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lunes, 24 de marzo de 2014

El Reino Suevo de Gallaecia (411-585)

I. Orígenes etnográficos de los suevos

Desde el año 72 a.C. en que Ariovisto invadió la Galia, pasando por la época de Cesar, que los expulsó hacia el norte y Tácito, que los sitúa al este del Elba, hasta los narradores del siglo IV, los suevos fueron mencionados en gran número de ocasiones, siendo uno de los pueblos que cuenta con una más larga tradición historiográfica imperial romana. Sin embargo, esas tradiciones están de acuerdo en que la denominación "suevos" es un nombre colectivo que engloba un número muy elevado de grupos diferenciados

El 31 de diciembre de 406, grupos de invasores suevos, vándalos y alanos cruzaron el Rhin helado, atravesando las fronteras del imperio. Durante tres años erraron por la Galia hasta que en 409 entraron en la Península Ibérica. Debemos aceptar que el grupo de invasores que entra en Hispania en el 409, junto con vándalos y alanos, forma parte del antiguo tronco suevo, siendo, casi con seguridad quados, aunque en la percepción externa que luego se impuso se les recordó por el nombre genérico de suevos, quizá porque llegaron acompañados de grupos menores, igualmente suevos, que se les pudieron unir en los años de estancia en la Galia.

Parece que ellos mismo se autodenominaban "Suaba". Los autores del siglo V preservaron la forma "suevos" conocida desde las referencias de Julio Cesar. La oscuridad de antecedentes de este grupo invasor quizá deba ponerse en relación con el hecho de que el contingente suevo que atravesó los Pirineos en 409 probablemente fuese el producto de una mezcla de grupos diferentes, algunos de ellos suevos, otros no necesariamente. El hecho de que en los años de la Galia el protagonismo recaiga esencialmente en los vándalos (asdingos y silingos) y en los alanos, reapareciendo los suevos (los quados del historiador Jerónimo) al cruzar los Pirineos, podría avalar esa idea. Sería en la Galia donde se habría conformado una nueva entidad política en torno a un grupo concreto cuya élite aristocrática proporcionaría una estirpe regia reconocida por los demás. Dentro de ella pudo elegirse un jefe guerrero cuyos éxitos y capacidad de conquistar le habría conferido el título de rey. Es razonable pensar que el grupo dirigente de esta unidad política en formación era suevo y que asumieron el nombre de suevos como elemento de identidad grupal.

II. Las invasiones en la Península Ibérica en el contexto de la política imperial.

La entrada de los suevos, vándalos y alanos en la Península Ibérica coincide con un grave proceso de descomposición de la autoridad romana en el extremo occidental del Imperio. Desde el 406/7 el emperador Honorio ha tenido que hacer frente a una serie de usurpaciones que han dejado a la Península Ibérica al margen de la autoridad imperial. La apropiación por parte de Constantino III de los territorios peninsulares debilitó la posibilidad de organizar una defensa eficaz de las provincias hispanas frente a los invasores. Los testimonios de Zósimo, Olympiodoro y Sozomeno dan a entender que dos hermanos nobles y ricos, Dídimo y Veriniano, parientes de Honorio, junto a otros dos hermanos suyos, Theodosiolo y Lagodio estaban al frente de las provincias hispanas y Constantino III temía que desde allí le atacasen mientras que Honorio lo hacía desde Italia. Constante, hijo mayor de Constantino fue designado por su padre como César antes de enviarle a Hispania y nombra a sus propios gobernadores al tiempo que ordena la captura de Dídimo y Veriniano, quienes llevados ante Constantino III fueron ejecutados.

La autoridad imperial es inmediatamente sustituida por la del usurpador. Los magistrados (iudices) enviados por Constantino III a Hispania fueron recibidos ahora con obediencia por las provincias. Junto a Constante se desplaza el entorno cancilleresco necesario para desempeñar sus funciones de caesar e imprescindible para el control de toda una diócesis. Cuando menos, sabemos que le acompañaba un general de nombre Geroncio, un prefecto del pretorio de nombre Apolinar y probablemente un magister officiorum de nombre Décimo Rústico, que se encargaron de designar a magistrados civiles y militares.

Constante ha pasado a Hispania con tropas bárbaras, aliadas de antaño e integradas en el ejército a las que, según Orosio, se las conocía por el apelativo de honoriaci. Según este autor, fueron estos aliados de Constantino III, quienes mataron a Dídimo y Veriniano y recibieron como pago por su área el derecho a saquear las llanuras de la Meseta Septentrional, los Palentinis Campis, a la vez que quedaban encargados de controlar el paso de los Pirineos en lugar de la guarnición de campesinos nativos que lo habían hecho desde entonces. Al frente de estas tropas Constante habría dejado al general Geroncio. En unas circunstancias que no conocemos muy bien, parece que Geroncio habría levantado a los bárbaros asentados en la Galia contra el mismo Constantino quien vuelve a enviar a su hijo a Hispania, ahora acompañado de un nuevo general, Justo, probablemente con la intención de sustituir a Geroncio. En este momento -a comienzos del otoño de 409- los honoriaci habrían dejado entrar en la península a los bárbaros que se movían por la Galia, uniéndose a ellos.

El efecto inmediato fue que los pueblos bárbaros, cuyo nivel de compromiso con Geroncio ignoramos, saquearon la diocesis Hispaniarum en compañía de los honoriaci, enfrentándose a las tropas fieles a Constantino III y probablemente a los residuos de fidelidad a Honorio. Por otro lado, las tropas leales a Constantino III agotaban los recursos de las ciudades que teóricamente protegían y la maquinaria administrativa ejercería una política opresiva que también escandalizó al obispo gallego Hidacio. Esta situación se prolongó por dos años. Parece que en 411 los bárbaros cambian las armas por la agricultura, merced a los pactos celebrados probablemente, no con el poder legítimo teodosiano, sino con Geroncio, o con el personaje al que este ha nombrado como augustus para la diocesis Hispaniarum, un individuo de nombre Máximo, probablemente un hispano, cliente (domesticus) de Geroncio, colocado en Hispania como su hombre de confianza para poder actuar con libertad en la Galia contra Constantino.

El reparto del territorio, consecuencia de estos pactos, entre los bárbaros llevaría a los vándalos asdingos a Gallaecia. A los suevos les correspondió la zona de esta misma provincia más próxima al mar, el conuentus de Lucus y el de Bracara, mientras que los vándalos ocuparían la zona de la Meseta norte de la Península Ibérica, el conuentus de Clunia y el de Asturica, que en la reforma diocleciana había sido parte de Gallaecia. El conuentus asturicense puede haber correspondido a los suevos. Los alanos se instalaron en la Lusitania y la Cartaginense, mientras que los vándalos silingos ocuparon la Bética. Por otra parte resulta difícil establecer el criterio de reparto, si este obedeció a la fuerza demográfica o militar de cada uno de los grupos, lo que hubiera sido razonable, o fue meramente aleatorio, con lo que la aparente desproporción de los territorios asignados a cada grupo debería explicarse por su ignorancia de la geografía penínsular.

El reparto de la provincia Gallaecia entre suevos y vándalos asdingos (411)

Este reparto tendría lugar en 411 e ignora el destino de la provincia Tarraconense, la provincia que mejor amparaba sus intereses inmediatos en la Galia. Constante había instalado su corte en Zaragoza. Muy pronto las fuerzas de Honorio se reorganizaron y acabaron con la resistencia de Constantino III en Arles, mientras que Geroncio ya había acabado en Vienne con su hijo Constante. Sin embargo, la situación de Geroncio era precaria, sus tropas desertaron y se vio obligado a huir a Hispania, donde tampoco contaba ya con la fidelidad de sus hombres; asediado por éstos en su propia casa, se suicidó. mientras, Máximo fue despojado de la púrpura y siguió viviendo, desterrado, entre los bárbaros. De cara al poder legítimo romano, los bárbaros se encontraban ahora desvinculados de todo compromiso.

La desaparición de Geroncio y el temporal extrañamiento de Máximo cuya pista se pierde hasta 420, iban a significar la recuperación de la soberanía de Rávena sobre los territorios hispanos. Es ahora cuando los pueblos asentados en Hispania pidieron un acuerdo con el Imperio. Según Hidacio, el patricio Constancio, responsable en estos momentos de los asuntos de Galia e Hispania, impulsó a los visigodos, primero a Ataulfo y tras su muerte violenta a Valia, con el cual había firmado un acuerdo de paz en 416, para que llevasen la guerra a la Península, contra los alanos que se habían establecido en la Lusitania y contra los vándalos silingos, a quienes en el reparto de 411 les había correspondido la Bética. Estas eran las contrapartidas militares, ahora absolutamente evidentes, a cambio de las cuales los visigodos recibieron formalmente en 418 tierras para cultivar y una zona de asentamiento en el sur de la Galia.

Para ese momento, la presencia de tropas regulares del Imperio en Hispania parece haber desaparecido por completo, aunque la corte de Rávena pugnará hasta su desaparición por ejercer algún control sobre la Península Ibérica, quizá con el establecimiento de alguna guarnición temporal. De momento este control solo alcanzaba a la Tarraconense y el protagonismo inicial se cede a los godos que incluso instalan una capital temporal en Barcelona. Durante dos años (418-420) Rávena recupera la iniciativa en la Península Ibérica. En estos años se nombró por última vez un vicarius Hispaniae, Maurocello, y en 420 sabemos que un tal Astirio Hispaniarum comite, luchaba contra los bárbaros en Hispania, quizá con un ejército de nueva creación que se ha identificado con las tropas recogidas en la Notitia Dignitatum Occidentalis.

La actuación de los visigodos de Valia dio lugar a un encadenamiento de conflictos entre los pueblos bárbaros. Hidacio dice que Valia acabó con los silingos, dirigidos por su rey Fridibaldo. Los alanos, que por un tiempo se habían impuesto sobre suevos y vándalos asdingos, sufrieron tales pérdidas que los supervivientes muerto su rey Addax, no volvieron a pensar en un reino propio y se colocaron bajo la protección del vándalo Gunderico, que estaba asentado en Gallaecia. Los godos interrumpieron en este momento su campaña cuando son reclamados por el patricio Constancio para que regresen a la Galia donde les son entregados las tierras de Aquitania, entre Tolosa y el océano. Es posible que la corte pretendiera impedir que los visigodos se apropiasen de los territorios hispanos, conservando un control administrativo y militar directo.

Quizá la retirada de Valia animase a vándalos y suevos a extender sus respectivas áreas de dominio. Los vándalos asdingos se encontraban reforzados por los grupos residuales supervivientes de alanos y quizá también de silingos, por lo que parece que el rey Gunderico atacó a los suevos del rey Hermerico. En estas circunstancias, la corte de Rávena envió al comes Asterio y al vicarius Maurocello, para acabar con los germanos en Hispania, pero también para evitar la recuperación del usurpador Máximo, al que Orosio había mencionado por última vez refugiado entre los bárbaros de Hispania, y que ahora parecía moverse en el séquito de Gunderico. Estos enviados atacan a los vándalos, simplemente porque eran los más fuertes, quienes se vieron obligados a abandonar Gallaecia, y se trasladan a la Bética; parece que se asentaron sobre todo entre el Guadiana y el Guadalquivir, la costa de Málaga, e incluso zonas de la Lusitania en el territorio del actual Beja.

Constancio, elegido el año anterior como colega de honorio, muere en 421. En 422 Rávena envió al  magister militum Castino, el cual contaba con un gran ejército. Cuando los vándalos habían sido reducidos y parecían dispuestos a rendirse, aslieron a campo abierto y en la batalla, traicionados por auxiliares godos, los romanos fueron derrotados y Castino tuvo que retirarse a Tarraco. El historiador Courtois cree que los años 423-424 los vándalos seguían pugnando por el control de la Bética central. La ciudad de Córdoba parece poderosa en este periodo y fue capaz de convertirse en un bastión independiente importante hasta la época de Leovigildo. En 425 los vándalos se dirigen hacia Cartago Spataria, las islas Baleares y Sevilla, a la vez que hacen una primera incursión en Mauritania. En el caso de Sevilla no se puede aseverar si Gunderico fue capaz de ocuparla de manera permanente; quizá no lo hizo hasta 428, cuando muere en la ciudad y es sucedido por su hermano Gaiserico (también llamado Genserico).

En mayo de 429 los vándalos cruzaron a África. Según Victor de Vita serían unas 80.000 personas en total. Es posible que aprovechasen el desorden que la revuelta del comes Bonifacio en 427 había llevado a la zona; incluso pueden haber sido llamados por éste. En cualquier caso, eran unas provincia ricas y no contaban con ningún otro pueblo germano competidor. En Hispania los suevos no eran fuertes en ese momento, pero el mismo Hidacio informa que Gaiserico, mientras organizaba el paso del estrecho, volvió sobre sus pasos hasta Lusitania donde una banda de suevos saqueaba la provincia. Parte de los soldados de esta banda fueron muertos y su cabecilla, Heremigario, aunque consiguió huir, se ahogaría después en el río Guadiana.

III. La primera monarquía. De Hermerico a Rechiario.

De entre los pueblos que cruzan los Pirineos en 409 parece que los suevos eran los más débiles y los menos numerosos, lo que no impidió que en los años siguientes aprovecharan en su propio beneficio esa supuesta debilidad. Sin embargo, la salida de los vándalos de Hispania abre una nueva fase de acontecimientos en la península. Desde 429 en adelante el único obstáculo para la recuperación del orden romano son, en principio, los suevos, quienes a partir de esta fecha adquirieron en la Crónica de Hidacio un protagonismo nuevo. Si los vándalos han encontrado oposición en las ciudades del sur hispano los suevos son presentados inmediatamente en guerra con la población del noroeste. Los suevos, que prácticamente habían desaparecido de la narración en los últimos diez años, irrumpen para ser el centro de la misma durante las siguientes cuatro décadas.

Extensión del reino suevo en el momento de la conquista visigoda (585)

Han pasado veinte años desde que los suevos ocuparon la Gallaecia occidental. Los pillajes que ahora denuncia Hidacio en las áreas centrales de la provincia son una muestra de que no cuentan todavía con bases sólidas. Aparentemente no han fijado aún un lugar de residencia permanente y se siguen comportando como merodeadores, bandas seminómadas frente a los cuales la población local ha organizado un sistema de defensa. Incluso han negociado individualmente con la aristocracia local acuerdos, pactos de convivencia que se rompen y se restablecen constantemente. El carácter precario de la situación lo demostraría la nueva ruptura que al año siguiente, en 431, hacen de esos tratados, momento en el cual se nos indica claramente las partes contratantes del acuerdo: los suevos y los habitantes de Gallaecia.

Para protestar por esos pillajes, el mismo Hidacio encabeza una embajada ante el dux Aecio, que se encontraba en la Galia en campaña contra los francos. de momento, Aecio va a enviar, de vuelta con Hidacio, al comes Censorio para que se entreviste con los suevos. el recurso a las autoridades es una muestra del deseo de Hidacio por revertir la situación. El hecho de que un enviado de Aecio busque un encuentro con los suevos es un intento de reconducir igualmente las relaciones con los únicos bárbaros que aparentemente se encuentran en Hispania fuera del control de las autoridades imperiales.

La mediación de Censorio, y probablemente del mismo Hidacio, consigue, previa entrega de rehenes, un nuevo acuerdo entre el rey suevo Hermerico, y aquellos "gallecis" a los que constantemente saqueaba. Inmediatamente, el rey suevo envía al obispo Symphosio como embajador ante las autoridades imperiales, lo que interpretamos como una primera muestra de que ciertos sectores de la sociedad galaica se mostraban dispuestos a colaborar o mediar con el rey suevo. Esta embajada tiene lugar en 433. Rávena no está aún dispuesta a claudicar ante las exigencias suevas. Noros, francos y burgundios, sin olvidar los problemas con los visigodos, tienen ocupado a Aecio en la Galia, donde la corte parece haber centrado ahora sus mermadas fuerzas en detrimento de zonas más periféricas. En el año 437, Censorio acompañado de un tal Fretimundo, llega de nuevo como embajador ante los suevos. Inmediatamente se establece un nuevo tratado de paz entre los bárbaros "cum parte plebis Calaeciae cui aduersabantur", otra referencia a que la población local galaico-romana estaba construyendo estructuras de poder particularizadas, capaces de negociar individualmente con los suevos.

Sin embargo, en ningún caso se dio un reconocimiento de su posición legal en Gallaecia, por más que ese fuese el objetivo que los suevos buscaban. El reconocimiento suevo por parte del imperio tuvo que esperar hasta 452-454; mientras, el dialogante Hermerico abdicó en 438 en su hijo Rechila. En tanto que Hermerico había centrado su actuación en una esfera local, aparentemente dentro de los límites de la Gallaecia que le había tocado en suerte en 411, su hijo va a emprender una política agresiva hacia el sur de Hispania. Las campañas en las provincias de Lusitania y Bética parecen responder a un doble objetivo: estratégico y económico. La riqueza de la Bética, en comparación con las tierras del extremo noroccidental, era indudable, mientras que la Cartaginense y especialmente, la Tarraconense aún parecen contar con un relativo control imperial. En la misma noticia que Hidacio da cuenta de la inauguración del reinado de Rechila, informa que éste ha llevado una incursión en la Bética, derrotando a las tropas de un tal Andevoto cerca del río Genil. Tal victoria le reportó un gran tesoro de oro y plata.

La identidad de Andevoto es controvertida: podría haber sido representante de la autoridad oficial romana, o líder de alguna de los múltiples bandos de bárbaros que aún se movían por la península buscando fortuna. Otra hipótesis más remota es que fuese el jefe de una milicia local, organizada por la aristocracia bética.

La campaña de Rechila hacia el sur es mencionada por Hidacio a continuación de la paz que ha establecido en 438 con una parte de la "plebis" de Gallaecia con la que litigaba, la cual aparenta ser una iniciativa destinada a asegurar la retaguardia antes de iniciar la campaña. En el año 439 Rechila toma Mérida. Unos meses más tarde, en el 440 el comes Censorio, enviado de nuevo ante los suevos como embajador, es apresado por Rechila en Mértola. Seguramente fue tomado como rehén, pues estaba en Sevilla cuando fue asesinado en 449. La toma de Mérida y Mértola es un indicio de carácter estratégico que tenía la campaña de Rechila. Mérida era la capital de Lusitania y sede del vicario de Hispania; Mértola era un puerto fluvial importante aguas abajo. La ocupación de ambas ciudades implicaba el control de la salida al Atlántico, una vía comercial de enorme importancia.

Inmediatamente, el mismo año 441, en que Hidacio anuncia la muerte del rey Hermerico, tras cuatro años de enfermedad, Rechila se dirige a Sevilla, la conquista y acto seguido se apodera de toda la Bética y la Cartaginense. Los suevos han extendido su control, al menos nominalmente, sobre toda Hispania, excepto la Tarraconense. De hecho, cuando en 441 y 443 el emperador envíe tropas a Hispania, al mando respectivo de Asterio, en calidad de dux utriusque militiae, y del yerno de éste, Merobaudo, como su sucesor, será para combatir a los bagaudas del valle del Ebro. El control suevo sobre el sur de Hispania se prolongó aparentemente hasta el 458, que probablemente realiza desde sus bases de Sevilla y Mérida, incursiones peródicas a la búsqueda de botín, lo que en la práctica suponía un recuerdo de su autoridad nominal. La mencionada presencia de tropas imperiales en la Tarraconense fue seguida del envío de una expedición hacia las zonas costeras del sur. En 446, Vito, en calidad de magister utriusque militiae, acompañado de un ejército de auxiliares godos, saquea la Bética y la Cartaginense, pero huye derrotado ante la llegada de los suevos y su rey, que a su vez vuelven a saquear esas provincias. Es posible que Cartago Spataria estuviese en manos de las autoridades romanas, pero la actuación de Vito no es la que se llevaría a cabo sobre una zona controlada.

En agosto de 448 Rechila muere en Mérida, donde parece haber instalado su corte temporalmente. A pesar de la oposición de una parte de su parentela es sucedido por su hijo Rechiario, quizá porque era católico, mientras que su padre era arriano. Inmediatamente después de acceder al trono, Rechiario invade "ulteriores regiones" en busca de botín. Esta referencia evoca claramente la primitiva denominación romana de la Bética como provincia ulterior, especialmente si tenemos en cuenta que Hidacio está escribiendo desde Gallaecia. En 449 el comes Censorio, que había sido capturado en Mérida en 440 es degollado en Sevilla, a manos de un tal Agiulfo, varno de nacimiento, que después veremos entre las tropas visigodas que se enfrentarán a los suevos. Los motivos que llevaron a la ejecución de Censorio no son fáciles de explicar, aunque su muerte debe ponerse en relación con una aproximación estratégica entre suevos y godos, quizá como respuesta al acuerdo que en 442 el imperio formalizó con los vándalos. Dicha alianza suevo-goda debió producirse en todo caso en 446, ya que en ese año auxiliares godos aún acompañaban a Vito en su expedición contra los suevos en la Bética. Este acuerdo se consolidaría por vía matrimonial en 449, cuando el rey Rechiario se case con la hija del rey visigodo Teodorico, hecho que es celebrado con una campaña contra los vascones en febrero. En julio visita la corte visigoda y de regreso se une a los bagaudas de Basilio y saquea Lérida y la región de Zaragoza, aunque Isidoro prefiere creer que lo hace en compañía de los mismos godos.


En 451 el rey godo Teodorico llega a un acuerdo con el Imperio y lucha junto a Aecio contra los hunos, en la batalla de los Campos Cataláunicos; el rey visigodo muere allí y le sucede su hijo Turismundo. Alejada la amenaza huna, el Imperio retoma la actividad diplomática con respecto a Hispania y los suevos. En 452 se nombró un nuevo comes Hispaniarum, Mansueto. Éste, acompañado de otro comes, Fronto, llegó ante los suevos a negociar la paz y establecer los términos de la misma. Dos años después, tras asesinar a Aecio, Valentiniano III envió un nuevo embajador ante los suevos, Justiniano, puesto que muerto el dux y patricius Aecio, el emperador quería confirmar los acuerdos alcanzados con los bárbaros por su general en los años anteriores. Sabemos que los suevos devolvieron la Cartaginense a los romanos, y el historiador godo Jordanes indica que los territorios en que estaban asentados los suevos eran Gallaecia y Lusitania, los territorios de la franja occidental limítrofes con el Atlántico. Parece seguro que Mérida y Sevilla continuaron bajo el control suevo. La frontera oriental es Autrigonia, lo que implica que incluía toda la Gallaecia diocleciana. Por medio de este acuerdo la corte de Rávena recuperaba toda la costa mediterránea, incluido el estrecho de Gibraltar, lo que era fundamental, especialmente si se rompían los acuerdos con los vándalos.
 
Extensión del reino suevo tras los acuerdos de 450-452


La muerte de Valentiniano III alteró profundamente el equilibrio en el Mediterráneo occidental. La confusión creada por la efímera sucesión de Petronio Máximo, la usurpación de Avito, su reconocimiento, incluso su posterior derrocamiento, no eran las mejores circunstancias para la estabilidad: los suevos, liberados de sus compromisos con Rávena por la muerte de Valentiniano III, rompen sus pactos e invaden la Cartaginense. Avito envió al comes Fronto, y Teodorico II, que había asesinado a su hermano Turismundo en 453, a sus propios embajadores para que los suevos respetasen las promesas dadas. Sin embargo, los suevos despidieron a los legados y "rompiendo todos los juramentos, invadieron la provincia Tarraconense que estaba sujeta al Imperio Romano". una nueva embajada visigoda al año siguiente fue seguida de otra invasión de Rechiario sobe la misma provincia Tarraconense, con saqueo y toma de numeroso cautivos.

La respuesta fue contundente. Por orden de Avito, el rey godo Teodorico II entró con su ejército en Hispania y el 5 de octubre de 456 derrotó a los suevos en las proximidades de Asturica Augusta, en las riberas del río Órbigo. Huido Rechiario hacia el interior de Gallaecia, abandonada toda resistencia, Teodorico II saqueó Braga, el 28 de octubre, sometiéndola a un humillante saqueo que afectó tanto a romanos como a suevos. Entretanto, Rechiario se había refugiado en Portus Cale (Porto), quizá con la pretensión de huir por mar, pero fue capturado y llevado ante el rey visigodo que por un tiempo le mantiene prisionero. Los suevos supervivientes del combate del Órbigo se rindieron ahora, es posible que desmoralizados por la prisión de su rey. Parte de ellos fueron asesinados en ese momento; debían ser individuos importantes dentro del entorno del poder. Tras la ejecución de Rechiario, que tuvo lugar en diciembre, Teodorico pasó inmediatamente de Gallaecia a Lusitania, y tomó Mérida, donde los suevos se habían establecido desde la conquista de Rechila. En este caso se pudo cortar el pillaje, quizá por la negociación entre godos y los hispanorromanos de la ciudad, o quizá directamente con las autoridades religiosas. Un grupo de godos se establece en Mérida en estas fechas, instalándose en la ciudad de manera definitiva.

IV. La Poliarquía sueva y la tutela visigoda.

La desaparición de la dinastía de Hermerico había sido vista por el cronista Hidacio como sinónimo de la desaparición del reino suevo. Teóricamente, sus tierras y los restos de su pueblo quedaban sometidos al poder visigodo. Sin embargo, por los datos que conocemos parece claro que la victoria de Teodorico sobre Rechiario sirvió para crear anarquía e incertidumbre, para romper durante un tiempo la solidaridad que había dado a la monarquía la consistencia y la fuerza suficientes para extender su poder prácticamente por toda la Península, pero en ningún caso para proporcionar a los godos, ni para devolver a Roma la soberanía sobre la provincia.

La primera noticia que Hidacio incorpora, tras anunciar la ejecución de Rechiario en diciembre de 456 y el paso de Teodorico a Lusitania está referida a los saqueos protagonizados por bandidos en una parte del conuentus de Braga. Es evidente que la desaparición del poder suevo dio paso a la aparición de fenómenos de violencia al no ser sustituidos por una estructura equivalente. Las dos noticias siguientes redundan en la misma idea de un espacio donde impera el desgobierno, y que estimulan la ambición de poder. Por un lado, un individuo de nombre Aiulfo, desertando de los godos se instala en Gallaecia; en junio de 457 muere en Porto, mientras aspira al reino de los suevos. Por otro lado, los suevos que habían permanecido en las partes más alejadas de la provincia se dan por rey a un individuo de nombre Maldras. A Aiulfo se identifica con el Agiulfo que en 449 había degollado a Censorio en Sevilla, pero resulta difícil conocer cuando ha pasado a vincularse a Teodorico. Esta posibilidad no es descartable si se trataba de un jefe varno que contaría con un séquito de guerreros propio y podría vender su fidelidad al mejor postor. La presencia de Aiulfo en Gallaecia no responde en principio a una usurpación sino al encargo del rey godo para que se ocupe de la administración de la provincia. Es la traición de Aiulfo la que provoca la segunda intervención de Teodorico en la Gallaecia central. Sin embargo, se dirige hacia Astorga, donde entra utilizando un subterfugio, la saquea sin respetar a la población romana, otro tanto ocurre con Palentia, identificada con Palencia, y solo el castro Couiacense, la Coyanza medieval (Valencia de Don Juan), resistió su violencia. Sin embargo, en ninguna de estas ciudades se alude a la presencia de los suevos.

En julio de 458, resueltos los problemas internos en la Galia y recompuestas las relaciones con el Imperio, Teodorico vuelve a enviar su ejército a Hispania. El dux Cyrila avanzó sobre la Bética, al mismo tiempo que embajadores godos llegaban ante los suevos. Es probable que la Bética fuese definitivamente arrebatada a los suevos ahora, y que Sevilla fuese recuperada. En 459, Teodorico envía nuevas tropas a la Bética, al mando ahora del dux Sunierico, al tiempo que Cyrila es reclamado en la Galia. Es posible que el Imperio reforzase esa campaña con el envío de federados hérulos que, de camino a la Bética, se entretienen saqueando la costa norte de Gallaecia. El pueblo hérulo fue uno de los que el Imperio occidental utilizó como federados en los últimos años de su existencia, y ya habían actuado en la misma costa del "conuentus lucensis" en vísperas de la gran ofensiva de Teodorico sobre Gallaecia tres años antes. Entonces tendrían como objetivo dispersar el potencial militar suevo; sin embargo, ahora los debilitados suevos se limitan a correrías por Gallaecia y Lusitania, por lo que estos hérulos buscan reforzar la presencia de los federados en el sur de Hispania ante la nueva ofensiva vándala. Los vándalos habían aprovechado la muerte de Valentiniano III para ocupar desde 455 las islas del Mediterráneo occidental y, aparentemente, la costa de Mauritania. Para el imperio resulta fundamental evitar que la asociación de suevos y vándalos se cierre como una cuña sobre la maltrecha soberanía imperial.

En el mismo año 459, Teodorico y el emperador Mayoriano establecen un nuevo arreglo de paz. De común acuerdo, sus máximos oficiales militares, el comes Sunierico y el magister militiae Nepotiano, envían embajadas a los galaicos dando cuenta de tal pacto. En la Pascua de 460, los suevos entraron en Lugo, segura dentro de sus poderosas murallas, y mataron a algunos romanos, incluyendo a su rector, un noble cuya autoridad ignoramos de dónde podía proceder. Lo más lógico es pensar que un líder local, una especie de defensor ciuitatis, cuyo poder podría alcanzar incluso un nivel regional, suficiente para ser reconocido desde fuera como representante de los gallaeci.

En mayo de 460 se iba a cerrar el último capítulo de la intervención imperial en Hispania. El emperador Mayoriano entró en Hispania, se dirigió a la Cartaginense, desde donde preparaba una flota para pasar a África en una campaña contra los vándalos. Sin embargo, los vándalos fueron avisados desde la costa cartaginense por unos traidores (proditores), capturaron una parte de la flota y Mayoriano se tuvo que volver a Italia. Este golpe de efecto fue aprovechado por Geiserico para firmar un acuerdo con los romanos, en el cual se reconocía el control vándalo sobre toda África, Córcega, Cerdeña y las Baleares. A partir de entonces los asuntos de Hispania quedaron definitivamente fuera del control de Rávena.

A la muerte de Aiulfo, en junio de 457, los suevos habían quedado divididos: una parte reconocieron como rey a Maldras, otra a Framta, quizás elegido éste último por aquellos que habían apoyado a Aiulfo, pero su liderazgo fue efímero; murió poco después, entre la Pascua y Pentecostés del año siguiente. Maldras es un personaje que al obispo Hidacio le resulta especialmente digno de reprobación. En 457 saquea la Lusitania, mata romanos, obtiene abundante botín y bajo pretexto de paz entra incluso en Lisboa. Al año siguiente, 458, inmediatamente después de la muerte de Framta, saquea parte de la Gallaecia limítrofe con el Duero, ese mismo año atacó Porto y de nuevo asesinó a gente de condición aristocrática, la política de pactos parece rota y se recurre al saqueo y a la violencia.

La cohesión y centralización alcanzados por Rechiario dio lugar a una pugna entre grupos tribales. No sabemos cuál era el mecanismo, si se enfrentaban grupos étnicos distintos o familias de la aristocracia tribal con capacidad para reclamar jefaturas militares tradicionales, e incluso el título de rex, como da a entender Hidacio. La filiación de Maldras como hijo del desconocido Massila no sería casual y debía de tener importancia para los contemporáneos y seguramente también algún valor legitimador. Massila podría ser un jefe guerrero reconocido que, desaparecida la dinastía de Hermerico, reclamó su legitimidad. Con todo, Maldras parece tener problemas incluso dentro de su familia: en 459 mata a un hermano suyo, y el único motivo que resulta razonable esgrimir es una lucha por el poder; incluso su muerte en febrero de 460, debe relacionarse con un crimen "doméstico" relacionado con desavenencias en la competencia por el poder o en la manera de ejercitarlo. Por otro lado, da la sensación de que la elección de Maldras contó con algún tipo de apoyo popular; la fórmula "los suevos […] se dan como rey a Maldras", remite a una tradición participativa, una asamblea de guerreros, cuando menos de notables, que entroncaría con formas ancestrales de caudillaje militar.

La muerte de Franta no había acabado con la division de los suevos. Al mismo tiempo que Maldras saqueaba Lusitania, otros suevos, con Rechimundo al frente, hacían otro tanto en Gallaecia. Jordanes nos dice que, tras la muerte de Aiulfo, los suevos enviaron a unos sacerdotes como embajadores a Teodorico, y que éste movido por la piedad, les permitió que eligiesen a un príncipe de su raza, y así designaron para el cargo a Rimismundo. Se introduce aquí un problema de difícil solución, saber si Rechimundo y Rimismundo, o Remismundo como lo llama Hidacio, son un solo personaje o dos. En Hidacio, Rechimundo es mencionado al frente de una partida de suevos, aparentemente como sucesor de la línea que viene de Franta, Aiulfo e incluso Rechiario, cuando pugna con un tal Frumario para apoderarse "de regni potestate". Ese Frumario tampoco es denominado rey, sino que está al frente de otra facción, probablemente la de Maldras, pues aparece en el texto tras la desaparición de éste último. En 464 Hidacio informa de la muerte de Frumario, y el nombre de Remismundo sustituye en la crónica a Rechimundo, pero ahora asume sus derechos como rey y coloca a todos los suevos bajo su soberanía.

Sabemos que un noble de Gallaecia, de nombre Palogorio, probablemente enviado por los provinciales ha ido a entrevistarse con Teodorico. De regreso a Gallaecia, adonde vuelve con Cyrila, embajador de Teodorico, se cruzan con otra embajada que Rechimundo envía, por su parte, al rey visigodo. Vuelven sobre sus pasos y reciben a Cyrila en la ciudad de Lugo. Cyrila regresa a la Galia, mientras los suevos siguen haciendo depredaciones en Gallaecia. En este contexto de viajes y embajadas entre la corte visigoda en Tolosa y la ciudad de Lugo, donde Rechimundo reside, éste desaparece misteriosamente del relato de Hidacio y en su lugar aparece Remismundo. La explicación que menos problemas crea es que se trate de una confusión de copistas, incluso puede aceptarse un cambio de nombre, pero no hay ruptura en el discurso y plantear que sean dos personajes distintos es absolutamente problemático. Cyrila es enviado de nuevo a la provincia y lo hace acompañar de Remismundo y un número de godos que ya previamente habían venido a Gallaecia. Cyrila permanece aquí y Remismundo torna a la Galia rápidamente. Entretanto, el desorden se apodera de las relaciones entre suevos y galaicos.

En la práctica los suevos estuvieron sin monarquía entre 460 en que muere Maldras y 465 en que aparece como tal Remismundo. Ignoramos el carácter de las negociaciones establecidas. Isidoro considera que Remismundo se dirigió a Teodorico una vez elegido rey, después de haber recibido autorización del rey visigodo para su elección. La relación quedaba sellada en un intercambio posterior de embajadas y en el envío por parte de Teodorico de armas y regalos que marcaban en este caso la sumisión de quien las recibía, así como de la esposa de Remismundo que Teodorico había guardado con él.

En los años inmediatos, la tutela de los visigodos se iba a manifestar de manera reiterada. Los intercambios de embajadas fueron constantes: en el año 465 ó 466 un individuo de nombre Aiax, de origen gálata pero llegado de la Galia goda fue responsable de la conversión de los suevos al arrianismo con el concurso del rey. sin embargo, la hipotética sumisión del rey suevo al godo no resulta tan evidente: a finales de 465 los suevos entraron por traición en Conimbriga donde se ensañaron con la familia de un noble, Cantaber, llevándose a la madre y a la hija; al año siguiente (466) se nos dice que una embajada de Teodorico intentó en vano, que los suevos levantasen el asedio al que tenían sometido a los auonenses: los embajadores fueron rechazados con desprecio. Una ulterior embajada del mismo rey a Remismundo, encabezada por el dux Sulla, a quien veremos unos años después reconstruyendo el puente de Mérida, probablemente tuvo el mismo objetivo.

V. La etapa oscura

En el año 466 Eurico asesinó a su hermano Teodorico II y se proclamó rey de los visigodos. Inmediatamente, envió embajadas, entre otros, al rey de los suevos. Remismundo la devolvió inmediatamente y a su vez despachó embajadas propias, tanto a los godos como a los vándalos y al emperador. La muerte del rey godo pudo ser interpretada como una liberación de los acuerdos establecidos con él; los primeros en sufrir las consecuencias de la nueva coyuntura y el sentimiento de independencia del rey suevo fueron los habitantes de Gallaecia. En primer lugar, los mencionados aunonenses, con los que los suevos alcanzarán una paz separada en 468. Pero a continuación parece que los suevos salieron de botín en todas direcciones, pero se entiende que en las inmediaciones; pero pasados unos meses (467) el mismo rey encabezó una expedición a Conimbriga, en Lusitania, cuyo objetivo parece cuando menos alcanzar el Tajo. A comienzos del año siguiente, los suevos toman Lisboa con el apoyo de un individuo llamado Lusidio, uno de los habitantes que estaban al frente de la ciudad, ante lo cual, los godos reaccionaron atacando a los suevos y a los romanos que les estaban sometiendo la Lusitania, donde habían establecido áreas de influencia bien definidas. Sin embargo, poco después, los suevos vuelven a saquear lugares de Lusitania pero también el conuentus de Asturica, donde sus bases de poder eran escasas. Los godos respondieron con equivalente hostilidad saqueando el citado conuentus y distintas partes de la Lusitania. La situación resulta desesperada pues tenemos noticia de una embajada despachada por Remismundo para ver al emperador, en la que, junto a algunos suevos del entorno de confianza del rey, participa Lusidio. Probablemente buscaba una mediación con Eurico, frente al cual su pulso de fuerza parecía perdido.

El obispo Hidacio interrumpe su narración en 469, con lo que no tenemos ninguna crónica que nos informe sobre los acontecimientos suevos durante unos 80 años. El reino suevo aún sobreviviría por más de un siglo. De alguna manera los suevos llegaron a un acuerdo con Eurico. Pasamos de una situación de acoso de las fronteras suevas en 469, cuando Remismundo ha enviado una embajada ante Antemio, a la aparente independencia y consolidación del reino que hallaremos unos años después. Tras la muerte del emperador Antemio, en 472, Eurico se desentiende de todo compromiso con el Imperio. Ese mismo año procedió a ocupar la Tarraconense, donde, según parece, aún se obedecía al emperador, que contaba con representación administrativa y posiblemente algún tipo de presencia militar. En 476 los godos han tomado Zaragoza y Pamplona y enseguida controlarían ya toda la provincia. En ese momento Eurico ha alcanzado una indudable consolidación política de su reino y ha fijado la frontera en los ríos Loira y Ródano; ha conquistado la Auvernia y con la toma de Marsella, ha llevado sus territorios hasta el mar y los confines de la Península Itálica. Un acuerdo con el emperador Nepote en 475 reconoce ya el control godo sobre Hispania.

Ante la nueva coyuntura, la resolución del conflicto con los suevos inevitablemente pasó a segundo plano. Más aún, cuando poco después de la muerte de Eurico en 484 francos, burgundios y alamanes empezaron a presionar en el norte, el interés político por Hispania se transformó en un proceso de expansión vital. En la última década del siglo, dos entradas de la crónica de Zaragoza reconocen ya un sistemático asentamiento de población goda, que ocuparon sobre todo los parajes centro-orientales de la meseta castellana y zonas limítrofes. Estos territorios habían formado parte del antiguo conuentus de Clunia, adscrito a Gallaecia en la reforma de Diocleciano, y la crónica de Albelda se referiría a ellos como “campos góticos”. La derrota de los godos en Vouillé en 507, frente a los francos, con la muerte del rey incluida, abría un nuevo periodo de la historia goda y en la historia de la península ibérica: en el nuevo escenario los suevos iban a encontrar ocasión para culminar el desarrollo de un reino absolutamente independiente.

Entre los años 469 y 510 los suevos consolidaron una frontera al norte del Tajo, quizá entre este río y el Mondego, mientras que hacia oriente parecen haber estabilizado su territorio aproximadamente en la línea que marcaba la antigua vía romana que unía Mérida y Astorga, siguiendo al norte del Duero, quizá la línea del río Esla hasta la Cordillera Cantábrica.

La interrupción de la crónica nos impide saber por cuanto tiempo Remismundo continuó siendo rey de los suevos. Isidoro escribe que entre Remismundo y Teodomiro hubo muchos reyes, pero no fue capaz de nombrarlos. Fuentes de valor n contrastado parecen incorporar dos reyes en esa etapa desconocida; uno sería el Veremundo, procedente de una inscripción de San Salvador de Vairâo, fechada en torno a 485, aunque con dificultades de lectura; el otro, de nombre Theodemundo, aparece que un texto medieval vinculado con la transmisión de la Divisio Wambae, Aunque se correspondiesen con reyes existente serían solo nombres.

VI. Los últimos reyes suevos

Si tomamos como referencia a Isidoro de Sevilla, el único autor del periodo que intentó escribir una historia sueva, tendríamos que aceptar que el primer rey conocido del siglo VI es Teodemiro, el que saca del anonimato a aquella serie de reyes arrianos que habrían sucedido a Remismundo. A él se atribuye la vuelta de los suevos al catolicismo con la colaboración de Martín, obispo de Dumio. Sin embargo, existe una justificada duda sobre esta secuencia simple de acontecimientos. Gregorio de Tours asocia la primera aproximación al catolicismo en esta etapa a un rey de nombre Carrarico, al cual no conocemos por ninguna otra referencia, y las actas del Concilio I de Braga del año 561 dicen que se celebran con el consentimiento del rey Ariamiro.

Cuando habla de Carrarico, Gregorio está interesado en narrar prodigios realizados por su santo patrón de Tours, por lo que este milagro de conversión realizado a distancia no necesitaba de excesiva comprobación, ni por lo tanto de gran precisión histórica. Por otro lado, se ha sugerido que Carrarico nunca existió o que, en realidad, es un error por Ariamiro; y por otro, se ha planteado que Ariamiro y Teodomiro son la misma persona, e igualmente se pueden identificar a Carrarico y Teodomiro. Según como entendamos y combinemos estas propuestas podríamos aceptar tres reyes, reducirlos a dos o incluso a uno.

El carácter hagiográfico del texto de Gregorio de Tours y que no sea mencionado en ninguna otra fuente, arroja muchas sombras sobre la historicidad de Carrarico. La duda surge ahora al intentar comprender por qué Isidoro de Sevilla, ignora la figura de Ariamiro. Este personaje es elogiado por los otros obispos reunidos en Braga en el año 562, el tercero de su reinado según el texto, por haber devuelto a la iglesia de Gallaecia la libertad de reunirse en concilio, haberles dado vía libre para perseguir a la herejía, y por tanto, aunque permaneciese como arriano, para reorganizar la Iglesia en el reino y abrir el camino a la conversión de todo el reino suevo. En este caso se puede argumentar que Isidoro creyó que era un único rey, o que no conocía las actas de Braga, o que conscientemente decidió reanudar la enumeración de reyes suevos con el primero que se convirtió al catolicismo. La solución del problema afirmando que Ariamiro cambió su nombre en Teodomiro al ser bautizado es ingeniosa, pero no está refrendada por ninguna fuente. Juan de Biclaro tampoco resuelve la confusión; el sitúa a finales del año 569, o quizá ya en 570, el acceso al trono de Miro, tras suceder a Teodomiro, sin especificar las condiciones en que se produce; ni siquiera sabemos si se trata de una sucesión padre/hijo, ni da cuenta tampoco de los años que había sido rey.

La asociación Ariamiro/Teodomiro, sean dos personajes o uno solo, retrotrae nuestro conocimiento de la secuencia de reyes solo a 558 ó 559. Sin embargo, Gregorio de Tours, en su historia, nos dice que Martín de Braga murió en 580, después de un mínimo de 30 de el episcopado, y que está elección episcopal ocurrió al tiempo que la llegada de las reliquias de Martín de Tours. Como en su relato de los milagros de San Martín ha asociado la llegada de estas reliquias con este rey Carrarico, debemos pensar que antes de Ariamiro/Teodomiro ha habido otro rey; no importa la fantasía del relato de Gregorio; ese rey pudo existir, aunque las demás fuentes no hayan dejado referencia del mismo. De esta manera, aun aceptando que el valor de las distintas fuentes no es comparable, debemos considerar que el primer rey suevo conocido del siglo VI sea Carrarico, quien habría sido rey desde antes de 550 hasta algún momento anterior a mayo de 559. Si damos por cierta la transmisión de los concilios bracarenses, debemos aceptar que en estas fechas llega al trono Ariamiro, pues en el momento de la celebración del conocido como primer concilio de Braga, el día 1 de mayo de 561, estaba en el tercer añó de reinado. No sabemos cuando fue Ariamiro sucedido por Teodomiro, pero rechazamos que sean el mismo personaje. Teodomiro se asocia con un hipotético concilio celebrado en Lugo en 569, del cual se ha guardado memoria en el texto del Parrochiale Suevum. Juan de Biclaro que narra la sucesión de todos los reyes suevos con posterioridad a 567 en que inicia su crónica, da cuenta de la sucesión de Teodomiro en Miro, pero no da la llegada al trono del primero, por lo que podemos suponer que se ha producido entre mayo de 561, cuando Ariamiro autoriza celebrar el concilio primero de Braga, y el momento en que se inicia su crónica (567). Difícilmente habría ignorado el acceso al poder de un rey suevo en esos años; sería sustituido por Miro en el año 570, ahora ya con el testimonio firme del mismo Juan de Biclaro.

Un poco más de información nos llega con la figura de Miro, al que se ha hecho hijo del anterior con el único fundamento de la proximidad fonética de sus nombres. En una entrada que Juan de Biclaro hace en su crónica en 571 ó 572, nos dice que miro llevó la guerra contra los runcones. Se trata de la primera referencia a una actuación sueva fuera de los límites territoriales consolidados en el periodo oscuro. Es posible que este pueblo merodease en la frontera norte del reino. Ni tampoco podemos afirmar si esta actuación en el exterior provocó una reacción por parte de los visigodos, pues, al año siguiente, Leovigildo aparece en campañas contra los sappos, en Sabaria, en territorios que se han asociado con la frontera sueva del Duero. Es posible que se hubiese iniciado de esta manera una escalada de enfrentamientos donde algunos identifican a los suevos con los “pervasores” que habrían invadido la provincia de Cantabria y que Leovigildo habría aniquilado en 573 ó 574, al tiempo que tomaba Amaya. Un año después, el biclarense narra la entrada del rey visigodo en los montes Aregenses, cuya resistencia asocia con un “loci seniorem”, pero que Isidoro identifica con una ciudad, o incluso con un pueblo, en cualquier caso ubicados entre León y Orense. Esta sucesión de campañas no parecen ser sino un preludio, una preparación para su irrupción en el reino suevo. Pocos meses después Leovigildo llevó sus acciones directamente contra la frontera sueva, aunque ante los ruegos del rey Miro se retira, pero reconoce el cronista que fue una paz poco duradera.

Puede que Leovigildo prefiriera una paz circunstancial ante el cúmulo de frentes en los cuales estaba combatiendo. Simultáneamente a las campañas mencionadas, Leovigildo ha estado luchando contra los imperiales instalados en el sur de la Península desde verano de 572, cuando llamados por Atanagildo para hacer frente a las tropas de Agila, decidieron no abandonar el territorio tras la victoria del primero. Fruto de este esfuerzo ha sido la toma de algunas fortalezas importantes y probablemente la fragmentación del espacio ocupado por los soldados bizantinos. Su esfuerzo se ha dirigido igualmente a reducir la resistencia de las ciudades que se mantenían rebeldes al poder visigodo, entre las cuales Córdoba, tomada en 571, fue la que mostró una resistencia más encarnizada. Sucesión de campañas que culminaría con la conquista de la Orospeda, “provincia” situada en el sureste de la Península aunque de localización incierta, que el rey se apropia tras la toma de ciudades y fortalezas.

En la narración de Juan de Biclaro, el sometimiento total de Hispania estaba pendiente exclusivamente de la conquista de Gallaecia y de la expulsión de los reductos bizantinos. Si atendemos el criterio del biclarense, en 577 la sensación de tranquilidad interna y de victoria era absoluta, hasta el punto de que pudo dedicar sus esfuerzos a fundar una ciudad de claro signo dinástico y propagandístico. Sin embargo, al año siguiente, un aparentemente inesperado acontecimiento iba a alterar la victoriosa serie de campañas de Leovigildo. Su hijo Hermenegildo, al que podría haber entregado una parte de su reino para su gobierno, se levanta contra el rey, se hace fuerte en Sevilla y consigue aunar en su favor a un considerable número de ciudades y fortalezas. El usurpador va a llamar en su auxilio a bizantinos y suevos, quizá también a los francos, pero el único que de manera efectiva va a presentase en auxilio del pretendiente va a ser el rey Miro.

El episodio es en realidad bastante poco glorioso, incluso ambiguo. Juan de Biclaro dice que Miro llegó en ayuda de Hermengildo para tomar Sevilla y allí murió, aunque el relativo “cuius” puede hacer pensar también que acude en ayuda de Leovigildo. Se ha interpretado que apoya al rebelde porque se ha dado mayor credibilidad al relato detallado de Gregorio de Tours, según el cual, miro se acercó a las proximidades de Sevilla y estaba aguardando el desarrollo de las operaciones, especialmente la toma de la fortaleza de Osser (San Juan de Aznalfarache), donde Hermenegildo se había refugiado con 300 hombres, para atacar a Leovigildo. Pero fue sorprendido y rodeado, inmediatamente se rinde y jura fidelidad a Leovigildo con quien intercambia regalos para sellar la alianza.

Isidoro interpretó los hechos de forma diferente, considerando que Miro había llegado a Sevilla en auxilio de Leovigildo. Es probable que esta afirmación proceda de una interpretación en este sentido del texto del biclarense o quizá del desarrollo posterior de los acontecimientos, especialmente del juramento de fidelidad que hace el rey Miro, y que muerto este, es inmediatamente renovado por su hijo Eborico, de manera que la sucesión en el reino de Gallaecia parece una concesión graciosa por parte del rey visigodo. De hecho, Juan de Biclaro da a entender que la elección como rey del joven hijo de Miro se ha hecho en la misma Sevilla, mientras que Gregorio de Tours dice que Miro murió unos días después de regresar a Gallaecia, enfermo por las malas aguas y el aire insano de Hispania. El biclarense incluso deja entrever que Leovigildo solo interviene en Gallaecia cuando Eborico es depuesto por un usurpador ilegítimo. Como última alternativa explicativa, cabría imaginar que Miro llegase a Sevilla con una ambigüedad calculada; ni Isidoro ni Gregorio afirman que entre en combate, sino que se encuentra a la espera mientras que los otros contendientes están en plena batalla. Es posible que, dada su escasa capacidad militar, el rey suevo estuviese atento al desarrollo  de los acontecimientos; en cuanto la situación beneficia a Leovigildo, se apresura a jurarle fidelidad, o a renovarla, si en 576, como quieren algunos, se ha fijado ya una postura de sumisión por parte de Miro.
Una noticia aparentemente descontextualizada de Gregorio de Tours, dice que el rey Miro envió una embajada a la corte del rey Gontram de Borgoña, pero que interceptada por los hombres de Chilperico en las proximidades de Poitiers, los legados fueron capturados y retenidos durante un año. Es probable que el rey de Borgoña se había mantenido remiso ante los requerimientos del rebelde y es creíble que Miro buscase ahora incrementar la alianza contra Leovigildo consciente de que era, a medio plazo, el único medio de asegurar la supervivencia del reino.

Sin embargo a falta de apoyo exterior eficaz, el destino del reino tras la inútil expedición de Miro a la Bética estaba decidido. Por un lado, la expedición habría generado un elemento de debilidad. La estabilidad que miro había aportado al reino en sus trece años de reinado no aseguró la sucesión de su hijo Eborico. Apenas un año después de acceder al trono, éste fue depuesto por Andeca, quien se casó con la viuda del rey Miro, Siseguntia y mandó a Eborico a profesar como monje en un monasterio. Es posible que la deposición de Eborico fuese un acto de protesta dentro del circulo de poder más próximo a la corte. Andeca, además de casase con la viuda de Miro, en un acto que buscaba la legitimidad, estaba emparentado previamente con el rey; según Gregorio de Tours estaba casado con una hija. La explicación más plausible es que se intentase recuperar la soberanía que los sucesivos juramentos de fidelidad, presuntamente forzados, de Miro y Eborico habían puesto en entredicho. Asimismo, Isidoro insiste en la juventud de Eborico, a quien llama adolescente; desde este punto de vista, la excesiva juventud sería un argumento para forzar una sustitución en el mismo entorno cortesano: el matrimonio de Andeca con su madre se asemeja a una apropiación de la dinastía. De ahí que Juan de Biclaro llame al acto de Andeca tiranía, esto es, usurpación de un gobierno ilegítimo, legitimidad que como había ocurrido el siglo anterior procedía de la tutela visigoda.

En esta línea de justificación Juan de Biclaro presenta la campaña de Leovigildo en Gallaecia como una restitución amparada en la legalidad. Andeca, una vez capturado y privado del reino, es tonsurado, lo que le incapacitaba para volver a reinar, se le obliga a aceptar las órdenes del presbiterado y es deportado a Lusitania. Sin embargo, los visigodos no restauran al monarca legítimo. Depuesto Andeca el reino suevo es convertido en una provincia de los godos, apropiándose Leovigildo de su reino, su pueblo y su tesoro. La nueva situación no fue aceptada sin resistencia; las tropas que el rey visigodo dejó en Gallaecia tuvieron que atajar el intento de un tal Malarico por restaurar la monarquía sueva; el biclarense, que de nuevo llama tirano a este pretendiente muestra que estuvo a punto de conseguir su objetivo. Sin embargo, fue el único episodio conocido de la historia sueva; el reino que como anotaba Isidoro había durado 177 años, quedaba ahora subsumido como una parte del visigodo y las referencias suevas fueron borradas del recuerdo de los cronistas y de las fuentes posteriores del reino. 

Cronología de los reyes suevos


Bibliografía:
  
PABLO C. DÍAZ MARTÍNEZ: El Reino Suevo. Ediciones Akal, 2011.
HAROLD V. LIVERMORE: Orígenes de España y Portugal. Biblioteca Histórica Orbis, 1985; Vols. nº 42 y 43.
FERNANDO GARCÍA DE CORTAZAR: Atlas de Historia  de España. Editorial planeta, 2005.

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