con colonias griegas, ya que, con frecuencia, donde éstas se asentaron ahogaron las posibilidades de desarrollo de las poblaciones locales que quedaron sometidas o satelizadas en beneficio de la fundación colonial. Así, la inexistencia de buenos puertos en el Lacio y la insalubridad de sus costas fueron factores que posibilitaron una evolución más autónoma de sus gentes, aunque su propio emplazamiento geográfico le permitía estar relacionados con las corrientes culturales y comerciales de Italia, entre ellas las provenientes de las ciudades griegas. 

b) Los etruscos, el Lacio y Roma 

Hoy se sabe bien que, además de la Etruria propia y originaria, los etruscos extendieron su presencia en Italia por medio de la fundación de colonias y a través del establecimiento de relaciones comerciales con regiones muy apartadas de la  propia Etruria. Actualmente la investigación sobre los etruscos se orienta hacia el análisis del proceso de formación de las ciudades etruscas y de su posterior expansión. Nunca existió un estado etrusco, sino que cada ciudad constituía una unidad política autónoma; y ese individualismo solo ocasionalmente se superó por medio de la alianza de las ciudades que tenían su centro federal religioso en el santuario de Voltumna, situado cerca de Bolsena.

El Lacio y Roma se relacionaron preferentemente con las ciudades del sur de Etruria: Tarquinii, Vulci, Caere y Veii. Su parte costera, que llegó a tener lugares inhabitables por el peligro de la malaria al menos desde el siglo II a.C., contaba con mejores condiciones en el periodo de florecimiento de las ciudades. Eso parece indicar el abandono del puerto de Gravisca en el siglo II a.C., que antes había tenido una gran actividad al servicio de la ciudad de Tarquinia. Todas esas ciudades del sur de Etruria -Tarquinii = Tarquinia, Vulci = Vetulonia, Caere = Cerveteri y Veii = Veyes- tuvieron su periodo de florecimiento durante la época arcaica, habiendo realizado el proceso de concentración del poblamiento bastante antes que Roma.


Límites aproximados de las ciudades etruscas

Se ha constatado que son creaciones del Hierro I cinco grandes centros del sur de Etruria, los que fueron las grandes ciudades de Tarquinia, Cerveteri, Veyes, Vetulonia y Orvietto (Volsinii). El tipo de emplazamiento es análogo en todas ellas: grandes mesetas con buenas condiciones para la defensa. Y estos grandes núcleos no son comparables a los poblados del Bronce Final. Aun aceptando un ligero crecimiento demográfico como consecuencia del mejor aprovechamiento de los recursos, y aunque no todo el interior del perímetro urbano estuviera habitado como suele suceder en otras muchas ciudades -existencia de huertos, jardines, plazas…- la extensión es excesiva para ser explicada por simples fenómenos de crecimiento demográfico libre, por lo que se atribuye ese crecimiento urbano a una decidida voluntad política de crear ciudades. Así, el surgimiento de Tarquinia llevó consigo el abandono de 26 aldeas; el de Cerveteri, el de 18, y el Vetulonia acabó con otras 16. Y, por lo mismo, el territorio de esas ciudades se incrementó de forma considerable: frente a territorios de núcleos protovillanovianos calculados entre 20-60 kilómetros cuadrados, el de Cerveteri tenía 900, y el de Veyes, 1500. Ello tuvo grandes consecuencias en las formas de vida de la población agrícola, obligada a largos desplazamientos cotidianos o a permanecer fuera de casa para atender a las tareas agrícolas.

Esas ciudades del sur de Etruria eran el modelo urbano más cercano que tenían los habitantes del Lacio. Sin embargo, la historiografía de las últimas décadas niega que existiera un control político de las ciudades etruscas sobre Roma, y solo algunos aceptan la existencia de un corto protectorado de Porsenna, rey de Clusium, Chiusi, durante una campaña militar destinada a reponer a Tarquinio el Soberbio en el trono de Roma. Más aún, Etruria habría servido como medio de difusión de la llegada al Lacio de objetos de comercio y de forma de vida griegas. Unas importancia mínima en el influjo sobre el Lacio y Roma, tuvieron las colonias etruscas de la Campania, como Capua, a pesar de vincularse a Roma a través de la vía Salaria, así como las ciudades etruscas del interior (Cortona, Volterra, Arezzo), a pesar de estar alguna de ellas como Perugia, situada junto a la vía fluvial del Tíber.

La intervención del rey de Clusium, Porsenna, en los asuntos internos de Roma, solo se explica como una operación militar coyuntural en defensa de intereses ajenos, los de los Tarquinios. Por todo lo dicho, el influjo etrusco más importante consistió en ofrecer modelos organizativos, en proporcionar grupos de artesanos y comerciantes que se asentaron en Roma formando un barrio etrusco, vicus Tuscus, y en la emigración de algunas ricas familias de origen etrusco asentadas en Roma, como la de los Tarquinios. Así, el Foro Boario como centro comercial habría sido, lo mismo que Pyrgi, el puerto de Cerveteri, el núcleo por donde llegaron los contactos más directos de etruscos, griegos y fenicios. El resto del sur de Etruria fue una referencia forzada como modelo, pero no un agente decisivo en la creación de la ciudad de Roma. 

c) Los demás vecinos del Lacio 

La vía Salaria que desde la Campania se dirigía a Roma, se prolongaba desde aquí hasta Reate (actual Rieti), situada en el centro del territorio de los sabinos. Este pueblo tuvo una importancia excepcional en la historia de la Roma primitiva, tanto por su situación de contigüidad con los latinos, como porque la tradición recuerda a tres reyes de Roma de origen sabino: Tito Tacio, Numa Pompilio y Anco Marcio. Ya el geógrafo griego Estrabón decía que no había que creer que todos los topónimos antiguos referidos a los sabinos se identificaban con ciudades, ya que varios de ellos como Eretum o Trebula no pasarían de la categoría de aldeas. Si la ganadería tenía una función económica primordial en la Sabina, la ciudad de Riete estaba situada en la confluencia de varias vías, en el centro redistribuidor de de la sal tan necesaria para la ganadería y que llegaba desde el Foro Boario de Roma.

Los sabinos primitivos estaban asentados en un poblamiento muy disperso. De uno de sus núcleos urbanos más famosos, Cures, por ser el lugar de procedencia de tres reyes romanos, sabemos que no tenía murallas, lo que ha sido interpretado como un indicador de que probablemente no hubiera alcanzado un nivel urbano. Su población se extendía por tres colinas situadas en semicírculo en torno a un valle, sin llegar a formar un único centro urbano. Otro de los núcleos sabinos importantes, Trebula Mutuesca, tenía al categoría de vicus, aldea, y no de urbs, ciudad, incluso después de ser sometida por Roma.

En defensa de las tradiciones romanas que destacan el papel de los sabinos en los orígenes de Roma (relato del rapto de las sabinas, el papel de Tito Tacio, y de los otros reyes de nombre sabino, etc) se comprueba el que Roma fuera inicialmente una comunidad abierta a las emigraciones de otros pueblos. Así, el derecho de asilo cuya creación se atribuye al primer rey, Rómulo, permitiría comprender bien la presencia de sabinos. Ahora bien, sostener que ya desde fines del siglo VIII a.C pudo haber grupos de sabinos asentados en las colinas romanas, probablemente en mayor número en el Quirinal, no justifica hablar de un origen sabino de Roma. Sin duda, la importancia de Roma como centro comercial y ante todo, como redistribuidor de la sal que llegaba a la Sabina, debió estar en la base de esta atracción de algunos sabinos que vinieron a establecerse en ella.

Los hérnicos cuyo territorio era contiguo al de Praeneste (Palestrina), para defenderse del expansionismo de los ecuos y de los volscos, también sus vecinos, mantuvieron una estrecha relación con los latinos ya desde el periodo de la monarquía romana. Llegaron a formar parte de la liga Latina hasta su rebelión contra Roma en el 362 a.C., año que supuso el fin de la autonomía hérnica y la confiscación de gran parte de sus territorios por Roma, que asentó en los mismos a ciudadanos romanos, como muestra de su política expansionista sobre el valle del Sacco. La penetración romana por este valle había comenzado  ya pacíficamente en el siglo VI a.C. con la fundación de la ciudad de Signia (Segni), junto a los Montes Lepinos, que servía de baluarte para impedir la expansión de los volscos.

A pesar de que las murallas de algunos núcleos urbanos de los hérnicos presentan un aparejo poligonal arcaico, y de que su antigüedad queda confirmad por otros materiales arqueológicos como en Verulae (Veroli), Aletrium (Alatri) y Signia (Segni), la interpretación actual sostiene que no se había alcanzado un gran desarrollo de la vida urbana entre los hérnicos de época arcaica.

Así, Anagnia  (Anagni), el centro más importante de los hérnicos, lo debió ser por su prestigio como centro religioso, ya que la gran muralla se fecha a fines del siglo IV-comienzos del siglo III a.C. Y de Aletrium hay constancia de los antiguos muros de la acrópolis, en la que existía un lugar de culto y espacio para albergar a refugiados, pero el grueso de su población estaba disperso en pequeñas aldeas, pues los grandes muros de la ciudad no se hicieron hasta el siglo I a.C.

Al suroeste del Lacio Antiguo, ente los Montes Albanos, los Lepinos, los Ausonios y el mar, se extendía una amplia llanura que era conocida por su riqueza cerealística y hortícola, además de ofrecer buenas condiciones para la vid, la horticultura y la pesca. Era la región Pontina, actual Agro Pontino. Desde los inicios del siglo V a.C. los volscos consiguieron adueñarse de la mayor parte de la región, pero antes había servido de zona de expansión de los latinos. En el tratado romano-cartaginés del 509 a.C. que la historiografía más reciente acepta como auténtico, se dice que los cartagineses no debían molestar a la población de algunas ciudades de la Pontina, como Ardea, Anzio, Laurento, Circei y Terracina, lo que es interpretado como un claro indicio de los intereses de Roma por estos territorios.

Se ha considerado irreal la visión de los autores antiguos que hablan de un control territorial romano de gran parte de la región Pontina en época monárquica, bajo los Tarquinios. La autenticidad del tratado romano-cartaginés, así como las excavaciones de las últimas décadas y los datos epigráficos están revalorizando esa tradición, por más que falte información para precisar todas las formas de control empleadas por Roma. El establecimiento de colonias está expresamente documentado: bajo los Tarquinios, se habían fundado al menos Circei, y, a comienzos de la República, las ciudades de Velitrae (Velletri) -el 494 a.C.- y de Norba (próxima de Norma) -el 492 a.C.

El control de la región Pontina era vital para la economía del Lacio. Por ella pasaba una de las vías de acceso a la Campania, la que más tarde sería la Vía Appia, que unía las ciudades del interior: Velitrae, Cora, Norba, Setia y Privernum. pero, a su vez, la Pontina contaba con varios puertos marítimos como el de Tarracina (Terracina) y el de Antium (Anzio), desde los que salían vías que se dirigían al interior, además de estar comunicados con otras ciudades del litoral de la Pontina como Ardea, Satricum, Astura  y Circei. No es de extrañar que la pérdida de esta región a comienzos del siglo V a.C. como consecuencia de le expansión de los volscos, que la controlaron durante más de cien años, fuera un importante factor que contribuyó a acelerar la crisis económica del primer siglo de la República. La destrucción de la ciudad de Pometia (Pomezia) en el norte de la Pontina, el 495 a.C., por los volscos es un claro indicador de las dimensiones de la expansión volsca.

Salvo Cori  y Norba, que tenían el carácter de fuertes militares más que de ciudades, el resto del territorio pontino quedó en manos volscas. Y algunos testimonios epigráficos demuestran que fueron inútiles los esfuerzos de Roma por intentar asentar a colonos en Velitrae y Antium a comienzos del siglo V a.C. El resultado fue una intensa volsquización de la Pontina, como se demuestra por la lámina de bronce de comienzos del siglo IV a.C., escrita en volsco y hallada en Velitrae, y por otras inscripciones volscas halladas en la Pontina. La Tarracina volsca pasó a llamarse Ansur, y el mismo nombre de Satricum es claramente volsco y sustituyó sin duda al nombre anterior de la ciudad.

Los montes Lepinos separaban a los volscos de los latinos. Durante el siglo VI a.C., en una fase expansiva no bien conocida, los volscos contaban ya con importantes núcleos urbanos en el valle del Liri y del Sacco. Quedaban entre los latinos, los auruncos, los samnitas y los campanos y carentes de salida al mar. La agricultura constituía su fuente más importante de riqueza. Importantes centros volscos eran Frusinum (Fosinone), Fabrateria Vetus (Ceccano), Fregellae (Roccadarce), Arpinum (Arpino), Atina (Atina), Aquinum (Aquino), Sora (Sora) y Casinum (monte Casino). La que después sería la vía Latina que unía Roma con Campania pasaba por este territorio.

Todo el siglo V a.C. de la historia de Roma está salpicado de enfrentamientos con los volscos. Sabemos que ocuparon gran parte de la región Pontina desde Veletri hasta Terracina. Aunque la amenaza volsca sobre Roma y el Lacio descendió en intensidad a partir de la derrota sufrida en en el monte Algido el 431 a.C., el peligro volsco solo se conjuró definitivamente cuando Roma concluyó un tratado con los samnitas el 354 a.C. Por él, ambas potencias convenían un reparto del territorio volsco a conquistar, con límites en el río Liri. El 338 a.C., tuvo lugar la derrota definitiva de los volscos, cuyo territorio fue anexionado por Roma y por los samnitas.

Por otra parte, los ecuos que corresponden a un estrato más antiguo de itálicos, estaban emparentados lingüísticamente con los samnitas. Ya en el siglo VII a.C., los ecuos fueron un peligro para Praeneste. Desde comienzos del siglo V a.C., estos unidos a los sabinos y los volscos, pasaron a constituir una grave amenaza para Roma y la población del antiguo Lacio. La victoria del dictador romano A. Postumio Tuberto, el año 431 a.C. sobre los ecuos y volscos fue definitiva para conjurar esta amenaza sobre Roma y el Lacio.

Los ecuos no conocían la organización urbana. Su población se mantenía en aldeas dispersas por el territorio, y contaban con lugares fortificados en las alturas, a semejanza de los samnitas. Esas fortificaciones cumplían la doble función de encerrar un santuario y de servir de refugio a las poblaciones. Representa un poblamiento característico de sociedades cuyas actividades económicas prioritarias eran la agricultura y la ganadería.

Los pueblos vecinos del Lacio presentaban, pues, formas distintas de organización. Durante el periodo de la monarquía romana, los peligros exteriores vinieron de los etruscos, pero la alianza Latina fue un freno suficientemente fuerte para impedir cualquier aspiración de anexionarse una parte del Lacio. La situación fue más difícil durante el siglo V a.C. por la constante presión de los volscos, ecuos y sabinos, así como por la amenaza de la ciudad etrusca de Veyes. 

d) El Lacio Antiguo 

A finales del II milenio y a comienzos del primero, Italia fue afectada por las grandes migraciones de pueblos indoeuropeos, quienes se sirvieron preferentemente de las vías terrestres, pero también utilizaron las vías marítimas, ante todo las del Adriático. Y del otro lado de este mar llegaron grupos de emigrantes ilirios. Se formó una unidad cultural en el Lacio, que se manifiesta en el uso de técnicas análogas en la producción de tipos cerámicos y en otros rasgos más profundos, como es el de la formulación onomástica, básicamente común a los itálicos del Lacio y a la Etruria meridional central. Los latinos presentan una formulación, sin duda de origen etrusco, por la que la persona es nombrada con praenomen, indicación personal + nomen o gentilicio + referencia la nombre del padre. Tal unidad cultural se difundió a comunidades vecinas como las de los volscos, a pesar de la hostilidad demostrada por estos durante el siglo V.

Ello tiene un valor doblemente indicativo cuando los volscos más alejados de Roma, junto con los umbros y los etruscos del valle del Po, se servían de un sistema onomástico ligeramente distinto, consistente en  praenomen + praenomen del padre + nomen o gentilicio del padre. Así en una inscripción de Asís (Umbría) se dice: bajo la autorización de Cayo (praenomen), hijo de U. (praenomen del padre), Vestinio (nomen del padre) y de Nerio (praenomen), hijo de Tito (praenomen del padre) Vestinio (nomen del padre) y de Nerio (praenomen), hijo de Tito (praenomen del padre) Babrio (nomen del padre).

La penetración en Italia de pueblos indoeuropeos no terminó pronto con un asentamiento y sedentarización definitiva de los mismos. Los sabelios-samnitas resolvían sus problemas  de superpoblación relativa por medio de la institución que los antiguos llamaban primavera sagrada, ver sacrum. Periódicamente consagraban a un número de niños al dios Marte, quienes, cuando alcanzaban la mayoría de edad, emigraban en grupo para asentarse en otros territorios. Esa práctica estuvo en aplicación hasta el sometimiento de los pueblos itálicos por Roma. Esos grupos de jóvenes llegados en primaveras sagradas, prepararon, a veces, el camino a lo que después fueron fenómenos expansionistas de mayor dimensión. Un ejemplo es el de los volscos, que además de adueñarse de la región Pontina en el siglo V a.C., mantuvieron una presión constante sobre el Lacio; otro caso es el del expansionismo de los samnitas por el valle del Liri en dirección a la Campania.

La institución del derecho de asilo, atribuido a Rómulo, fue un importante factor de crecimiento demográfico que impidió hacer de roma un lugar deseado para grupos masivos de emigrantes. La instalación de los sabinos puede explicarse por ese derecho de asilo, y sin duda, desde comienzos del siglo IV a.C., el Lacio fue impermeable a toda forma de emigración no permitida. Las invasiones de los galos de los comienzos del siglo IV a.C., no terminaron con el asentamiento de los mismos en el Lacio.

Se advierte que se produce un cambio significativo en el poblamiento entre el Bronce Final y el Hierro Antiguo, de modo que se comprueba el abandono de varios núcleos urbanos y la consolidación de otros que se amplían. Los que perviven reunen buenas condiciones para la defensa y para el control del territorio. Las modificaciones del poblamiento en el Lacio antiguo fueron bastante intensas durante el Hierro I, y siguieron una tendencia análoga a la de sur de Etruria pero a un ritmo más lento y con modificaciones menos bruscas. Sobre el Lacio, sólo es posible hablar de formas protourbanas, no de auténticas ciudades, que surgirán más lentamente.

Al margen de Roma, los poblados más importantes del Lacio fueron Alba Longa, Praeneste y Tíbur; las excavaciones pueden demostrar tal vez que Lavinium debe ser contado entre estos, así como Gabii. La opinión común de los autores antiguos sostiene que Alba Longa fue destruida totalmente en el siglo VII a.C. por el rey Tulio Hostilio, y que de la destrucción solo se salvaron los templos. En la actualidad los estudios de Grandazzi (1986) han constatado la presencia de pequeña aldeas a lo largo de todas las colinas que rodean el lago Albano. Las necrópolis van probando que cada aldea contaba con unas pocas decenas de personas. Este tipo de poblamiento se adapta bien para el aprovechamiento de los recursos: se trataría de comunidades de pastores que tenían a la vez unas formas rudimentarias de agricultura. Alba Longa sería pues una federación de aldeas de las colinas Albanas situadas en torno al lago Albano, que contaban con un culto federal en honor a Júpiter. En torno al santuario de este dios se celebrarían las festividades, ferias latinas, momento de renovar los pactos y de dirimir los conflictos. Se entiende la destrucción de Alba Longa por Roma en el siglo VIII a.C. porque el desarrollo de ésta pasaba por la destrucción de las formas federadas, además de las posibilidades que ofrecía de trasvasar población a Roma y de apropiarse de un territorio.

En cambio, tanto Praeneste (Palestrina) como Tíbur (Tivoli) pueden tener consideración de ciudades ya desde el siglo VIII a.C. Varias tumbas de carácter principesco de fines del siglo VIII-VII a.C., desvelan la concentración de la riqueza en Praeneste. La ciudad, situada en al pendiente del monte Ginestro, controlaba los pasos del valle situado ente los montes Albanos y los prenestinos, así como las vías que iban a Tíbur, Tusculum, Signia y la que se dirigía al mar hasta Antium. Praeneste dominaba sobre otros núcleos menores de su territorio. Si es válida la noticia de Livio, la ciudad debía tener suficiente fuerza el 499 a.C., como para atreverse a abandonar la Liga Latina, dirigida entonces por Roma. En todo caso, el desarrollo de Roma no se realizó a costa de Praeneste, como tampoco de Tíbur, la cual tenía una excelente posición geográfica en el valle del Aniene, y también como Praeneste en el límite del territorio latino, que le permitía conectar bien con los sabinos y con el interior de Italia. Y, sin perder su carácter latino, el desarrollo urbano se produjo como consecuencia de la incorporación de población a su territorio y de otros pueblos del interior. En la necrópolis del Hierro I se encuentran tumbas análogas a las de los sabelios. Y Tíbur tampoco formó parte de la más antigua Liga Latina. 

e) El Septimontium 

No hay base arqueológica alguna para sostener un origen de Roma como ciudad, relacionado con Eneas y sus descendientes. Durante la edad del Bronce y las primeras épocas de la del hierro, las colinas donde más tarde se formó la ciudad de Roma presentan testimonios arqueológicos análogos a los del resto del Lacio.

Así la fiesta que tenía lugar el 11 de diciembre era conocida en la tradición como Septimontium. El nombre que hace una clara referencia a siete colinas sirvió para algunos historiadores modernos para entender que Septimontium equivalía a la ciudad de Roma, la de las siete colinas. Hace años que tal error fue corregido por De Santis (1953). La celebración de la fiesta del Septimontium tenía lugar el mismo día, pero por separado, en las cimas de las colinas del Palatino, del Cermalo y del Velia, en las tres cimas del Esquilino (Cispio, Opio y Fagutal), en el Celio y en el valle situado entre el Cispio, Opio y Velia conocido con el nombre de Subura. La fiesta del Septimontium equivaldría a la fiesta de los habitantes de las diversas aldeas situadas en las colinas; sería, pues, una celebración de  la federación por la que estaban unidas las colinas. Siempre hay argumentos para sostener que el nombre de la fiesta, Septimontium, se mantuvo por ser el más antiguo, incluso cuando a esas siete colinas se sumara una octava o una novena. Y sobre la inexistencia de una muralla y de un pomerio hasta épocas posteriores, hay clara constatación arqueológica. Otra prueba de que el Septimontium no era una ciudad la aporta Cicerón cuando menciona el recuerdo de la autonomía religiosa y administrativa de las colinas. Desde esta interpretación del Septimontium, nos situamos ante una federación de las aldeas de Roma que no debió ser muy diversa de la que se dio en Alba Longa y, de modo frecuente, entre los sabinos y otros pueblos del Lacio. 

2. La Monarquía Primitiva 

A pesar de que los autores antiguos presentan a veces relatos distintos y de valor muy desigual, hay algunas constantes que permiten suponer la validez de determinados elementos vicisitudes de la primitiva historia de Roma. Una de ellas es la de que la primera forma de organización política romana fue de tipo monárquico. La antigüedad de esta institución podría deducirse de otras instituciones en el lacio, como por ejemplo la del res nemorensis (= rey del bosque); en el siglo VI a.C., éste era un sacerdote que evoca la existencia de una realeza muy antigua, y cuyo título alude a los bosques que en siglo anteriores cubrían las partes altas de las colinas romanas, reyes de las aldeas que posteriormente constituirían la ciudad de Roma. También puede aducirse como prueba de la existencia de una forma monárquica durante los comienzos de Roma, la figura del rex sacrorum, el sacerdote-rey que encontramos en la Roma republicana y en el que los historiadores modernos ven la supervivencia de la antigua institución de la realeza, pero reducida únicamente a las funciones religiosas. La peculiaridad romana de no abolir nada y de mantener toda institución inútil o superada, bien sacralizada, o bien, limitando sus funciones, resulta sumamente útil para el historiador a la hora de confirmar las informaciones de las fuentes antiguas.

La lista canónica de los siete reyes de Roma -u ocho, si incluimos a Tito Tacio que durante algún tiempo habría constituido una especie de diarquía- es la siguiente: Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. La existencia de los tres últimos es aceptada, con variantes de interpretación, por la casi totalidad de los historiadores modernos, en gran parte, porque la documentación arqueológica es más abundante y aporta algunas confirmaciones a los textos, pero también porque las características de estos tres monarcas -cuya soberanía es similar a la de los tiranos griegos- han resistido cualquier análisis crítico de las fuentes. Pero incluso sobre los primeros reyes no hay suficientes argumentos que nos lleven a creer en la falsedad de los mismos.


Como la fecha de la fundación de Roma, propuesta por Varrón y aceptada por la analística romana, se sitúa en el 754 a.C., cada reinado tendría, una media de 35 años, que habría que alargar o reducir en el caso de admitir la fecha del 814 a.C., propuesto por el historiador griego Timeo, en el siglo III a.C., o del 729-728, según Cincio Alimento, que vivió a finales del siglo III a.C. No obstante, la mayoría de los estudiosos modernos dan un valor orientativo a esa fecha de 754-753 a.C., coincidente con la de Varrón, Dionisio de Halicarnaso y Tito Livio, o lo que sería más exacto: aceptan que la primitiva Roma pudo ya existir en las últimas décadas del siglo VIII a.C., cualquiera que fuese su nombre y su organización en ciudad o más bien inicialmente bajo la forma de federación de aldeas. 

a) Los primeros reyes 

La tradición señala que el primer rey fue Rómulo, hijo de Marte y rey, en cierto modo mítico, al que le habría correspondido crear el primer ordenamiento político de la ciudad. Es además el rey epónimo (su nombre significa Romano). De él se dice que, después de fundar la ciudad, haría buscado incrementar el número de sus súbditos por dos procedimientos: abriendo un asilo o refugio sobre la colina del Capitolio donde se establecieron gentes marginadas o comerciantes extranjeros y raptando a mujeres sabinas. Este último episodio se sitúa durante la celebración de las fiestas en honor del dios Conso (tal vez protector de los graneros y los víveres) a las que habrían acudido mucho sabinos y gentes de otros pueblos vecinos. los hombres de Rómulo se habrían apoderado de sus mujeres. Tito Tacio, rey de la ciudad sabina de Curi, asaltó Roma y gracias a la traición de Tarpeya, tomó el Capitolio. Posteriormente ambas colinas se fusionaron y llegaron a constituirse en una sola ciudad con dos reyes, hasta la muerte de Tito Tacio.

De este relato se aprecia hoy lo que alude al carácter abierto de la ciudad desde sus inicios: individuos de distintos lugares y condiciones se acogieron al derecho de asilo, que la leyenda atribuye al fundador; así, el sucesor de Rómulo, Numa Pompilio, fue un sabino, como también Tulio Hostilio y Anco Marcio eran hijos de mujeres sabinas. La mayoría de los historiadores consideran que estos testimonios no justifican la tesis de una presencia sabina tan fuerte  organizada como para haberse impuesto como fuerza dominadora en Roma, como tampoco lo fueron de ninguna otra ciudad latina. Más bien, cabe suponer o bien la presencia de un número importante de sabinos en la Roma de los comienzos, o bien la fusíón inicial de dos comunidades distintas: la del Palatino, núcleo original de la ciudad y tal vez la del Quirinal, si se aceptan las teoría de un poblado en esta colina de grupos de sabinos emigrados del interior apenínico.

Esta dualidad parece corresponderse bien con la existencia muy temprana de colegios sacerdotales dobles: los Luperci Quinctiales y los Fabiani, así como los Salii Palatini y los Collini. Pero también tribus primitiva -Ramnes, Tities y Luceres- y la existencia de triadas divinas, como Júpiter, Marte y Quirino, podría relacionarse con la anexión de un tercer asentamiento, tal vez el del Aventino, colina que es rica en mitos y hechos históricos que la enfrentaron con el Palatino y posteriormente con la propia ciudad: al Aventino se retiró Remo, el hermano rival del fundador y soberano y éste fue también el centro de los cultos de la plebe romana durante las luchas patricio-plebeyas. Posteriormente el número pasará a cuatro, con la anexión, tal vez, del Celio  y así hasta culminar el proceso de unificación de las aldeas de las siete colinas.

No obstante, el proceso ordenado de la unificación de las colinas no puede establecerse con seguridad. Además de los hallazgos arqueológicos poseemos dos documentos esenciales sobre esta primera fase de la historia de Roma: el fragmento de Antistio sobre el Septimontium y la lista de Plinio sobre los pueblos que participaban en el Laciar en el monte Albano. Pero de ello se deduce únicamente con certeza que se fue produciendo un fenómeno de sinecismo entre las comunidades asentadas en las distintas colinas y que el núcleo primitivo de la ciudad fue el Palatino. Aulo Gelio dice expresamente que el más antiguo pomerio, que fue creado por Rómulo, terminaba en la parte baja del monte palatino. Del pomerium (= post murum), esto es, los límites de la inicial ciudad palatina, se han conservado el recuerdo de la existencia de dos puertas, la Mugonia, hacia el este y la Romanula, hacia el oeste, o sea, hacia el Rumon, que era la antigua denominación del Tíber y el origen auténtico del nombre de la ciudad. Estas puertas implicarían la existencia de un muro defensivo, pero nada puede afirmarse con seguridad sobre si la Roma del Palatino, la Roma Quadrata estuvo rodeada por un murus terreus, aunque tal vez se tratara de algunas fortificaciones hechas con tierra y madera.


La Roma "Quadrata"

La existencia de una primitiva ciudad limitada al Palatino se confirmaría por las referencias a los cipos que marcaban el pomerio y por el ritual de los Lupercos, quienes en las fiestas de lustración del 15 de febrero, bordeaban en su procesión el Palatino. Tácito ofrece cuatro puntos de delimitación de la ciudad del palatino: al Ara Máxima de Hércules, situada delante de las carceres del Circo Máximo, el altar del dios Conso, las Antiguas Curias y el santuario de los Lares Praestites, divinidades protectoras de las murallas, de las casas y de las encrucijadas. en cualquier caso, Roma fue el resultado de un largo proceso histórico, durante el cual pervivieron con mayor o menor fuerza, las divisiones internas de las distintas aldeas o comunidades que la constituyeron, las cuales serían en muchos casos anteriores a la formación de la ciudad y han dejado huella en los mitos, en el culto y en las instituciones.

La monarquía primitiva no tenía inicialmente unos poderes y competencias claramente definidos. Probablemente, la principal base de la monarquía romana fuese el carácter sagrado de la misma, pues una de las prerrogativas de los reyes pasó a los cónsules: la de poder consultar a la divinidad a través de los auspicia, es decir, buscar los signos favorables o no de la divinidad a través del vuelo de las aves o en los animales que se inmolaban al dios.

Sin embargo, la tradición atribuye unas funciones concretas y específicas a cada uno de los cuatro reyes. Así, Rómulo aparece como el fundador de la ciudad y el que instauró no solo la institución monárquica sino también los principales órganos primitivos de gobierno: el Senado y las Curias. Numa Pompilio habría sido el artífice de las instituciones sociales y religiosas de la ciudad. Se le atribuye la creación de los colegios sacerdotales (los flamines, los salii, los pontífices y las vestales) además de la reforma del calendario. Tulio Hostilio y Anco Marcio, que habrían reinado durante buena parte del siglo VII a.C., son presentados con funciones principalmente guerreras. Al primero se le atribuye la destrucción de Alba Longa y esta noticia se acepta hoy como cierta si tenemos en cuenta que las excavaciones que se han realizado en dos localidades de los Montes Albanos, Castelgandolfo y Grottaferrata han demostrado la inexistencia de sepulcros de incineración posteriores a las fechas en torno a las cuales se sitúa el reinado de Tulio Hostilio. Tampoco carecería de fundamento la tradición según la cual este rey habría construido en el Foro una Curia que fue llamada Curia Hostilia.

Anco Marcio, por su parte, había eliminado las ciudades o aldeas situadas inmediatamente al sur de Roma (Politoro, Ficana, Tellene…) y pertenecientes a los latinos antiguos, Prisci Latini. Aunque tal hechos eran muy difícil de probar, tal vez pueda haber un vestigio de verdad en las informaciones arqueológicas que demuestran la presencia de elementos latinos, de Politoro y otros oppida, establecidos en los márgenes de la ciudad. Más seguros son otros hechos que la tradición atribuye a este rey, Anco Marcio, y cuyo fin sería el mismo: el incremento y la seguridad del tráfico así como el control de las salinas de la desembocadura del Tíber en su margen izquierda.

Dionisio de Halicarnaso y Plutarco atribuyen a Rómulo una primera conquista de las salinas, mientras que para Livio, Roma simplemente se adueñó de una parte del territorio de Veyes. En cambio, hay coincidencia entre ellos cuando tratan sobre la otra guerra de la sal llevada por Anco Marcio contra Veyes. Como hasta la toma de Veyes, en el 396 a.C., las salinas de la orilla derecha de la desembocadura del Tíber siguieron en poder de esta ciudad, las salinas de Anco Marcio eran las de la orilla izquierda del río, donde efectivamente se encontraba Ostia, la que ahora no pasaría de la categoría de aldea o de factoría comercial. La colonia de Ostia no se fundó hasta el siglo IV a.C. Es coherente con esta noticia, la otra que atribuye a Anco Marcio la construcción del primer puente de madera sobre el vado del Tíber, Pons Sublicius, destinado a facilitar el comercio de la sal en el Foro Boario. Más dudosa es la incorporación en esta época de la colina del Janículo a roma, que también se atribuye a este rey. 

b) Las primeras instituciones políticas 

De las primeras instituciones y la primitiva organización de la ciudad se sabe, con seguridad, muy poco. Antes de la reforma de Servio Tulio, Roma estaba dividida en tres tribus: Ramnenses, Titienses y Luceres. El contenido y las funciones de estas tribus son oscuros, comenzando por los nombres, que han pasado a través de una transcripción etrusca -lo que no significa que fueran creadas por los etruscos, sino que se trataría de formas etruscas de palabras o voces latinas anteriores-. Según una noticia de Festo, la civitas romana fue dividida en cierto momento en tres partes -esto es, una división territorial- designadas; Titienses, Ramnenses y Luceres y cada una de ellas subdividida en primi y secundi y esta división sirvió para elegir a seis vestales. Pero esta noticia no cuenta con mucho crédito. Lo único que parece seguro es que la división en tres tribus existió, fuera cual fuese su significado, puesto que el nombre de estas tribus primitivas de las que nos hablan los autores antiguos lo siguieron llevando seis centurias de caballeros después de la reforma de Servio Tulio. Sabemos también que estas tribus constituían la base del reclutamiento en esta época. Cada tribu aportaba diez curias, esto es, 30 curias en total de 100 hombres cada una, lo que suponía unos 3.000 infantes, además de 300 caballeros en tres centurias. Al frente de la infantería había tres tribuni militum y al frente de la caballería tres tribuni celerum.

Así, conectada con la tribu y para fines políticos y militares había una unidad interior, las curias, que juntas formaban los Comicios Curiados, que eran la asamblea constituida por las treinta curias unidas. Las Curias (nombre que deriva de co-viria, es decir, reunión de hombres) tomaron el nombre de grupos familiares, esto es, gentes (como la Titia, Faucia…) o de lugares, como la Forensis (integrada en la comunidad asentada en el Foro) o la Veliensis, esto es, la antigua comunidad asentada sobre el monte Velio, que ya participaban en el Septimontium antes de la creación de la ciudad. La función más importante de los comicios curiados era la de ratificar la designación de un nuevo rey, mediante al lex curiata de imperio, pero no la elección del mismo, función esta que correspondía al interrex (senador que hacia las funciones de rey hasta la elección de un nuevo rey) y al Senado. Pero esta tradición se conservó y, todavía en la república tardía, cuando se elegía a los cónsules, se convocaba a 30 electores en representación de las treinta curias primitivas, quienes conferían a los nuevos cónsules el poder en virtud de una lex curiata. Las curias podían ser convocadas a discreción del rey cuando se quería confirmar una sentencia capital relativa a un ciudadano en caso de guerra. Pero no parece que tuvieran poderes para discutir y decidir, pues el decreto regio siempre era el acto definitivo, y más aún si tenemos en cuenta que la votación practicada en la asamblea debía limitarse a la simple aclamación.


Otras funciones de los comicios curiados eran: dirimir las cuestiones testamentarias, los casos de adopción o los problemas que implicaba el paso de una gens a otra, lo que suponía la renuncia del tránsfuga a los cultos del grupo anterior.

Los miembros de cada curia se reunían periódicamente. Con esas reuniones debe asociarse la práctica del simposio, que pudieron imitar a los griegos. Cuando, en épocas posteriores se desarrolla el sistema asociativo romano, éste hereda la práctica de las reuniones periódicas de sus miembros en la que se hacían sacrificios a los dioses protectores y se celebraban banquetes en común. Cada curia tenía cultos particulares, pero la divinidad común a todas ellas era la Iuno Curtis, o sea la Juno de las curias. una fiesta vinculada a la de los comicios curiados era la de las Fornacalia, así llamadas porque se trataba de la torrefacción del grano molido, a fin de asegurar una larga conservación del mismo. Es significativo que cada curia celebrase esta fiesta por separado, pero el mismo día, el 17 de febrero, que era también la fiesta del dios Quirino.

Se podría afirmar que los Comicios curiados fueron el primer órgano de asamblea ciudadana, y constituyen la prueba de un cuerpo político unitario. Aunque las articulaciones internas de cada curia tengan aún mucha fuerza, su inserción en un órgano político común constituye ya la primera fase de la ciudad-estado romana.

La tradición atribuye también a Rómulo la creación de un Senado o Consejo de Ancianos. La influencia griega en la cremación de esta Asamblea parece muy probable. El Senado era el órgano consultivo del rey, integrado por los patres, esto es, los jefes de las gentes mayores, cuyos descendientes fueron designados patricios. El poder del Senado radicaba fundamentalmente en la importancia personal de sus miembros como jefes de gentes poderosas. Una de estas, la gens Fabia debió alcanzar notable importancia en el siglo VII a.C., como lo prueba el hecho de que a ella estaba vinculado el sodalicio o colegio religioso de los Luperci Fabiani; en una inscripción etrusca de Caere (Cerveteri) se menciona un Kalator Babius, esto es, un heraldo del rey, perteneciente a la gens Fabia.

Otra base del poder del Senado radicaba en el hecho de que, a la muerte del rey, los auspicia recaían en los padres. el poder soberano paraba a manos del Senado y de entre sus miembros se elegía un interrrex que asumía las funciones del monarca. También el sacerdocio más importante, el de los flamines, era monopolio de los patres. Es probable que el número inicial de senadores fuera el de 100, pues la división de los patres durante el interregno era de 10 curias, lo que presupone una cifra de 100 patres. Hacia el final de la monarquía el número de senadores había alcanzado, según la tradición, los 300. Y, ciertamente, es seguro que el número de senadores aumentó con la adscripción al Senado de los patres conscriptis, durante la segunda fase de la monarquía, eso es, con los tres últimos reyes. 

c) La sociedad durante la monarquía primitiva 

Se acepta generalmente que en fases anteriores al siglo VIII a.C., la propiedad de la tierra era colectiva o comunitaria. El lazo parentelar era la vértebra de ésta sociedad: era la comunidad familiar o clan quien ejercita la propiedad colectiva de la tierra. La organización gentilicia con la que se relacionaban las formas de propiedad comunal habría sido anterior a la aparición de la ciudad. Este esquema sería válido papa explicar las fases preurbanas de Roma: la gens, agrupación de varias familias unidas entre sí por vínculos consanguíneos, habría sido la forma primitiva de organización suprafamiliar. En segundo lugar, una federación de gentes habría el estado intermedio  previo desde el que surgieron unos órganos de carácter político, administrativo y militar que habría adquirido un carácter estable, coincidiendo con las formación del primitivo estado o ciudad.

Las gentes estaban constituidas por individuos que formaban un grupo miliar extenso, cuyos miembros pretendían descender de un antepasado común, fundador de la gens y generalmente epónimo, ya que habían heredado su nombre, el nomen gentilicum, que era común  a todos los miembros de la gens.

La ampliación del territorio de la ciudad de Roma, conseguida como consecuencia de la desecación de las zonas pantanosas o bien por la toma del territorio de otras comunidades, ofreció la posibilidad de que algunas gentes ampliaran sus dominios inmuebles. A su vez, algunas de las primitivas gentes se habían ido desintegrando en beneficio de otras más poderosas. La mortalidad por epidemias, guerras, etc., habría ido debilitando o diezmando a algunas gentes, cuyos individuos pasarían a la protección de otras gentes más poderosas, es decir, a convertirse en clientes suyos. Sin duda, los contactos con el mundo etrusco y griego intensificarían las diferenciaciones sociales. Esos pueblos introdujeron verdaderos valores de cambio (materias primas u objetos manufacturados) que generaban una más rápida plusvalía. A su vez, los objetos caros de importación, adquiridos solo por unos pocos, se convirtieron en un exponente de las diferenciaciones sociales. Todo ello contribuyó a la progresiva reducción de la propiedad colectiva.

En el proceso de diferenciación gentilicia se dieron las bases para la aparición de la clientela. la importancia que llegó a tener esta diferenciación entre miembros de las gentes, el sector privilegiado y dependientes de las mismas o clientes, se valora bien por unos datos de época posterior. una gens muy poderosa en los primeros años de la República, la gens Claudia, se asentó en Roma en el 504 a.C. El jefe de la gens, el sabino Attus Clausus fue admitido en la ciudadanía romana con los miembros de su gen y obtuvo tierras a la derecha del Anio, cerca del territorio sabio.

Esta primera fase de la monarquía viene marcada por el proceso de unificación de los habitantes de las colinas romanas en un único organismo ciudadano, lo que constituye un verdadero proceso de sinecismo. Pero este proceso de creación de la civitas, con lo que implica de existencia de un espacio ciudadano, de una oligarquía y de unas instituciones comunes, no puede entenderse al margen de los vínculos y las influencias de otros pueblos, particularmente los etruscos y los griegos. Ambos estaban organizados en ciudades-estados desde mucho antes de la existencia de Roma, eran sociedades estratificadas y con un nivel cultural y técnico muy superior al de la Roma primitiva.

Roma fue desde sus orígenes una ciudad abierta a todo tipo de influencias, de objetos, de personas particulares y de grupos. Ninguna de las instituciones políticas romanas de este periodo (las tribus, las curias, etc.) ni los cultos y ritos tiene una base étnica definitoria. Este carácter abierto de la Roma monárquica se constata incluso posteriormente; así, por ejemplo, en los fasti consulares de los siglos VI-V a.C., aparecen muchos cónsules cuyo cognomen y/o gentilicio son de origen extranjero, principalmente etrusco, pero también sabino, osco, etc. La presencia y asentamiento de extranjeros en la ciudad desde sus comienzos queda además patente si consideramos que el único de los reyes de Roma que podríamos considerar romano -y aúna sí sería albano, según la tradición es Rómulo-; todos los demás son de origen sabio o etrusco. 

3. Roma durante los reyes de origen etrusco 

Hoy es generalmente aceptado que la ciudad-estado romana estaba ya plenamente formada a finales del siglo VII a.C., con una imagen externa monumental, con templos importantes y ricamente decorados y unos ordenamientos constitucionales que fueron actualizados durante el siglo VI a.C.

Las características de los tres últimos reyes (los tres etruscos, dos de ellos pertenecientes a la gens Tarquinia y el otro oriundo de Vulci y de origen servil) se adaptan mal al carácter tradicional de la monarquía romana. En primer lugar, el que fuera electiva plantea dudas acerca de la elección de una serie de reyes etruscos. Además, si aceptamos la cronología de Dionisio de Halicarnaso, estos tres reyes reinaron del 616 al 510 a.C., esto es, 106 años sobre los 244 que Tito libio y Dionisio de Halicarnaso atribuyen a la época monárquica. Obviamente, resulta una duración excesiva para tratarse de reyes electos. En segundo lugar, resulta también sorprendente la interrupción de la dinastía Tarquinia con la inserción entre Tarquinio Prisco y Tarquinio el Soberbio de un hombre nuevo, también extranjero y de dudosa legitimidad, Servio Tulio.

Del conjunto de estas objeciones podría suponerse que durante estos 106 años haya habido más de tres reyes. Probablemente más de dos Tarquinios, siendo Servio tulio el único ajeno a la dinastía. Otra solución podría ser retrasar las fechas, y tal es la interpretación de algunos autores, como Alföldi. sin embargo, los datos epigráficos y arqueológicos concuerdan en la mayoría de los casos con la cronología tradicional, especialmente los que se refieren al periodo de Servio Tulio y al último Tarquinio. La mayor parte de los estudiosos aceptan que la monarquía terminó entre 510-509 a.C., época en la que comienzan a elaborarse los fasti consulares, esto es, la lista del magistrado epónimo de la ciudad.

Hoy en día se tiende a aceptar cada vez más las informaciones de los historiadores romanos sobre la época arcaica de Roma. como otros muchos aspectos sobre los que hoy se ha rehabilitado su autoridad, también el de la dominación etrusca ha sido revisado y hoy ha cobrado gran impulso entre los investigadores la idea de que roma, durante esta segunda fase monárquica siguió siendo una ciudad latina independiente políticamente, aunque muy vinculada al mundo etrusco. Se acepta la presencia de elementos etruscos en la ciudad, principalmente artesanos y comerciantes, la influencia etrusca en las costumbres y en la religión, pero no el sometimiento al mundo etrusco.

Estas influencias son explicadas, entre otras razones, por la propia vecindad entre Roma y Etruria, si consideramos que el Lacio se encontraba entre dos áreas etruscas; los etruscos del norte y los de la Campania. Las relaciones entre las dos áreas se efectuaban, con mucha frecuencia atravesando el Tíber por la isla tiberina. La aparición de cerámica etrusca como argumento es contrarrestada con la presencia, en los mismos depósitos de grandes cantidades de cerámica griega (corintia, ática y laconia). No se descarta la posibilidad de que en el curso de los enfrentamientos que se produjeron en el siglo VI a.C., Roma cayera algún tiempo bajo el control de algún centro etrusco, pero eventualmente y sin llegar a ser propiamente una ciudad etrusca. Lo cierto es que el advenimiento del primero de los tres reyes de procedencia etrusca no parece que se efectuara con ningún acto de violencia, ni que se impusiera por las armas, como cabría suponer si se tratara de una conquista de la ciudad.

Otro argumento a favor de la autonomía de Roma es que el único documento oficial romano de edad arcaica (siglo VI), la inscripción incisa en el cipo del Lapis Niger, en el foro romano, y que contiene una reglamentación sagrada, está escrita exclusivamente en latín. Como también estaba escrito en latín, según Dionisio de Halicarnaso, que aseguraba haberlo visto-, el tratado de Tarquinio con los habitantes de Gabi, conservado en el templo de Semo Sancus, dios de los juramentos, y la lex del templo de Diana aventinense, de época de Servio Tulio, estaba escrita en latín y con caracteres griegos como correspondía a un alfabeto de esa época.

Por otra parte, una dominación habría supuesto el pago de determinado tributos que habría estrangulado o dificultado el sorprendente progreso social y económico de esta época durante la cual Roma se convirtió en ciudad hegemónica del lacio, tal como se desprende claramente del tratado romano-cartaginés y que se sitúa en torno al 510-509 a.C. Así pues, nos inclinamos a pensar que la roma de este periodo continuó siendo una ciudad latina, no dominada políticamente, al menos de forma permanente, por una o varias ciudades etruscas, aunque sí fue una ciudad etrusquizada en los aspectos culturales y religiosos principalmente.

Al igual que los tiranos griegos, los monarcas etruscos de Roma estaban dotados de un gran poder personal y su legitimidad es bastante sospechosa. Los reyes anteriores eran designados, según la tradición, por los patres de las gentes que integraban el senado y el pueblo, en los comicios curiados, que aprobaban el nombramiento. En este periodo, el rey se vincula directamente con Júpiter, mediante la toma de los auspicios y la investidura sagrada, fuente del imperium personal, y el pueblo no podría sino aclamarlo dado que era una designación de origen divino. Los símbolos de la monarquía de los Tarquinio son de clara importación etrusca: la silla curul, el manto de púrpura, el cetro coronado con un águila, la corona de oro y el séquito de doce lictores que llevaban los fasti del poder del rey de castigar incluso con la muerte.

En los últimos decenios del siglo VII a.C., Roma posee ya los caracteres propios de una ciudad-estado que se manifestarían aún de forma más evidente en el siglo VI a.C. Pero ya en la época del primer Tarquinio se pavimenta el área central de la ciudad y se manifiesta también la conciencia de una unidad que se percibe en el campo religioso: aparecen los primeros testimonios del culto a Vesta -en el Foro-, así como la existencia de un culto sobre la colina del Capitolio que preludia la construcción del templo a la Triada Capitolina, terminado en época de Tarquinio el Soberbio e inaugurado en el mismo año que éste fue expulsado de la ciudad. 

a) Tarquinio Prisco 

El primero de estos tres reyes de origen etrusco, Lucio Tarquinio Prisco, es presentado por las fuentes antiguas como oriundo de Tarquinia, la más importante ciudad etrusca de esta época junto con Caere (Cerveteri). Su padre era un griego de Corinto llamado Demarato, que había huido de su ciudad y se había instalado Tarquinia donde se casó con una mujer etrusca. No sabemos cómo Lucio Tarquinio y su gens se asentaron en Roma. En todo caso constituyeron una verdadera dinastía gentilicia, atestiguada también por las fuentes etruscas que conocen a un Cneo Tarquinio Rumach (de Roma), en lucha con otros personajes etruscos.

Al nuevo rey se le atribuye tradicionalmente la construcción de la Cloaca Máxima, importante obra de ingeniería que, gracias a su sistema de canales de desagüe, permitió desecar y sanear las zonas baja de las colinas, que hasta entonces habían sido un foco constante de paludismo. También se le atribuye la construcción del Circo Máximo, de evidente influencia griega, y el comienzo de las obras del templo de Júpiter sobre el Capitolio, que era a colina donde inicialmente él se asentó y a la que la tradición da el nombre de Mons Tarquinius.

La tradición atribuye a Tarquinio el incremento del territorio romano. Uno de sus frentes militares fue la guerra mantenida con los sabinos. Según Livio, todo el territorio entre Colacia y Roma pasó a poder de ésta. Se había dudado sobre la fórmula de rendición deditio, que Livio dice haber aplicado Tarquinio a los colatinos, pero documentos hallados posteriormente sobre formas de rendición de ciudades confirman que Livo tenía razón. El dato es significativo porque indica que Roma iba ya creando formas de relaciones con otras comunidades que va a seguir aplicando posteriormente.

La política de conquista de Tarquinio se completó con el sometimiento a Roma de varias comunidades asentadas en el Lacio Antiguo. Así se adueñó por las armas de Cornículo, Ficulea la Antigua, Cameria, Crustumerio, Ameriola, Medulia y Nomento. Este paso fue importante porque le permitía ampliar el número de ciudadanos romanos, incorporar nuevas tierras a la ciudad y hacer, en definitiva, de Roma un centro político-administrativo de una amplio territorio, en virtud de lo cual se situaba a nivel semejante al de otras grandes ciudades etruscas.

Dos medidas de carácter social, de gran importancia, son también atribuidas a Tarquinio Prisco. El aumento del número de senadores y el aumento de las clases superiores, con la creación de las llamadas gentes minores. Aunque se ha supuesto que estas medidas encajarían mejor entre las reformas de Servio Tulio, la realidad es que no hay dudas razonables para no admitir que fueron obra de Tarquinio.

Los senadores que se habrían incorporado al Senado por designación real son los llamados conscripti. Sobre estos senadores de nuevo cuño hay múltiples y contradictorias teorías: desde la que considera que los conscripti fueron creados a comienzos de la república, hasta la que los identifica con las gentes minores, considerando que conscripti y gentes minores aluden a los mismos nuevos senadores. Según Momigliano, un cierto número de gentes se habría asegurado durante la época anterior una posición hereditaria en el Senado y dadas las características de estos monarcas es fácil admitir que Tarquinio prisco -o Servio Tulio- hubiese aumentado el número de senadores con la adscripción al mismo de elementos no hereditarios y ligados a su propia persona: los conscriptos, que podían ser en algún caso patricios, pero más comúnmente eran plebeyos, como lo seguían siendo a comienzos de la República.

La creación de las gentes minores es también bastante confusa, ya que los historiadores antiguos, aun conociendo el hecho de su existencia, lo explican de formas diferentes, puesto que, en la época en que escriben, esta distinción, entre gentes maiores y gentes minores se había borrado. Para Livio, las minores gentes serían los descendientes de los patres añadidos al Senado por Tarquinio Prisco, lo que vendría a identificarle con los conscripti, pero de origen patricio. Según Tácito, las minores gentes eran los descendientes de los patres añadidos al Senado por el primer cónsul de Roma, Bruto.

Lo único seguro es que estas gentes minores eran gentes de menor antigüedad, pero incluidas en el patriciado y, por tanto, insertas en la clase dominante junto a las gentes maiores. Su identificación con los conscripti no parece posible, puesto que estos últimos no eran generalmente patricios. Lo más probable es que la creación de estas gentes minores esté relacionad con la formación de las clases en época de Servio Tulio, que supuso un incremento de personas incluidas en la clase dominante. 

b) La época de Servio Tulio 

El periodo comprendido entre el 580-540 a.C:, se caracteriza por la dinámica social que se aprecia en la roma primitiva y el cambio de la situación internacional. La base es el desarrollo económico, no solo de Roma sino de Italia central. En el aspecto agrícola, gracias al saneamiento y drenaje de las zonas pantanosas y a la introducción de determinados cultivos, como el olivo, se produce el paso a una agricultura especializada.

También se constata un incremento en las actividades comerciales, lo que decidiría la formación de un pequeño sector mercantil de la económica. La formación de una clase media urbana organizada en la armada hoplítica y el conjunto de las reformas de Servio Tulio, que comportaron la reestructuración de la clase dirigente, ha sido calificado por muchos historiadores como una verdadera revolución.

La figura de Servio Tulio es de por sí oscura y sugestiva. Para alguno se trataría de un antiguo cliente de los Tarquinios, usurpador del poder. Para otros sería un aventurero sostenido por bandas etruscas. Y, para todos, un tyrannos, excitador, en cierto modo, del demos o populus en formación y de la timocracia contra la aristocracia.

La tradición nos dice que era hijo de un etrusco, tal vez de Vulci, y de una sierva llamada Ocresia. De ahí su praenomen, Servius = hijo de una sierva. Su llegada al poder está rodeada por una serie de hechos violentos de los que nos informa la tradición etrusca, aunque en la interpretación de estos hechos persisten aún muchas dudas. En los famosos frescos de la tumba François, de la antigua ciudad de Vulci se representa a un personaje con el nombre de Mastarna junto con otros dos, los hermanos Aulo y Celio Vibenna, enfrentados con otro grupo de personajes designados por el nombre personal y/o el étnico. Se ha interpretado como una coalición contra Vulci, integrada por un falisco, un personaje de Volsinia, y un romano, llamado Cneo Tarquinio Rumach ( = Romano), perteneciente a la gens Tarquinia. Se trataría, tal vez, de una coalición de varias ciudades tiberinas (de Volsinia a Roma) contra Vulci. Servio Tulio fue identificado por el Emperador Claudio (etruscólogo que había emprendido la elaboración de una Historia Etrusca) con el Mastarna que aparece en la tumba de Vulci. Este -dice- expulsado de su ciudad con los hermanos Vibenna, habría llegado a ser rey de Roma. el término Mastarna es la etrusquización de magister, lo que presupondría, más bien, que Servio Tulio habría sido sobre todo un condottiero o un tirano, más que un rey, pero hay que suponer que la diferencia entre rey y tirano  no debía ser muy clara en esa época.

La serie de reformas de Servio Tulio forman un complejo coherente en el que una se constituye como base de la siguiente y así sucesivamente. Siguiendo este proceso concatenado, la primera de estas reformas sería la nueva organización del territorio. Todos los ciudadanos romanos fueron inscritos en una de las 16 tribus rústicas en que se dividió el ager Romanus, si eran propietarios de tierra, esto es, adsidui, o bien, en una de las cuatro tribus o circunscripciones urbanas en que fue dividida la ciudad, si no eran propietarios de tierras. Estas cuatro tribus urbanas eran: la Palatina, la Collina, la Esquilina y la Suburana. Sus integrantes serían principalmente artesano, comerciantes y proletarios.

Mientras que las tribus urbana llevan el nombre de un topónimo, entre las tribus rústicas, algunas llevan el nombre de una gens patricia, como la Aemilia, o la Fabia, lo que es interpretado como alusivo al hecho de que anteriormente habían sido dominios privados. Pero sobre las otras como la Camilia, Voltinia, Lemonia, Pupinia, Romilia, Galeria…, no se sabe con certeza a qué o quién aluden. Si se trata de gentes, estas se habrían extinguido a comienzos de la República, puesto que no aparecen tales nombres en los Fastos, lo que ha llevado a otros autores a suponer que aluden a topónimos. Las tribus con nombres de gentes se encuentran más alejadas del núcleo de la ciudad, mientras que las que llevan, probablemente, nombre de topónimos se encuentran en los confines de la misma, configurando un anillo que se extiende a lo largo de ocho kilómetros alrededor de la ciudad, extensión que tal vez correspondería a los límites del ager Romanus antiquus. 

Esta división fue la base de la elaboración del censo, ya que permitía una valoración de los ciudadanos en función de sus rentas. Pero para lograr esta valoración fue preciso también crear una monetación rudimentaria o, si se prefiere, un sistema premonetario: el aes rude. Es Plinio el Viejo quien dice que Timeo en el siglo III a.C., atribuía a Servio tulio las primeras emisiones de aes signatum o aes rude, esto es, el establecimiento en Roma de un sistema oficial protomonetario.

Las tres tribus primitivas, Tities, Ramnes y Luceres, continuaron existiendo, como también el antiguo ordenamiento por curias, es decir, las circunscripciones con carácter hereditario, cuyos miembros se reunían en los Comicios Curiados, aunque las funciones de estos se redujeron a dirimir los problemas de adopciones y testamentos, y a sancionar mediante la lex de imperio el poder de los magistrados durante la República. Esta es una peculiaridad, como ya hemos dicho, de la historia de Roma.: su eclecticismo y su capacidad de síntesis.

El antiguo ordenamiento curial no fue suprimido, sino reemplazadas parte de sus funciones por otros órganos. En Roma nada se suprime del todo, ni siquiera la monarquía, que pervivirá en la República, aunque reducida ad sacra en la figura del rex sacrorum, sacerdote del templo de la diosa Vesta. 

(i) Reformas sociales y administrativas 

Servio Tulio, además, introdujo un nuevo ordenamiento a la vez político y militar, basándose en la división en clases según la renta: los Comicios Centuriados.  Servio Tulio repartió a la población romana en cinco clases, según el censo, valorado en ases. En la primera clase, se inscribió a los que poseían más de 100.000 ases. Estos debían costarse su equipo militar que consistía en yelmo, escudo redondo, coraza, lanza, espada…todo en bronce. En la segunda clase, los que tenían más de 75.000 ases, que debían costease el escudo rectangular y las grebas. En la tercera, se incluía a los de 50.000 ases, que llevaban yelmo y escudo rectangular. En la cuarta, los que tenían 25.000 ases, con jabalina y lanza y en la quinta clase, los que tenían 11.000 ases, que solo debían proveerse de una honda y piedras.

La primera clase comprendía 80 centurias, 40 de iuniores o jóvenes y 40 de seniores o ancianos; la segunda, la tercera y la cuarta, 20 centurias cada una (10 de jóvenes y 10 de ancianos), y la quinta clase 30 centurias (15 + 15). A éstas, habría que sumar otras 18 centurias de caballeros y 5 de capite censi, o proletarios, es decir, los que estaban censados, no por sus bienes, sin solo por su persona o fuerza de trabajo. En total 193 centurias, de las cuales -siempre según Tito Livio- las 5 de proletarios no combatían.

En la Asamblea Centuriada -el organismo político y militar que reunía a todos los ciudadanos en centurias- se votaba por centurias, siendo cada una de ellas una unidad de voto, y como se desprende claramente, las de la primera clase más las 18 de caballeros, tenían siempre la mayoría. Los anacronismos y las discordancias de esta reconstrucción resultan evidentes. En primer lugar, la valoración del censo en ases no era posible en el siglo VI a.C. El número de centurias presupone una población demasiado elevada para la extensión de la Roma de esta época; incluso la precisa correspondencia entre centurias de jóvenes y ancianos resulta extremadamente improbable. Tampoco es creíble que la primera clase tuviera tantos inscritos como todas las demás juntas. A estas objeciones, se añade también al que se refiere a la descripción del armamento. Se sabe que el ejército de esta época era un ejercito hoplítico; los hoplitas llevaban un escudo redondo y nada permite suponer que los rectangulares existieran en esta época.

Estas y otras objeciones llevaron hasta hace poco a que muchos historiadores rechazaran o dudaran de la existencia de la reforma serviana. Actualmente se acepta sustancialmente la realidad de la reforma, obviamente no de forma literal.

La explicación más aceptada es la que presupone la existencia de una classis que constituiría el verdadero ejército hoplítico de infantería, una caballería y los infra classem, que serían los que no podían costearse el equipo completo de hoplitas y que serían tropas de reserva. El ejército hoplítico lo constituirían las centurias de iuniores de las primeras tres clases (40+10+10). Esta explicación parece adecuarse bien a la estructura de la legión romana más antigua, compuesta por 60 centurias (6.000 soldados). Cuando en la República el mando pasó a dos cónsules, se crearon dos legiones de 3.000 hoplitas cada una. Estos 6.000 soldados fueron también posteriormente divididos en tres órdenes de infantería: astati, principi y triari. En toda la historia de la legión es constante el número de 60 centurias.

Lo cierto es que la reforma de Servio Tulio en el aspecto militar pretendió racionalizar el armamento y duplicar los efectivos militares -que anteriormente, eran 3.000 soldados-. Pero, esta reforma tuvo el inconveniente de generar el dualismo: classis -esto es, la élite, el ejército hoplítico- e infra classem, que eran los excluidos del ejército permanente, las tropas de reserva, armados a la ligera y escasamente. Así, el ejército surgido de la reforma de Servio Tulio estaría compuesto de dos elementos -la classis, que probablemente estaría constituida por las centurias de infantería de jóvenes de las tres primeras clases sociales, y los equites o caballería.

Al igual que en casi todas las ciudades antiguas, los soldados eran propietarios de tierras. La reforma serviana se asentó sobre la propiedad. El ejército hoplítico estaba constituido por los adsidui o propietarios de tierra y, además, eran los que tenían mayor influencia política. En la Asamblea Centuriada, que reunía a todo el pueblo y era el más importante órgano de la ciudad-estado, prevaleció el principio de que la mayor riqueza implicaba mayores gastos en la milicia pero, en contrapartida, confería mayor influencia política.

Se creo así, una timocracia en función de la propiedad de la tierra y no, como anteriormente, de base exclusivamente patricia. En todo caso, se produjo un aumento de la clase privilegiada, una superación del exclusivismo gentilicio, al incluir en el ejército a algunos elementos que no eran patricios y al incluir en el Senado a los conscripti que tampoco eran en su mayoría patricios. El ejército y la Asamblea Centuriada de Servio Tulio expresan la unidad ciudadana, o más exactamente, expresan la voluntad de imponerse a la anarquía de las gentes.

Otro problema, aún no resuelto, es el de la caballería y el papel que esta juega en el ejército serviano. En el ejército anterior, el combate a caballo era competencia de los celeres, que eran suministrados por las tres tribus gentilicias: Ramnes, Tities y Luceres. Los equites del ejército de Servio Tulio sustituyeron a los celeres. Pero seis centurias de equites o caballeros siguieron llevando el nombre de las tribus anteriores, esto es, las tres tribus gentilicias, divididos en priores y posteriores. Durante los primeros años de la República, los equites jugaron un papel secundario y existió una clara subordinación de la caballería a la infantería, como se desprende del hecho de que excomandante de caballería, magíster equitum, fuera nombrado por el magíster populi y que incluso durante los años en que el patriciado monopolizó  el gobierno republicano, éste no tuviera inconveniente en nombrar como magíster equitum a un plebeyo como Spurio Casio, o posteriormente a C. Licinio. Por ello, Momigliano supone que los equites durante la época de Servio Tulio y el último Tarquinio, constituían una especie de guardia real, en dependencia directa del rey pagados por el Estado. En este supuesto no formarían parte de la classis y no habría contradicción en que los celeres o equites siguieran llevando el nombre de las tres tribus gentilicias. Es opinión común, en cambio la de admitir que la reforma serviana aumentó el número de equites de 3 a 6 centurias y no a 18 centurias como señalan las fuentes.

Las reformas de Servio Tulio corresponden a un periodo de crisis de las estructuras sociales y políticas y a intentos de cambios institucionales. Los impulsos para el desarrollo, no solo social y político, sino también cultural y religioso, sin duda procedían en gran parte de Etruria, pero también, incluso en mayor medida, en todas las esferas, del mundo griego. La constitución de Servio Tulio se cree que se inspiró en las reformas de Solón, que pocos años antes había modificado la Constitución ateniense introduciendo una división en cuatro clases. 

ii) La muralla serviana 

La nueva estructura de la ciudad-estado de Roma, con su organización  tribal del territorio y su ordenamiento centuriado, se consolidó con la construcción de las murallas. En las más importantes (que se remontan al 390, después de la invasión de los galos), se perciben  dos fases diferentes, incluso con la utilización de distintos materiales, y la fase antigua se remonta al siglo VI. No obstante solo han sido encontrados algunos trozos de la muralla serviana, por lo que hay dudas sobre la extensión de la misma. La parte de la muralla serviana más segura, que se levanta a una altura de seis metros, se configura bordeando, hacia el este, el Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero como también se han encontrado muros en dos puntos del Capitolio y en el Aventino, no se ve claramente cómo se configuraba la muralla de Servio Tulio.

Algunos historiadores creen que su trazado coincidiría con el pomerium o límite religioso de la ciudad; otros creen que bordearía las 285 hectáreas, que era la extensión aproximada de la ciudad y, por último, se supone que se trataría de defensas particulares circunscritas a algunas colinas. Esta última teoría explicaría la terrible invasión de Roma por los galos en el siglo IV, si se descarta el hecho de una  muralla que rodeara toda la ciudad, obra que se emprendió poco después de la invasión. Así pues, lo único que puede asegurarse es la construcción en esta época de un muro defensivo que tal vez circundara toda la ciudad o la circundara parcialmente.


Límites del Pomerium Serviano


c) Tarquinio el Soberbio 

Ha sido tratado por los historiadores antiguos con unos tintes sombríos que le muestran como el prototipo del mal tirano. Su advenimiento al poder se produjo después de haber asesinado a su predecesor y suegro, puesto que estaba casado con Tulia, hija de Servio Tulio. Esta serie de sucesiones violentas ha hecho suponer a muchos que estos tres reyes actuaron a modo de jefes de bandas personales, que se fueron imponiendo por la fuerza y probablemente con la connivencia de grupos familiares romanos y/o etruscos asentados en Roma. Obligados a movernos en el terreno de los indicios, durante todo el siglo VI, se rastrea la existencia de tendencias centrífugas encabezadas por condotieros o jefes de bandas a los que seguían sus sodales o amigos. El término sodales expresa una vinculación al jefe no definida política ni constitucionalmente. Entre los sodales y su jefe se establecía una relación de tipo religioso, definida como fides y muy similar a la que ese establecía entre los patronos y sus clientes, aunque tal vez más fácil de romper, puesto que los sodales podían llegar a conquistar su autonomía. Generalmente constituían una especie de guardia personal del jeje y funcionaban frecuentemente como bandas armadas contra otras bandas o contra alguna población. Parece claro que los intereses de estos jefes o gentiles eran prioritarios a los intereses de la civitas.

Contemporáneos a estos últimos tres reyes de Roma y muy similares en sus actuaciones como tiranos o condottieros fueron Aristodemos, jefe de Cumas, el Thefarie Velianas que es mencionado en las láminas de Pyrgi (puerto de Caere) y que sería un tirano local de Caere (Cerveteri), los hermanos Aulo y Celio Vibenna y que según la tradición se apoderaron del monte Celio. Lo sorprendente y paradójico al mismo tiempo es que mientras la ciudad  va reforzando sus instituciones y la civitas va consolidándose, las instituciones y la propia monarquía van, en cierta manera, desacralizándose y, seguramente, siendo utilizada en función de los intereses de determinados grupos y gentes de la propia ciudad y de otros centros.

La política de Tarquinio el Soberbio parece haberse dirigido a conquistar una posición hegemónica en el Lacio. Para ello recurrió, en varias ocasiones, a establecer pactos con algunas comunidades vecinas: es el caso de los gabinos o habitantes de Gabii, que según Dionisio de Halicarnaso, todavía existía en época de Augusto en un escudo de piel y madera y estaba en el templo de Sanco, o las alianzas que estableció con influyentes personajes de Tusculum principalmente con los Mamilii. La implantación de emporios comerciales en ciudades como Ardea, Anzio, Terracina y Circei, mediante acuerdos con comunidades locales reforzó su preeminencia en la costa del Lacio. Este mismo objetivo de lograr una posición preponderante de Roma en el Lacio debió presidir su empeño por impulsar el culto a Júpiter, probablemente muy debilitado después de la desaparición de Alba Longa, en donde había sido el dios principal. Organizó el culto y terminó la construcción del templo capitolino. A este culto se asociaron los treinta pueblos de las colinas albanas, más otros pueblos latinos, hasta un total de 47 participantes, que se reunían anualmente para cumplir el rito de sacrificar en común. Los títulos conferidos a Júpiter, de Optimo y máximo, tenían probablemente un doble significado: por una parte, aparecerían en relación con el poder absoluto de Tarquinio y, por otra, marcaban la supremacía del Júpiter Máximo sobre el Júpiter Latiaris (Laciar) de la Liga Latina, lo que vendría a señalar la supremacía de Roma sobre los latinos, pues al construir en Roma el templo de Júpiter se pretendía sustituir la importancia que para los latinos tenía el templo de Júpiter Latiaris, situado en los montes albanos.

La preponderancia de Roma en el Lacio aparece implícita en el primer tratado romano-cartaginés conservado en tempos de Polibio, sobre tablas de bronce en el aerarium de los ediles, junto al templo de Júpiter. El texto desvela la esfera de la influencia de roma, ya que los cartagineses se comprometían a no promover ningún trabajo de fortificación en el Lacio, así como a no causar ningún daño a los pueblos de Ardea, Anzio, Laurento, Circeo y Terracina, ni a ninguna otra ciudad latina bajo el dominio de Roma.

La afluencia a  Roma, tanto de gentes extranjeras como de artesanos y comerciantes, fue muy numerosa y supuso una gran heterogeneidad en cuanto a grupos étnicos, costumbres, creencias, etc. Esta inmigración, junto a la movilidad social que se percibe durante la época final de la monarquía y que supone el paso de los individuos de una fase a otra, y de un grupo a otro, tal vez actuaran mermando la escasa solidaridad cívica y facilitando los cambios de régimen o dinastía.

El derrocamiento de Tarquinio el Soberbio aconteció cuando estaba fuera de Roma, empeñado en el asedio de Ardea, en el 509, que es la fecha en la que los historiadores romanos sitúan el final de los Tarquinios, el inicio de los Fasti consulares y la dedicatoria del templo de Júpiter. El único acontecimiento que puede fecharse con seguridad en el 509 es éste último; en los otros se admiten variaciones, aunque generalmente con poca diferencia de tiempo.

Las razones para la caída de Tarquinio son bastante confusas y sujetas a varias interpretaciones. Lo único que es admitido sin ninguna duda, es que no fue debido a causas exclusivamente internas, ni se trató de un asunto de mujeres, como nos lo presenta la tradición, con la leyenda de Lucrecia. La reconstrucción de los hechos permite suponer que se produjo una conjura palaciega contra el rey, debida sin duda a múltiples causas de carácter interno y externo. Entre las primeras, tal vez el gradual desgaste de los poderes del rey que se habían ido traspasando a los múltiples colaboradores de los que se había rodeado para el gobierno de la boyante ciudad-estado. También las gentes debieron tomar parte en el derrocamiento de un gobierno que no valoraba suficientemente su preeminencia tradicional. E incluso los elementos no patricios, que, a lo largo de estos años de expansión económica se habían enriquecido, pudieron respaldar el rechazo a una política incesante de conquistas que sometía a duras pruebas las reservas militares, punto éste en el que insiste la tradición.

Entre las razones externas, la más decisiva fue la invasión de Roma por Porsenna, rey de la ciudad etrusca de Clusium (Chiusi), que, en cierto modo, representa al último de los conquistadores etruscos y cuyo objetivo era adueñarse del Lacio. Porsenna se apoderó de Roma y la utilizó como base de sus campañas contra la liga Latina, donde dominaba la influencia de Tusculum y de Aricia, cerca de donde estaba el santuario federal de Diana, Nemi, muy anterior al templo de Diana construido por Servio Tulio. Tito Livio cuenta que la invasión de Porsenna se produjo porque los Tarquinios le pidieron su intervención, con el fin de restablecer al monarca. Pero si esta llamada se produjo, lo cierto es que Porsenna no restableció en el trono a Tarquinio, que permaneció exiliado, primero en Tusculum y posteriormente en Cumas.

Las condiciones de dureza impuestas por Porsenna a los romanos –entre otras la prohibición de utilizar todo instrumento de hierro excepto para los trabajos agrícolas- son enmascaradas por los historiadores con relatos de héroes patrióticos bastante sospechosos como Horacio Cocles, Mucio Escévola, etc. Cuando las tropas de Porsenna emprendieron la conquista de Aricia, los latinos coaligados contaron con el apoyo decisivo del amigo de Tarquinio, Aristodemos de Cumas. La victoria fue para los latinos y supuso la liberación de roma y la huida de Porsenna. Para celebrar esta victoria se añadió un día festivo al Latiar, la primitiva festividad en honor del Júpiter Latiaris.

No obstante la derrota  del invasor Porsenna, Tarquinio continuó exiliado en Cumas hasta su muerte en 495. En Roma ya se había producido el cambio de régimen, en cierto modo de forma constitucional, pues la tradición nos dice que los dos primeros cónsules fueron elegidos por los Comicios Centuriados, tal como Servio Tulio había prescrito.

Pero entre esas razones externas, además de la invasión de Roma por Porsenna, que fue obviamente decisiva, hay que tener en cuenta el clima exterior antimonárquico característico de esta época. Más o menos contemporáneas a la creación de la República romana, se atestigua la existencia de magistraturas republicanas en diversas ciudades etruscas: Orvieto, Vulci, Tarquinia y posteriormente en Chiusi. El estatuto de Cerveteri, en torno al 500, era a medias republicano y monárquico, como se desprende de la inscripción de las tablas de oro de Pyrgi, donde el representante de la ciudad, Thefarie Velianas, no es calificado rey (lucumón), sino más bien como un magistrado, aunque no anual, pues se desprende que llevaba tres años ejerciendo sus funciones. La última ciudad etrusca que mantuvo la forma monárquica fue Veyes, según Tito Livio. De su relato, se desprende que ya habían desaparecido los reyes de las demás ciudades etruscas, puesto que éstas se negaron a auxiliar la en su guerra contra Roma (396), porque tenía un rey y por odio a la monarquía (Liv. V, I, 3, 6).


Límites del 'ager Romanus'



Bibliografía:

J.MANGAS y F. BAJO: Lor orígenes de Roma. Biblioteca historia 16. vol. 21. 
AAVV: Roma hasta Augusto. Historia universal, vol., 9. Ed. Nájera.
PIERRE GRIMAL: El Helenismo y el auge de Roma. El Mundo mediterráneo en la edad antigua II. Historia Universal Siglo XXI. Siglo XXI de España editores.