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viernes, 7 de noviembre de 2014

Las Guerras de los Diadocos

1. Los precedentes a las Guerras de los Diadocos (323-322)

Los cuarenta años que siguieron a la muerte de Alejandro Magno se caracterizaron por innumerables guerras, en el curso de las cuales el imperio conquistado por el rey estuvo varias veces a punto de hundirse, hasta que acabó por desmembrarse. La considerable fuerza reunida para abatir al Gran Rey y reducir la resistencia de los pueblos asiáticos fue apartada de sus objetivos por unos generales que eran, parcial o totalmente, sus depositarios. Esos generales son designados por los historiadores antiguos con el nombre de "diadocos" (διάδοχοι), porque son los "sucesores" directos de Alejandro, los que han recogido (y repartido) su herencia. Después de ellos, vinieron los Epígonos, cuyo nombre recuerda la segunda generación de héroes que, en la leyenda tebana, logró alcanzar la victoria sobre la ciudad maldita. Los Diadocos son los compañeros directos del conquistador; algunos incluso habían sido antes compañeros de Filipo; todos, salvo una excepción (la de Eumenes), son soldados macedonios, que obedecen las costumbres de su país y se rigen por ellas. Incluso los más ambiciosos de ellos se consideran unidos por algún lazo a la dinastía nacional de Pella, un lazo que sus tropas les impiden olvidar y romper.

a) Los protagonistas

Alejandro, para asegurarse la ejecución de sus proyectos, secundarle en sus campañas y administrar el imperio, disponía de un estado mayor de oficiales macedonios, que, en conjunto, le habían permanecidos fieles. Al final del reinado, algunos habían desaparecido, los unos víctimas de diversas intrigas, como Filotas, que había arrastrado a su padre, Parmenio, otros, como Cleitos el Negro, muerto por el propio Alejandro, por razones poco explicables, y otros, en fin, muertos de enfermedad, como Hefestión, el más íntimo amigo del rey y, sin duda, el que más fielmente habría seguido sus proyectos. Estos vacíos habían ido llenándose como se habían podido: los más valientes o, sencillamente, los más ancianos obtenían un ascenso. Así, Meleagro, el único superviviente de los primeros jefes de falange, debió este hecho puramente accidental su ascendiente sobre la infantería en el momento de la partición de Babilonia. Todos aquellos hombres, oficiales confirmados o recientemente ascendidos, iban a encontrarse, después de la muerte del rey, investidos de grandes responsabilidades y sometidos a tentaciones demasiado fuertes, a veces, para ellos.

 Al abandonar Pella, Alejandro había dejado, para sustituirle en Macedonia y a la cabeza de la Liga de Corinto, a Antípatro de Paliura. Antípatro, nacido probablemente en el 399 o el 398, pertenecía a la generación de Filipo, bajo el que había ejercido mandos militares importantes, especialmente en Tracia contra Kersobleptes, y al que también había reemplazado, a veces como regente a la cabeza del reino. Al confiarle la lugartenencia, Alejandro no hacía, pues, más que seguir el ejemplo de su padre. Antípatro estaba tanto mejor cualificado para aquella tarea, cuanto que no era solo un soldado sino que poseía además una extensa cultura, caso raro entre la nobleza macedonia. Mantuvo relaciones epistolares con Aristóteles y se le atribuye incluso la redacción de obras históricas: excelente preparación para un administrador que debía dirigir la diplomacia del reino en el seno de la Liga de Corinto.

Antípatro estaba, por instinto, más cerca de Filipo que de Alejandro; seguía fiel a la tradición de la monarquía militar, se inquietaba, a veces, al creer que Alejandro cedía a la tentación de hacerse divinizar y adorar, pero era profundamente leal a la dinastía a cuyo servicio estaba, y recelaba de la veleidad de las ciudades griegas.

La labor de Antípatro no se veía facilitada por la presencia en Pella de la madre de Alejandro, Olimpia, que había vuelto del destierro con su hijo, a la muerte de Filipo. La reina tenía unos cuarenta años cuando comenzó la expedición de Asia, y no se resignaba a la autoridad de Antípatro, enviando fuertes reclamaciones contra él a Alejandro que conociendo a su madre, no concedía demasiada importancia a sus quejas. Por último, en 331, Olimpia se había retirado, una vez más a Epiro, a la corte de su hermano Alejandro el Moloso, que era también su yerno, pues se había casado con Cleopatra, hija de Olimpia y Filipo, y, por consiguiente, hermana de Alejandro. Alejandro el Moloso había muerto, poco después en Lucania, por lo que Olimpia había tomado en sus manos los asuntos del reino, convirtiéndose, de hecho, en la dueña del país, y Cleopatra, desposeída por su madre, tenía que regresar a Pella. Olimpia no por eso dejó de proseguir las intrigas que le inspiraba su odio hacia Antípatro, hasta conseguir que Alejandro le prestase oídos, y bastó un incidente -una sublevación en Tracia, que el regente no pudo sofocar, para que el rey decidiese llamar a Antípatro junto a él en Babilonia, mientras confiaba la regencia de Macedonia a Crátero, un antiguo jefe de falange que había llegado a ser uno de los lugartenientes favoritos de Alejandro. A pesar de su edad, Antípatro recibió la orden de escoltar reclutas desde Macedonia hasta Babilonia, mientras Crátero se ponía en marcha hacia Europa, a la cabeza de diez mil veteranos enviados allí. En aquel momento, se produjo la muerte del rey.

En aquella hora dramática, otro superviviente de la generación anterior, Antígono Monoftalmos (el Cíclope), se encontraba también ausente de Babilonia. Desde hace unos diez años, gobernaba la satrapía de Frigia. Alejandro recompensó así sus buenos servicios y su indudable talento militar. Al comienzo de la campaña, mandaba a los aliados griegos y, ya en Frigia, tuvo que pelear duramente contra los "guerrilleros" persas; en el curso de esos combates perdió un ojo, lo que añadió a su fisionomía un cierto aire de ferocidad. Antígono era de gran estatura, gozaba entre los hombres de considerable prestigio y sabía imponer su voluntad, pero es también diplomático, cuando la ocasión lo requiere, y sensible a la grandeza del helenismo. Frente al autoritario Antípatro, Antígono se hará partidario de la libertad de las ciudades griegas y será el primero en merecer su reconocimiento.

Los otros actores del drama se encontraban en Babilonia, donde todos desempañaban algún cargo, en la corte o en el ejército. Uno de los más visibles era Pérdicas, cuya ascensión, extremadamente rápida, comenzó después de la muerte de Hefestión. Era un noble macedonio, buen oficial. Una vez desaparecido Hefestión, Pérdicas había sumido las funciones de quiliarca (el "visirato") y el mando de la primera hiparquía. Fue él a quien Alejandro, al morir, entregó el sello real, y él era el confidente de los proyectos del rey.

Al lado de Pérdicas estaba su amigo Eumenes de Cardia. Canciller de Alejandro, después de haber sido secretario de Filipo, desempañaba funciones civiles, aunque había comenzado su carrera como soldado. Y, a pesar de ser griego, lo que debilitaba un poco su posición en medio de todos aquellos macedonios-, era el que estaba más al corriente de todos los asuntos del imperio, porque una de sus tareas había consistido, durante años, en centralizar las relaciones de los gobernadores e informadores de todas clases, en redactar o hacer redactar las respuestas del rey, en tener en orden todos los archivos y la crónica de la corte. Antípatro le era hostil, quizás a causa de Olimpia, pero Eumenes no carecía de amigos, y él era también leal en sus afectos.

Entre los ayudantes de campo de Alejandro (los σωματοφύλακες, los "guardias del rey"), que eran siete en el 323, había algunos movidos por una gran ambición, y que no se considerarían satisfechos con una satrapía. Los más notables eran Lisímaco, Peithon, Peucestas, Leonato y Ptolomeo. Todos habían participado activamente en la conquista. En otro tiempo, Ptolomeo había compartido el destierro de Alejandro, se había hecho ilustre durante los últimos años de reinado y sus triunfos le habían hecho muy popular entre las tropas; prudente hasta la doblez, estaba persuadido de que la obra de Alejandro no podía sobrevivirle. Así, desde el principio, no pensó más que en adjudicarse una parte del imperio y, cuando otros generales -fuese por verdadera lealtad a la memoria de Alejandro, fuese por el cálculo de un interés que ellos creían bien entendido- se esforzaban por mantener la cohesión del poder, Ptolomeo por su parte, no tenía otra preocupación que la de constituirse un reino.

Lisímaco parecía haberse formado, inicialmente, proyectos semejantes, pero fue más lento en su realización, acaso por verse menos favorecido por los acontecimientos que Ptolomeo, el cual tuvo la habilidad de hacerse enviar a Egipto, mientras Lisímaco obtenía la Tracia, menos protegida por su situación geográfica y constantemente atacada por los "disidentes".

Leonato, uno de los héroes de la campaña de la India, no había concebido aún su gran designio, que tendía nada menos que a apoderarse del trono de Macedonia y que, finalmente, no le condujo más que a su pérdida, durante la Guerra Lamiaca (323-322). De momento no era más que un jefe de guerra intrépido, pero vano y enredador.

Por último, el comandante de los "hispaspistas", que eran las tropas de selección, Seleuco, un gigante, de quien se decía que era capaz de sujetar con sus manos a un toro, se encontraba también en Babilonia, muy decidido a no dejarse olvidar.

b) El problema de la sucesión

Muerto Alejandro había que darle un sucesor. Legalmente la designación del nuevo rey correspondía al ejército macedonio, tanto a la fracción que se encontraba a las órdenes de Antípatro como a las tropas reunidas en Babilonia. Pero, en realidad, de momento, no se tuvo en cuenta más que a éstas últimas. El carácter arcaico de aquella forma de elección no convenía a las circunstancias totalmente nuevas creadas por la conquista.

Lo más natural habría sido designar a un hijo de Alejandro, pero éste no tenía aún ningún hijo legítimo. Roxana, la princesa persa con la que se había casado en Sogdiana en 327, esperaba un hijo, pero no se sabía si sería un príncipe o una princesa. Pérdicas, el oficial que desempañaba las funciones más elevadas propuso al consejo de generales esperar hasta el parto de Roxana antes de tomar una decisión definitiva. Si el hijo era un muchacho, se le proclamaría rey; si no, se procedería a una deliberación. Los otros generales accedieron, e inmediatamente se atendió a organizar la regencia: Pérdicas y Leonato serían los dos tutores del joven príncipe y ejercerían la regencia sobre los territorios asiáticos. Macedonia y Grecia quedarían bajo la autoridad de Antípatro y de Crátero reunidos. Así se creaba una especie de tetrarquía, que, naturalmente, no iba a ser más que provisional. Aquel sistema tenía como virtud principal la de mantener la unidad del imperio, al menos como principio. El futuro rey sería el hijo del macedonio Alejandro y de la sogdiana Roxana; tendría pues, iguales títulos para reinar sobre las dos mitades del mundo. Pérdicas, al proponer aquella solución, permanecía fiel al espíritu de Alejandro y los generales presentes le comprendieron al punto. Pero no ocurrió lo mismo cuando se pidió la opinión de la tropa. Los jinetes, entre los que predominaba la nobleza, adoptaron el plan sin dificultad, pero la infantería se mostró hostil. Meleagro, que tenía entre los infantes el prestigio de un oficial con blasón, se negó a aceptar la posible elevación al trono nacional de un hijo de Roxana, es decir, a sus ojos, un semi-bárbaro. Con una obstinación casi irreductible que encontró eco en las filas de la falange, quería salvaguardar la "pureza" de la dinastía y, a falta de cualquier otro pretendiente posible, propuso a los infantes que votasen a un hijo que Filipo había tenido con una concubina, la tesaliana Filina: era un tal Arrideo (Αρριδαίος) epiléptico y medio loco. Pero era un hijo de Filipo, y la infantería apoyó aquella extraña designación unánimemente.

El ejército se encontraba, pues, dividido en dos bandos. Los jinetes, decididos a imponer su solución salieron de babilonia, con Pérdicas, y amenazaron con aislar la ciudad. Se habría desembocado, sin duda, en una verdadera batalla, si los esfuerzos de Eumenes no hubieran logrado conciliar los dos puntos de vista. Arrideo fue proclamado rey, con el nombre Filipo III, pero, al mismo tiempo, se estableció que, si Roxana alumbraba a un niño, éste reinaría juntamente con Arrideo. El sistema de regencia fue también notablemente modificado. En lugar de Leonato, Pérdicas tuvo que aceptar que se le impusiese como adjunto a Meleagro, considerado, sin duda, como representante de la falange. Por su parte, Crátero se convertía en el tutor oficial de Filipo III que, desde luego, era mayor, pero estaba incapacitado para ejercer personalmente el poder. En tales condiciones, ninguno de los actos de Pérdicas podía tener fuerza de ley si no era refrendado por Crátero, que, por su parte, tenía que permanecer en Macedonia, como asociado de Antípatro, recibiendo éste el título de estratega. Resulta difícil definir aquella especial autoridad concedida a Crátero. Por otra parte, no tuvo ocasión de ejercerla, y todos pudieron comprobar muy pronto que, en realidad, Pérdicas era dueño de la mitad asiática del imperio, mientras que Antípatro reinaba sobre la mitad europea. Las decisiones impuestas por la intervención de Meleagro comprometieron gravemente la unidad del imperio, al desmantelar la autoridad central. En efecto, aquella autoridad pasó a depender, no de instituciones definidas y estables, sino de la eventual concordia entre Pérdicas y Crátero, los dos personajes más importantes del imperio.

Meleagro fue eliminado rápidamente. Pérdicas le había acusado de alta traición ante el ejército, y los soldados le habían condenado a muerte. Por su parte, Antípatro, aunque en teoría era el segundo de Crátero, adquirió sobre él un ascendiente indudable; de más edad, tenía también más experiencia de poder en Macedonia, y el país estaba acostumbrado a él. Por si esto fuera poco, se ganó a su joven colega, haciéndole casarse con una de sus hijas. En fin, la Guerra Lamiaca, que estalló en cuanto en Grecia se tuvo noticia de la muerte de Alejandro, no dejó a Crátero el tiempo libre necesario para intervenir en los asuntos generales. Pérdicas y Antípatro se encontraban, pues, prácticamente solos en el mando. La obra de Alejandro se continuaría en la medida en que ellos acertasen a colaborar de un modo eficaz.

Pérdicas, que obtenía sin la menor dificultad el refrendo del rey Filipo III, se preocupó de asignar a los demás oficiales satrapías que les alejaban de Babilonia. Egipto correspondió a Ptolomeo, Tracia volvió a Lisímaco, la Frigia Helespóntica a Leonato y Capadocia a Eumenes. La satrapía de Antígono fue ampliada con la adición de nuevos territorios: Licia, Panfilia y Pisidia. Peithon recibió la Media, pero como el sátrapa de aquella provincia, Atropates, era suegro de Pérdicas (que había seguido, como la mayoría de los generales, el ejemplo de Alejandro y se había casado con un princesa persa), la media fue dividida en dos partes. El norte correspondió a Atropates (fue la Media Atropatene, hoy Azerbaijan). Los sátrapas de Lidia y de Caria eran, respectivamente, Menandro (ya en tiempos de Alejandro) y Asandros. El de Siria fue Laomedón, un amigo de Alejandro, y el de Babilonia, un desconocido llamado Archon. Seleuco fue designado para mandar los "hetairos" (los compañeros del rey), puesto en el que sucedió al propio Pérdicas.



Estos nombramientos de prefectos no modificaron nada el sistema de administración establecido por Alejandro; excepto algunos retoques, todas las provincias siguieron como antes. Los inspectores financieros, cuya misión era la de limitar el poder de los sátrapas, continuaron coexistiendo con éstos. Sin embargo, y a pesar de tales apariencias, comienza a perfilarse una orientación nueva en la política. Los nuevos sátrapas son más independientes del poder central, de lo que anteriormente lo eran de Alejandro. Por ejemplo, Ptolomeo, en Egipto, no tarda en desembarazarse de su predecesor Cleomenes, aunque éste había sido designado para adjunto suyo, y se dedica a organizar un ejército que sobrepasa notablemente los efectivos que se le permitían. Por último, ya no había apenas gobernadores de origen persa, lo que era contrario a los deseos de Alejandro. En las satrapías, no se encuentran más que oficiales macedonios, que no pueden olvidar su origen militar, y muy pronto, aquellos "prefectos", que no habrían debido ser más que administradores, se convertirán en otros tantos condottieri siempre dispuestos a la batalla. Alejandro había deseado que, entre conquistadores y conquistados, se estableciera un espíritu de colaboración sincera. la partición del imperio ente sus "mariscales" y solo entre ellos impedía que se borrase el recuerdo de la conquista.

c) El asunto de los mercenarios

Mientras en Babilonia se jugaba la suerte del imperio, las provincias orientales y, por otra parte, Grecia, fueron casi simultáneamente escenarios de una rebelión. La primera -el asunto de los mercenarios- fue la menos grave, y no tuvo más que el valor de un síntoma. La segunda, la "Guerra Lamiaca", puso en serio peligro la hegemonía macedónica en el mundo griego.

Alejandro había situado en Bactriana un gran número de mercenarios griegos, a los que él proyectaba convertir en colonos, capaces de implantar sólidamente el helenismo en tierra bárbara. Pero aquellos hombres, que tal vez al principio habían sido seducidos por las ventajas que se les ofrecían, no tardaron en cansarse de una vida que les arrancaba de su paria, y reinaba todavía Alejandro cuando ya se produjo una sublevación, acaudillada por un tal Atenodoro, que se había apoderado de Bactres y había tomado el título de rey. Atenodoro no había tardado en ser asesinado y, a la muerte de Alejandro, otros colonos se unieron a los insurrectos. Entre todos, formaron un ejército de 20.000 infantes y 3.000 jinetes. Aquellos hombres no tenían más que un deseo: el de volver a su patria, el de terminar por su cuenta la interminable aventura iniciada por Alejandro. Pérdicas, convertido en responsable del Asia después del reparto hecho en Babilonia, no podía permitir que aquel movimiento se acrecentase y se extendiese. Encomendó a Peithon, el nuevo sátrapa de la Media, la misión de reducir a los rebeldes, utilizando para ellos las tropas macedonias, hostiles por principio a los mercenarios griegos, despreciados y envidiados.

Peithon, en lugar de atacar de frente, emprendió negociaciones y no tardó en encontrar traidores. Olvidando la misión que se le había encomendado, Peithon esperaba aprovechar la ocasión para asegurarse el agradecimiento y la colaboración de aquellos mercenarios, que representaban una fuerza indudable. con su ayuda, resultaría sumamente fácil crearse un reino. Los rebeldes se rindieron y Peithon les perdonó. Pero los soldados macedonios, a los que Pérdicas había prometido antes de la partida los despojos de los mercenarios, no se conformaron y, por sorpresa, rodearon a los griegos, haciendo con ellos tal matanza, que no dejaron ni un superviviente. Peithon, decepcionado, no tuvo más remedio que volver al campo de Pérdicas. Las satrapías orientales perdieron unos miles de colonos griegos, pero aún quedaban muchos otros, los cuales, tal vez escarmentados, juzgaron más conveniente continuar viviendo en Asia. Y Pérdicas comprendió, si no lo había comprendido antes que cada uno de los sátrapas que él había creado podía traicionarle, en cualquier instante, para intentar alzarse con un reino.

d) La Guerra Lamiaca (323-322)

Mientras tanto, en Grecia se jugaba una partida mucho más importante. Atenas no se había resignado jamás a la victoria de Filipo. Desde que se tuvo noticia de la muerte de Alejandro -primero, por rumores bastante vagos que los dirigentes se resistían a creer-, el partido democrático, tradicionalmente hostil a Macedonia, consideró que había llegado la hora de liberar a la ciudad y a toda Grecia. Precisamente, la ciudad tenía a su cabeza a Hipérides, el jefe de la fracción más "avanzada" de los demócratas. Demades y Demóstenes habían sido eliminados de la escena política a consecuencia del asunto de Harpalo (el tesorero de Alejandro que había huido con 5.000 talentos a Atenas, y había intentado que los atenienses se rebelaran contra Macedonia, sin éxito), y Licurgo, que había dirigido la política de Atenas durante mucho tiempo, había muerto el año anterior.

La muerte de Alejandro no había cogido desprevenido a Hipérides. Con la ayuda de un tal Leóstenes, un ciudadano de Atenas que había servido como mercenario en Asia y había adquirido un gran prestigio entre los demás mercenarios, Hipérides había entablado negociaciones con todos los soldados sin empleo, que, de regreso de los países en los que se habían batido, solían reunirse en la región del cabo Ténaro. Leóstenes, elegido estratega para el año 324 comenzó a asegurarse entre los soldados del Ténaro el núcleo de un ejército con vistas a una posible acción contra Macedonia. Quizás él mismo había llamado la atención de Hipérides sobre el malestar que reinaba entre los mercenarios, malestar que los acontecimientos de Bactriana venían a confirmar. Al mismo tiempo, Leóstenes negociaba con los etolios, tradicionalmente enemigos de Macedonia.

Hacia el mes de septiembre de 323 se tuvo la seguridad de que Alejandro había muerto. La asamblea de Atenas, inducida por Hipérides, declaró la guerra a Macedonia. Todos los ciudadanos de menos de 40 años fueron movilizados, se decretó poner de nuevo en servicio y armar 200 trirremes y 40 cuatrirremes, se requisó lo que quedaba del oro de Harpalo y se enviaron embajadores a toda Grecia para buscar aliados. El objetivo de la guerra era liberar a todas las ciudades a las que Antípatro había impuesto una guarnición. La mayoría de las ciudades aceptó unirse a Atenas, pero Esparta, duramente batida diez años antes, se negó a actuar. Los beocios, por su parte, no deseaban el renacimiento de Tebas, que sería la consecuencia inmediata de una derrota macedónica. Un cierto número de ciudades simpatizantes se vio paralizado por la presencia de la guarnición establecida por Antípatro. Finalmente, al lado de Atenas estaba Sición, la Elida, la Mesenia y Argos, pero los arcadios, inquietos al ver a Esparta al margen del conflicto, permanecieron, prácticamente neutrales. Al norte del Ática, los pueblos tesalianos y algunos beocios siguieron a Atenas. Pero ninguna población de las islas se avino a entrar en la alianza. Demóstenes, desterrado en Egina, puso espontáneamente su elocuencia al servicio de su patria y tomo parte, a título privado, en la campaña diplomática, lo que le valió ser llamado y acogido como triunfador por sus compatriotas.

Al principio los griegos consiguieron brillantes éxitos. Las tropas atenienses se establecieron en las Termópilas en octubre, no sin haber tenido que forzar antes el paso a través de la Beocia. Antípatro atacó con las tropas de que disponía y en las que figuraban jinetes tesalios, pero éstos desertaron en el campo de batalla y Antípatro tuvo que encerrarse en la ciudad de Lamia. Su plan consistía en esperar a los otros oficiales macedonios, a Crátero y a Leonato, que eran los más próximos. No podía esperar nada de Lisímaco, que, en Tracia, estaba empeñado en dura lucha contra el rey Seuthes. Antípatro, prudentemente, ofreció su rendición a Leóstenes, que mandaba las fuerzas atenienses. Leóstenes no quiso concederle más que una rendición sin condiciones, y Antípatro decidió continuar la resistencia. Poco después, Leóstenes fue muerto en una escaramuza. Antifilos, que le sustituyó, no tenía su prestigio. Los etolios fueron los primeros en retirarse, pretextando que les necesitaban en su país. Esta defección debilitaba a los aliados, que no pudieron mantener el cerco de Lamia cuando se presentó el ejército de socorro capitaneado por Leonato. Es cierto que éste sufrió una derrota en un combate, en el curso del cual pereció, pero si sus jinetes fueron vencidos, la falange quedó intacta y Antifilos no pudo impedirle que estableciese contacto con Antípatro. Este volvió tranquilamente a Macedonia. Crátero estaba en camino. El imperio movilizaba poco a poco sus fuerzas contra los aliados, cuyas fuerzas, por el contrario disminuían.

Pero Crátero tenía que franquear los Estrechos para reunirse con Antípatro. Todo dependía, pues, de lo que sucediese en el mar. Hasta entonces, los navíos atenienses mantenían el dominio del Egeo. La flota de Antípatro era muy inferior en número, pero a comienzos de 322, Pérdicas envió en apoyo de su corregente, una flota considerable, mandada por Cleitos. Bajo su protección, Crátero franqueó los Estrechos. La flota ateniense vencida, buscó refugio en el Pireo. El pueblo decidió hacer un nuevo esfuerzo. Se equiparon nuevos navíos y, a comienzos del verano, las escuadras volvieron al mar, con la esperanza de interceptar los convoyes que regresaban de Asia a Macedonia. Pero Cleitos les infligió una segunda derrota junto a Amorgos y se dispuso a bloquear el Pireo. Desde entonces la suerte de la guerra estaba decidida.

En el curso del verano, Antípatro y Crátero volvieron a ponerse en camino hacia Grecia, a través de Tesalia. Disponían de más de 43.000 infantes y de unos 5.000 jinetes. El encuentro tuvo lugar en Cranón, al sur del Peneo. Los aliados solo disponían de unos efectivos aproximadamente equivalentes a la mitad de los macedonios. El enfrentamiento de la caballería fue favorable a los griegos, pero la falange destrozó sus líneas. Aunque la batalla, por sí misma, acaso no fuera decisiva, los aliados de Atenas se desalentaron e iniciaron negociaciones separadas con Antípatro. Atenas se resignó a negociar también. Se llamó a Demades, que volvió del destierro para tratar con sus amigos macedonios. Partió en embajada con Foción y con otro oligarca, Demetrio de Falera, que muy pronto iba a desempeñar un papel de primerísima importancia. Antípatro se encontraba en Beocia cuando aceptó negociar con Atenas. Sus condiciones fueron rigurosas: entrega de los oradores hostiles a Macedonia (Demóstenes, Hipérides), pagar una fuerte indemnización de guerra, transformar la constitución de la ciudad (desde entonces ya no serían ciudadanos más que los atenienses que dispusieran de una fortuna, por lo menos de 2.000 dracmas) y, por último, recibir una guarnición macedónica en Muniquia. Atenas tuvo que aceptar. Desde el mes de septiembre de 322, los soldados macedónicos ocuparon Muniquia. Demóstenes e Hipérides, que habían huido, fueron condenados a muerte en rebeldía. Antípatro se encargó de perseguirles y ejecutarles. Demóstenes se envenenó en Calauria, en el templo de Poseidón, en el momento en que Arquías, enviado por Antípatro estaba a punto de arrancarle de aquel asilo (12 de octubre de 322).

De los aliados del año anterior, los etolios eran los únicos que seguían en guerra. Antípatro y Crátero invadieron la Etolia, pero se encontraron con un enemigo inaprensible, que hizo el vacío y se retiró a la montaña, en la que era imposible perseguirle. Mas los macedonios tal vez habrían logrado reducir a etolia por el hambre, si los acontecimientos de Asia no les hubieran obligado a concluir una paz cualquiera, a toda prisa, y a retirarse sin esperar siquiera a la terminación del invierno.

2. La I Guerra de los Diadocos (322-320): el final de Pérdicas y la regencia de Antípatro. 

Mientras Peithon reducía, mal que bien, la sublevación de Bactriana y Grecia se disponía a mantener la Guerra Lamiaca, Pérdicas, en Asia, había querido pacificar las regiones todavía no sometidas y, desde luego, ayudar a Eumenes a acabar la conquista de su satrapía de Capadocia. Para esto, dio a Leonato y a Antígono la orden de facilitar contingentes a Eumenes. Leonato, que aspiraba a sustituir a Antípatro en Macedonia, se apresuró a pasar a Europa, con el pretexto de socorrer a éste. Explicó a Eumenes, con bastante imprudencia, las razones de su conducta, y le reveló que se le había prometido la mano de Cleopatra, la hermana de Alejandro. Eumenes dio cuenta de aquellas confidencias, inmediatamente a Pérdicas, por amistad hacia este y, sin duda, también porque, fiel a la política de Alejandro, era contrario a toda intriga que pudiera desembocar en la desmembración del imperio.

Antígono, en su dominio de Frigia, no se había movido, no prestando oídos a las órdenes de Pérdicas, que decidió intervenir personalmente para ayudar a Eumenes. Dos batallas fueron suficientes para reducir al sátrapa Ariarates, que se había mantenido en el país desde la época de Darío. Ariarates fue hecho prisionero y crucificado. Eumenes fue proclamado sátrapa de Capadocia en el momento en que Pérdicas enviaba a Cleitos y a la flota en ayuda de Antípatro. Parecía que el sistema elaborado en Babilonia funcionaba de modo satisfactorio y permitiría, por lo menos, hacer frente a las crisis mayores. Pero una intriga de Olimpia y también, sin duda, las reticencias de Antígono en la aplicación del plan de Babilonia iban a echarlo todo a perder.

Antípatro, que tenía varias hijas quería casarlas según las exigencias de su política. Eurídice se había casado con Ptolomeo, Fila era la mujer de Crátero; otra, Nicea, fue dada a Pérdicas, pero, mientras tanto, Olimpia, que persistía en sus designios de abatir a Antípatro, ofreció a Pérdicas la mano de su hija Cleopatra, que había quedó disponible después de la muerte de Leonato. Y, sin esperar más, Cleopatra fue a instalarse en Sardes. Si aquel matrimonio se realizaba, Pérdicas ya no sería el igual de los otros "mariscales", sino que aparecía ante todos como el único heredero del trono de Alejandro. Pérdicas no supo resistir a la tentación que le había preparado Olimpia. Dudó y, sin renunciar a su unión con Nicea, tuvo cuidado, sin embargo, de no dejar a Cleopatra, que continuó en Sardes. Al mismo tiempo, otra hija de Filipo, llamada Cynane, tuvo la idea (por sí misma, o secretamente inducida por Olimpia, no se sabe) de traer a Asia a su propia hija, llamada Eurídice (o Adea), para darla en matrimonio al rey Filipo III, a quien estaba prometida desde hacía mucho tiempo. Cynane tenía con ella una escolta armada. Pérdicas envió a su hermano Alcetas para detenerla, y Alcetas, muy imprudentemente, la hizo matar (322), lo que causó gran indignación a los soldados macedonios, que sentían el más profundo respeto por la sangre real. Obligaron a Pérdicas a aceptar el matrimonio de Filipo y de Eurídice, que reforzaba la posición de Filipo III y tendía a mantener a todos los "regentes" en una posición subordinada. Si Pérdicas no había dudado en llegar hasta el crimen para impedirlo, era -se decía- porque él mismo aspiraba a la realeza.

Pérdicas se encontraba, pues, en una posición muy difícil en relación con sus colegas, cuando decidió someter a su obediencia a Antígono. Sin esperarle, éste abandonó inesperadamente su gobierno, durante el invierno de 322, y buscó refugio cerca de Antípatro y de Crátero, empeñados en la campaña de Etolia que pondría fin a la Guerra Lamiaca. Antípatro y Crátero volvieron inmediatamente a Macedonia, y Antígono les expuso la situación a su modo, diciendo que Pérdicas había roto el pacto y quería hacerse rey. Su versión fue aceptada y se sentaron en común las bases de una coalición contra Pérdicas y, naturalmente, contra su amigo Eumenes. La mayoría de los demás sátrapas se unió a los coaligados y, entre ellos, sobre todo, Ptolomeo, que creía encontrar así una salida a la difícil situación en que él mismo se había colocado.

Ptolomeo, en efecto, se había conducido, desde el principio, como soberano independiente y no había dudado en conquistar Cirene, donde, aprovechándose de las profundas y sangrientas disensiones interiores, había establecido un verdadero protectorado, análogo en su forma al del rey de Macedonia sobre las ciudades griegas. Cirene, hasta entonces, había sido una ciudad libre, reconocida como tal por Alejandro y, respecto a ella, Ptolomeo usurpaba prerrogativas reales. Pérdicas, de todos modos, tal vez lo habría permitido, si Ptolomeo no hubiera organizado, al mismo tiempo, con una habilidad rayana en la bellaquería, el robo del cadáver de Alejandro.

La tradición, en efecto, quería que todo nuevo soberano de Macedonia rindiese honores fúnebres a su predecesor, y esta ceremonia confirmaba las prerrogativas del elegido. Pérdicas tenía la intención de proceder por sí mismo a la sepultura de Alejandro en Macedonia, y había encargado a uno de sus oficiales, llamado Arrideo, la ejecución de todos los preparativos necesarios para el transporte. Tales preparativos exigieron dos años, y solo a finales de 322 pudo Arrideo ponerse en marcha con el carro fúnebre. Pero, en lugar de tomar, desde Babilonia, el camino de un puerto sirio, se dirigió hacia Egipto. Al parecer, Alejandro hacía deseado reposar en el santuario de Amón. Ptolomeo hizo propagar el rumor de que el rey, al morir, había dispuesto que se le enterrase en Alejandría. Se colocó en cabeza del cortejo y él mismo escoltó los preciosos despojos hasta Menfis, en espera que de que se acabase el magnífico mausoleo cuya construcción se había iniciado en Alejandría.

Ptolomeo había incurrido por aquella acción en la cólera de Pérdicas, y no se hacía ilusión alguna acerca de ello. La formación de la liga contra el que se había convertido en su enemigo le pareció una solución providencial. Por otra parte, Pérdicas, al tomar la iniciativa en las hostilidades, lanzó su ataque contra él, en la primavera de 321. Eumenes recibió la orden de defender el Asia menor contra Antígono y Crátero, mientras el grueso de las fuerzas de Pérdicas se dirigía hacia el sur.

Para invadir Egipto, Pérdicas tenía que franquear el Nilo, pero, en la orilla oriental del río, chocó con una resistencia muy fuerte, que le cerró el paso. Entonces, los dos ejércitos remontaron el Nilo, cada uno por su orilla. Un nuevo intento de cruzarlo, en Menfis, resultó desastroso para las fuerzas de Pérdicas. El desaliento se apoderó del ejército, y los oficiales, en especial Peithon y Seleuco, se conjuraron contra su jefe y le asesinaron en su tienda. Dos días después, llegaba la noticia de que Eumenes, en el frente norte, había alcanzado una gran victoria, pero ya era demasiado tarde.

Antípatro, en efecto, juntamente con Crátero, había cruzado por la fuerza los Estrechos, con la complicidad de Cleitos, el almirante de Pérdicas. Uno a uno, los sátrapas se pasaron a su lado: así, Menandro en Lidia, Asandro en Caria y Neoptólemo, un antiguo caballerizo de Alejandro, a quien Pérdicas había encomendado la reducción de los disidentes que aún quedaban en Armenia. Sin embargo, Neoptólemo aún no había traicionado abiertamente a Pérdicas, cuando Eumenes le atacaba y el general desleal no pudo unirse al bando de los coaligados más que con un puñado de jinetes. Los aliados creyeron que les sería fácil aplazar al ejército de Eumenes. Dividieron sus fuerzas: Antípatro avanzó hacia el sur con el fin de atacar a Pérdicas por la espalda. Crátero y Neoptólemo quedaron frente a Eumenes, confiando en que los soldados macedonios que se hallaban en el campo de éste desertarían, prefiriendo el partido de Antípatro al de un hombre a quien ellos se obstinaban en considerar como un simple "secretario". En eso se equivocaban Crátero y Neoptólemo, porque Eumenes, que había tenido la habilidad de formar en su satrapía un cuerpo de soldados capadocios, alcanzó la victoria, en una batalla decisiva gracias, precisamente, a su caballería indígena. Crátero murió en la pelea y Neoptólemo fue muerto por el propio Eumenes. Pero los infantes macedonios de Crátero, después de rendir acto de su misión a Eumenes en el campo de batalla, aprovecharon la noche para escapar y reunirse con Antípatro.

b) La regencia de Antípatro 

Pérdicas estaba eliminado, con la mayoría de las fuerzas que podían oponerse a los de la coalición. Eumenes victorioso, desde luego, pero solo, no constituía ya una amenaza seria. Nada parecía amenazar el restablecimiento de la unidad, esta vez a favor de los vencedores y, muy especialmente, de Antípatro, a quien la muerte de Crátero colocaba en un primer plano indiscutible. La situación leal seguía siendo la que había salido de las decisiones de Babilonia, con la sola diferencia de que Roxana había traído al mundo a un niño, al que se había llamado Alejandro, como su padre, y que, nominalmente, era rey, en las mismas condiciones que Filipo III. Respecto a éste, su esposa, la reina Eurídice, trataba por todos los medios de persuadir a los soldados de que ella debía ejercer en realidad el poder y convertirse en regente.

Tras la muerte de Pérdicas, el ejército se reunió en Triparadisos, en Siria, y se elaboró una nueva organización del imperio. Antípatro consiguió disuadir a Eurídice de sus ambiciosos proyectos y se hizo atribuir a sí mismo la regencia, después distribuyó las satrapías. Eumenes no era ya, a los ojos de los macedonios, más que un rebelde y la asamblea de soldados le condenó a muerte, dejando para más adelante la ejecución de la sentencia. Los otros oficiales se repartieron sus despojos y los de Pérdicas. Como era de esperar, Ptolomeo fue el más beneficiado, pues conservó Egipto con la Cirenaica. Seleuco obtuvo la satrapía de Babilonia, y Arrideo la Frigia helespóntica. Antígono seguía siendo sátrapa de Frigia, con las anexiones, y, además, sucedía a Pérdicas en el mando general del ejército ('strategos'). La satrapía de Eumenes fue entregada a un tal Nicanor, la Lidia a Cleitos, como precio a su traición; Peithon y otro asesino de Pérdicas, Antígenes, se repartieron las más importantes satrapías orientales: a Peithon correspondieron las dos Medias y a Antígenes la Susiana. Antípatro se convertía en el primer personaje del imperio, pero era evidente también que, decidido a residir en Macedonia (adonde se retiró, llevando consigo a los dos reyes), tenía que dejar en Asia a un lugarteniente general que, en realidad, sustituiría a Pérdicas. Para esta misión eligió a Antígono. Es probable que esta elección le fuera impuesta por intrigas o por la opinión de los soldados, porque Antípatro desconfiaba de él e intentó tomar algunas precauciones contra la ambición de un hombre del que todo el mundo sabía que antes se había resistido abiertamente a Pérdicas y que muy bien podría hacer lo mismo con el nuevo regente. Dio a su hija Fila, viuda de Crátero, en matrimonio al joven Demetrio, hijo de Antígono. Demetrio, aún no tenía más que quince años, pero su padre le admiraba profundamente y él le correspondía con su afecto. Antípatro trató también de dejar junto a Antígono a su propio hijo, con el título de hiparca, pero los dos hombres no tardaron en reñír y Casandro volvió casi inmediatamente a Macedonia.



Una vez vuelto Antípatro a Macedonia, Antígono quedó, prácticamente, como único dueño en Asia. Eumenes y los últimos partidarios de Pérdicas seguían teniendo influencia en el país. Entre estos se encontraban Alcetas, el hermano de Pérdicas, y Atalo, su cuñado, así como Docimo, designado por Pérdicas como sátrapa de Babilonia y muy decidido a no ceder nada a Seleuco. Eumenes trató de organizar la resistencia, agrupando a su alrededor a todos los adversarios de Antígono, pero no lo consiguió, pues los otros desconfiaban de él y le despreciaban, porque no era griego. Antígono atacó, en primer lugar, a Eumenes. Una primera batalla tuvo lugar en Orcynia, en Capadocia, en la primavera de 320. Eumenes fue vencido, traicionado por un oficial, pero encontró el medio, no solo de castigar al culpable durante la retirada, sino también, realizando un hábil movimiento, de volver al campo de batalla y rendir a los muertos honores fúnebres, cuando Antígono creía que se había dado a la fuga. Acciones de esta clase, así como su generosidad y belleza física le valían grandes simpatías. Durante el invierno, como ya no podía pagar a sus hombres, les había vendido algunos grandes territorios ocupados por señores persas, y les había facilitado el material y el armamento necesarios para apoderarse de ellos por la fuerza. Después de su derrota, Eumenes, casi totalmente falto de recursos, tuvo que encerrarse en Nora, una pequeña ciudad fortificada en Capadocia, a la que su situación hacía inexpugnable y que estaba ampliamente provista de agua, trigo y sal. Él mismo había favorecida la marcha de la mayor parte de sus soldados y de sus oficiales colmándolos de agasajos con la esperanza de volver a encontrarles cuando su fortuna hubiera cambiado. Antígono se dispuso a asediar a Nora y cercó totalmente la plaza. Esperaba que Eumenes aceptase las proposiciones de paz que él le hizo, pero Eumenes no quiso ceder nada y, aunque había sido vencido, exigió que se le devolviese íntegramente su satrapía y todo lo que había recibido en el pasado. Antígono, dejando algunas fuerzas ante Nora, volvió su atención hacia Alcetas y Atalo, los otros generales de Pérdicas que aún disponían de un ejército. Cogió por sorpresa a Alcetas por con una marcha forzada a Cretópolis, y aniquiló a su ejército. El mismo Alcetas fue capaz de escapar a la ciudad de Termessos, pero Atalo, Dócimo, Polemón y otros oficiales más fueron tomados prisioneros. Primero, Alcetas encontró todavía algún apoyo con los pisidios, pero al final los habitantes más ancianos de Termessos decidieron entregarle a Antígono. Alcetas se suicidó para no caer en manos de Antígono. Después, mientras Eumenes seguía cercado, ingeniándose por todos los medios para mantener en buenas relaciones a sus hombres y sus caballos, Antígono se dirigió contra Arrideo, que en la Frigia helespóntica, había intentado someter a la ciudad griega de Cízico; más tarde ataca a Cleitos y se apodera de Éfeso. Cada vez era más evidente que Antígono no respetaba los acuerdos de Triparadisos y se consideraba único dueño de Asia Menor.

Antípatro, mientras tanto, se hallaba demasiado ocupado en Macedonia, para intervenir en Asia. Los etolios, siempre en lucha contra él desde la Guerra Lamiaca, habían apoyado a Pérdicas. En 320 iniciaron la ofensiva con tal fuerza que ocuparon la mayor parte de la Tesalia. Pero, una vez más, no pudieron explotar su victoria: requeridos en su patria por un ataque de los acarnanos, permitieron a los macedonios reconquistar Tesalia y, mientras tanto, Antípatro murió (verano de 319). Desde hacía algún tiempo la edad había disminuido mucho sus fuerzas, hasta el punto de que había tenido que hacerse asistir por su hijo Casandro. Pero, pocos días antes de su muerte, no había designado para sucederle a Casandro, sino a un hombre mucho mayor en edad, un antiguo oficial de Alejandro, llamado Polipercón, al que había dejado a cargo de los asuntos europeos cuando partió a Triparadisos dos años antes y que precisamente acababa de destacarse pacificando la Tesalia. Casandro obtenía solo las funciones y el título de quiliarca. Antípatro consideraba a su hijo demasiado joven para controlar a los turbulentos sátrapas macedonios (en especial, a Antígono, con el que Casandro había reñido a principios de 321). Aquella situación, humillante para el hijo de Antípatro, iba a acelerar en el curso de una larga crisis, la desmembración del imperio.

3. La II Guerra de los Diadocos (319-316): La revuelta de Casandro y el final de Eumenes

Polipercón había sido designado solo por una parte del ejército macedonio, la que se encontraba reunida en Pella. La elección podía, pues, ser impugnada. Esto fue lo que hizo inmediatamente Casandro, entablando negociaciones secretas con Ptolomeo y con los comandantes de algunas guarniciones puestas por Antípatro en las ciudades griegas. Pero, sobre todo, olvidando su antigua querella con Antígono, ofreció a este su alianza contra Polipercón. Antígono aceptó: Polipercón parecía demasiado decidido a continuar la línea de Antípatro y a mantener la ficción de la regencia para que Antígono no se sintiese amenazado en sus propias ambiciones. A fin de tener las manos libres, propuso un armisticio a Eumenes, enviándole el texto de un juramento que ponía fin a las hostilidades y comprometía a Eumenes a reconocerle como soberano suyo. Muy hábilmente, éste indujo a los soldados macedonios que cercaban Nora a que sustituyesen el nombre de Antígono con el de Olimpia y los de los dos reyes. Después pronunció el juramento. Los soldados levantaron el sitio y Eumenes abandonó la ciudad sin haber prometido nada a Antígono. Inmediatamente se dedicó a reunir nuevas tropas y pasados unos días, disponía de un millar de jinetes.

El imperio estaba, de nuevo, partido en dos. Eumenes, una vez libre, fue solicitado por Polipercón y por la reina Olimpia para dirigir las operaciones contra Antígono en Asia. Aceptó y se convirtió así en el representante oficial de los reyes, mientras Antígono, aliado de Casandro y apoyado, primero en secreto y después abiertamente por Ptolomeo, pasaba a ser un rebelde. La lucha entablada se desarrolló en dos frentes: el de las maniobras diplomáticas y el de la acción militar, preparada y prolongada por las primeras.

Polipercón tomó la ofensiva denunciando oficialmente la política autoritaria seguida por Antípatro en relación con las ciudades griegas. A finales de 319, promulgó un decreto devolviendo a las ciudades griegas sus antiguas constituciones (por las que se regían antes de la Guerra Lamiaca), invitando a regresar a los antimacedonios desterrados y restituyendo a algunas ciudades ciertos beneficios que se les habían quitado: Atenas, por ejemplo, recuperaba Samos. En compensación, las ciudades se comprometían a no intentar nada contra Macedonia.

Casandro replicó a esta ofensiva con múltiples intrigas locales. Así, en Atenas, se aseguró la adhesión del jefe de la guarnición de Muniquia e impidió la retirada de las tropas macedónicas. Grecia se encontró dividida en dos campos: en uno, los demócratas pedían ayuda a Polipercón, y en otro, los oligarcas, apoyados por Casandro, hacían todo lo posible por conservar el poder. Casandro se hallaba en situación ventajosa porque sus partidarios solo tenían que salvaguardar su supremacía, mientras que los demócratas debían conquistar el derecho a participar en el gobierno, provocando para ello golpes de estado y revoluciones. Polipercón tuvo que acabar renunciando a restablecer su autoridad en la mayor parte de Grecia continental y Casandro, sólidamente instalado en el Pireo, disponía de una base marítima que le aseguraba fáciles comunicaciones con su aliado Antígono.

Polipercón sufrió un nuevo revés con la derrota de Cleitos. Este y su flota guardaban los Estrechos para impedir cualquier desembarco de Antígono en la costa europea. Pero después de un primer éxito, Cleitos no pudo garantizar su seguridad: sus navíos fueron sorprendidos en el fondeadero y destruidos totalmente, pereciendo también el propio Cleitos. Desde entonces Eumenes se encontraba aislado y Polipercón ya no podía emprender una acción eficaz en la cuenca del Egeo.

Las operaciones de Antígono contra Eumenes comenzaron a finales del verano de 318. Eumenes, actuando en nombre de los reyes, había creado una notable organización. Las tropas macedónicas que se le habían asignado, los argiráspidas (“escudos de plata”), guardias de corps de Alejandro, dudaban en obedecer a un griego. Él supo halagarles, ganar a sus oficiales (entregándoles una suma de 500 talentos, puesta a su disposición por Polipercón) y finamente, recurrió a una extraña estratagema. Fingió haber visto en sueños al “dios” Alejandro y haber recibido directamente su inspiración. Cuando celebraba consejo con los oficiales macedonios, hacía preparar un sitio vacío, destinado a la presencia invisible del difunto rey.

Dejando Capadocia debido a que un ejército bajo el mando del general de Antígono Menandro se estaba acercando, Eumenes se dirigió a Cilicia para unirse a los argiráspides. Mientras tanto, continuó contratando mercenarios para formar un ejército capaz de resistir a Antígono. A pesar de varios intentos de soborno por Ptolomeo, Eumenes no solo logró establecer su autoridad con los soldados macedonios sino incluso reforzar su posición. Una vez que Antígono estuvo libre de sus problemas en Asia Menor occidental, tras su victoria en Bizancio, fue capaz de concentrarse plenamente sobre Eumenes. Éste se retiró más hacia el sur, a Fenicia -Ptolomeo dejó vacante sus recientes conquistas por el avance del ejército de Eumenes- donde comenzó los preparativos para la construcción de una nueva flota. No sabemos cuanto tiempo estuvo Eumenes en Fenicia, pero ante las noticias del avance del ejército de Antígono cruzó el Eúfrates y fue más al este. Eumenes se fue para Mesopotamia donde fue bien recibido por el satrapa Anfímaco. Pasó el invierno en Babilonia, en un lugar llamado Karon Komai, la "villa de los Carios".El ejército perseguidor de Antígono pasó el invierno en la satrapía de Anfímaco, Mesopotamia. Eumenes buscó en vano el apoyo de los sátrapas de Babilonia y Media, Seleuco y Peithon. Seleuco se opuso a las demandas de Eumenes con la simple declaración de que "él estaba dispuesto en cualquier momento a servir a los reyes, pero que él nunca obedecería a Eumenes, que fue sentenciado a muerte por una asamblea del ejército macedonio". Seleuco incluso envió mensajeros a los argiráspides pidiéndoles la destitución del condenado Eumenes de su mando. Esta petición se encontró con una negativa similar. Acto seguido, Eumenes hizo un intento de abandonar Babilonia en dirección a Susa. Para obtener nuevos suministros, fue obligado a marchar a lo largo de la otra orilla del Tigris. Seleuco y Peithon intentaron impedir el cruce con dos trieres (trirremes). Careciendo de la infantería suficiente, Seleuco solo fue capaz de causar algún fastidio menor. A su llegada a Susa, Eumenes se encontró con los gobernadores de las satrapías orientales, que habían reunido sus ejércitos poco antes para combatir a Peithon. Eumenes unió sus fuerzas resolviendo el problema del liderato general en su favor. Finalmente, Eumenes levantó un ejército para contraponer a las fuerzas que Antígono traía al campo de batalla contra él.

En primavera, Antígono, Seleuco, y Peithon persiguieron a Eumenes. Cuando informó sobre el avance de Antígono, Eumenes dio órdenes al comandante de la ciudadela de Susa, Xenófilo, de mantener los puertas cerradas y él retiró sus fuerzas a través del río Pasitigris hacia Persia. Esperó a sus enemigos detrás del río, fueron convocados refuerzos de arqueros desde Persia. Cuando Antígono llegó a Susa, encontró las puertas cerradas. Antígono nombró a Seleuco sátrapa de la región con órdenes de asediar la ciudadela. Antígono mismo continuó la persecución de Eumenes. Cuando una parte de sus tropas había cruzado el Coprates, un tributario del Pasitigris, Eumenes atacó y aniquiló a los que ya habían cruzado. Diodoro relaciona la victoria de Eumenes con el ascenso de la Estrella del Perro (alrededor del fin de junio). Estando bloqueado en el río, Antígono marchó a Ecbatana en Media con la intención de controlar las satrapías superiores desde allí. Eligió un camino difícil a través de las montañas para evitar el inmenso corazón de la región. Ya que rechazó pagar el peaje usual a las tribus montañesas, fue atacado durante nueve días de su viaje en las montañas. En este punto Eumenes estuvo tentado de retornar a Asia Menor ya que la región estaba despejada de serios rivales militares. Los sátrapas de las regiones orientales rechazaron dejar sus bases indefensas, sin embargo. Eumenes no quiso escindir sus fuerzas, cedió y todo el ejército partió para Persépolis. Ese otoño ambos ejércitos llegaron a estar a una corta distancia (solo a un día de marchar el uno del otro) en la región de Paraetacene, pero después de cinco días de movimientos tácticos, no había tenido lugar ninguna batalla. Faltando suministros, Antígono decidió retirarse a Gabiene, una región rica y todavía no saqueada. Eumenes adivinó sus intenciones, y consiguió una ventaja inicial en la carrera hacia Gabiene. Antígono poco dispuesto a dejar Gabiene en manos de Eumenes, envió su caballería en persecución.

La largamente esperada batalla tuvo lugar finalmente y aunque la falange de Eumenes resultó victoriosa, fue Antígono quien ganó el campo de batalla al final. Se retiró a media dejando Gabiene a su rival. Ambos generales enviaron sus tropas a los campamentos de invierno. Antígono intentó atacar al ejército de Eumenes durante el invierno, pero su marcha a través del desierto no pasó desapercibida. El resultado fue una batalla entre ambos ejércitos con toda su fuerza en medio del invierno. Aunque la falange de Eumenes nuevamente fue victoriosa, la batalla de la caballería fue ganada con claridad por Antígono. La captura de los bagajes de Eumenes -no solo las posesiones, sino también las familias de los soldados- por la caballería ligera de Antígono resultó ser la acción decisiva: para recuperar sus posesiones (trofeos que habían capturado durante sus largos años de servicios) y parientes, los "Escudos Plateados" ("argiráspides") iniciaron las negociaciones con Antígono. A cambio de la entrega de Eumenes, recobrarían sus pertenencias. Antígono ejecutó a Eumenes, incorporando una gran parte de su ejército al suyo y luego colocó sus tropas en el cuartel de invierno en Media. Peithon, uno de los asesinos de Pérdicas en 321, aunque había seguido a Antígono, fue condenado a muerte también: había dado, a lo largo de su vida, tan frecuentes muestras de su doblez que el vencedor no quiso correr el riesgo de verse también traicionado por él.

Mientras tanto, Casandro proseguía la lucha contra Polipercón. A partir de su base de Pireo, redujo a Atenas, restableció la constitución oligárquica y eligió como gobernador, para representarle, a Demetrio de Falero. Después se dirigió a Macedonia, donde intentó provocar también una revolución. Consiguió elevar al poder a Eurídice, la ambiciosa mujer de Filipo III (primavera de 317), quien le nombró regente, con la clara intención de tomar el poder para sí misma. Polipercón huyó con Alejandro IV y Roxana al Epiro. Entonces Casandro consideró llegado el momento de proseguir la conquista de Grecia y, en especial del Peloponeso que, en gran parte, no le pertenecía aún. Pero estaba detenido todavía ante Tegea cuando en Macedonia se producía un nuevo golpe de estado. La vieja reina Olimpia, regresando del Epiro a petición de Polipercón, a la cabeza de un ejército epirota y algunas tropas de Polipercón, se apoderó sin lucha del país. Eurídice y Filipo III cayeron en sus manos: Filipo III fue inmediatamente asesinado, satisfaciendo así viejos resentimientos (Filipo III era bastardo de Filipo II) y Eurídice, obligada a suicidarse (otoño de 317). Un hermano de Casandro había corrido el mismo destino, junto con un centenar de nobles macedonios.

Casandro respondió de inmediatamente. Abandonando el Peloponeso, sublevó al Epiro, lo que cortaba, de antemano, toda retirada a la reina. Su regreso a Macedonia fue triunfal, pues se le recibió como liberador. Olimpia tuvo que encerrarse en Pidna; su crimen había levantado toda Macedonia contra ella. Tenía consigo a Roxana y al joven Alejandro, que, después de la muerte de Filipo III, era el único rey legítimo. Casandro cercó la ciudad. Los mercenarios que la defendían no capitularon hasta la primavera del 316. El armisticio preveía que la reina salvaría la vida, pero Casandro la acusó ante el ejército, impuso su condena y la entregó a los parientes de las víctimas a las que ella había hecho matar ante.

Casandro pudo celebrar entonces, solemnemente, las exequias del rey Filipo III, lo que equivalía a reivindicar su sucesión. Al mismo tiempo, se casaba con una hija de Filipo II, llamada Tesalónica, y confinó al joven rey Alejandro y a Roxana en Anfípolis. Considerándose rey de Macedonia, Casandro fundó dos ciudades: una, Tesalónica, en honor a su mujer, y otra Casandreia, destinada a reunir a los habitantes de la antigua Potidea, en el istmo de Pallene.

Casandro, dueño de Macedonia, afirmaba cada vez más su autoridad también en Grecia. Polipercón, expulsado de todas partes, se había refugiado en Etolia, y luego al Peloponeso, donde su hijo, llamado Alejandro, mantenía algunas plazas. En el curso de 316 Casandro decidió organizar una campaña que asegurase la "pacificación" definitiva de Grecia. Atravesando el país, restauró, en primer lugar la ciudad de Tebas, que había sido destruida por Alejandro, y después intentó una ofensiva general en el Peloponeso, pero a pesar de algunos éxitos iniciales, no pudo llevarla a buen término y, a finales de otoño, tuvo que volver a Macedonia sin haber exterminado completamente de la península las fuerzas de su adversario.



4. III Guerra de los Diadocos (315-311): Antígono contra Casandro

El imperio de Alejandro se encontraba entonces dividido en tres partes: Casandro tenía Macedonia y Grecia; Antígono, las satrapías de Asia hasta la frontera de la India; Ptolomeo, Egipto y Cirene. Durante la lucha contra Eumenes, Ptolomeo no había tenido ocasión de intervenir, limitándose a ocupar por su general Nicanor algunas plazas en Siria, especialmente los puertos. Su intención era, evidentemente, la de unir, un día u otro, Siria a sus propias posesiones, lo que suponía el germen de un conflicto casi inevitable entre él y Antígono.

Este conflicto se vio precipitado por la aventura de Seleuco. Éste, que había creado algunas dificultades a Eumenes e influido en Antígono, no había recogido el fruto de su política. Antígono, después de la victoria, había llegado a Babilonia y había pedido cuentas. Para no tener que dárselas, Seleuco había huido a Egipto (al parecer en primavera de 315) y desde entonces se dedicaba a amotinar a los otros sátrapas contra Antígono, los cuales le escuchaban gustosos pues el poder militar y financiero de Antígono crecía de día en día, lo que les parecía, sin duda con razón, una amenaza para ellos mismos. Era necesario que, costara lo que costase, ninguno de los Diadocos pudiese reconstituir en beneficio propio la unidad del imperio. A partir de 316, Antígono se convirtió, pues, en el enemigo común y tuvo que enfrentarse con una coalición integrada por Ptolomeo, Casandro y Lisímaco, el sátrapa de Tracia, que debía su importancia al hecho de que dominaba los Estrechos. La primera acción de los aliados fue, en 315, la de reclamar una partición de común acuerdo. Sus embajadores, en un ultimátum, reclamaron para Ptolomeo la posesión de Siria; para Seleuco la restitución de Babilonia; para Lisímaco la Frigia helespóntica (que nunca había poseído y que le haría dueño de los Estrechos y para Asandro, el sátrapa de Caria (que era adicto a Casandro), la Capadocia y la Licia. Además fue invitado a compartir el tesoro de Eumenes con los otros Diadocos. La justificación legal para esas demandas era que la guerra contra Eumenes, con la que se había encomendado a Antígono, había sido una aventura conjunta, y en consecuencia el botín obtenido de Eumenes debería ser repartido entre todos; además, Antígono no tenía derecho a privar de sus territorios a los sátrapas que no habían apoyado a Eumenes. En realidad este ultimátum era un pobre disfraz para la ambiciones que chocaron con las de el hombre al que se dirigían y es comprensible que Antígono las hubiera rechazado y aceptara la guerra.

Parecía que se hubiera vuelto al tiempo de Pérdicas. Antígono tenía que defenderse en dos frentes. Optó por dirigir la ofensiva hacia el sur para recuperar los puertos sirios. Ptolomeo tuvo buen cuidado de no resistir: se limitó a poner una guarnición en Tiro y volvió a Egipto después de haber requisado todos los barcos sirios posibles. Entonces, con incansable actividad, ocupó en Asia Menor todos lo que no estuviera ya bajo su control, desde Bitinia a Caria. Al mismo tiempo formó una alianza con su anterior adversario Polipercón, al que nombró strategos del Peloponeso (314), un acercamiento que la ruptura entre Antígono y Casandro hizo natural.

En 315, en Tiro, donde estaba al mando de las operaciones, Antígono dio a sus pretensiones una formulación legal y política. Un manifiesto anunciaba al mundo que la asamblea de su ejército había probado y condenado a Casandro por varias fechorías, la más importante de las cuales era el asesinado de Olimpia (la cual, había sido condenada por el ejército de Casandro por el asesinato de Filipo III) y la detención de Alejandro IV y su madre Roxana; además, que la misma asamblea había proclamado a Antígono epimeletes del rey (una regencia que sería capaz de añadir a su mando sobre Asia); y finalmente, que si Casandro rechazaba someterse sería tratado como enemigo. Este fue el comienzo de la batalla a muerte entre Antígono y Casandro: iba a durar trece años.

El documento que anunciaba las nuevas reclamaciones de Antígono y la condena de Casandro contenía un artículo final, que atrevidamente proclamaba que las ciudades griegas serían libres, autónomas y sin guarnición. Este ejercicio de "guerra psicológica" estaba dirigido principalmente contra Casandro, que poseía Grecia central. Los demócratas, a quienes la debilidad de Polipercón había abandonado a sí mismos, recobraron ánimos, y Casandro se convirtió en su enemigo común, lo que hizo más difícil su posición. Antígono, que había hecho construir, utilizando los bosques del Líbano, un gran número de navíos, pudo presentarse en las Cícladas con una importante fuerza en el otoño de 314. En aquel momento, todas las ciudades le acogieron con entusiasmo como a su libertador. Casandro, mientras tanto, no había logrado emprender ninguna operación seria contra Antígono. Polemaeos, sobrino de éste, había resistido victoriosamente a las sublevaciones locales provocadas por Asandro con tal eficacia que Antígono tuvo la posibilidad, en el 313, de pensar en un desembarco en Macedonia. Para prepararlo, envió a las ciudades griegas cuerpos expedicionarios que no solo inquietaban al macedonio, sino que "liberaban" las ciudades dominadas por las guarniciones de Casandro. Polemaeos abandonó el Asia, pasó al Peloponeso y luego a la Grecia continental. Antígono consideró que era el momento de cruzar los Estrechos, pero se lo impidió Bizancio, que mantenía su neutralidad: la mayor parte de Grecia pertenecía al bando de Antígono, pero éste no había podido asestar un golpe definitivo a Casandro.

Fue el momento que Ptolomeo eligió para intervenir. Hasta entonces se lo había impedido una rebelión en Cirene, pero Casandro, inquieto por su inactividad, le apremiaba para que desempeñase un papel activo en la coalición. En la primavera de 312 el ejército egipcio penetró de nuevo en Siria. Antígono había confiado la defensa del país a su hijo Demetrio (el futuro Poliorcetes). La precaución fue claramente necesaria pues era fácil de ver que Ptolomeo tenía el objetivo particular de recuperar el control de la satrapía de Siria-Fenicia que había conquistado por primera vez en 319 pero que Eumenes y luego Antígono se la había quitado. Una sola batalla ante Gaza dio a Ptolomeo el dominio del país, y Demetrio, al que no quedaban más que algunos jinetes, se retiró a Siria del norte, donde tuvo la buena fortuna de detener a una vanguardia de Ptolomeo, imprudentemente aventurada. Y cuando Antígono, una vez reagrupadas sus fuerzas, se dispuso a lanzar una ofensiva general, Ptolomeo se dio prisa en volver a Egipto. El único beneficiado por aquella campaña fue Seleuco, a quien la victoria de Gaza había franqueado la ruta de Babilonia, y que consiguió, con las escasas fuerzas que le concedió Ptolomeo, reconquistar su satrapía, al vencer junto al Tigris a Nicanor, dejado por Antígono como virrey o strategós de las "satrapías superiores". Este regreso de Seleuco será tomado después de por los reyes seleúcidas como origen de era (abril de 312). Antígono trato de recuperar Babilonia, para lo que encomendó a Demetrio la dirección de un golpe de mano, pero sin éxito. Al fin se impuso la necesidad de hacer la paz.

El tratado firmado en 311 equivalía a una partición del mundo: Antígono conservaba el Asia, Lísimaco era confirmado como sátrapa de Tracia, Ptolomeo en Egipto (con un protectorado sobre Chipre) se convertía prácticamente en rey, mientras que Casandro era proclamado regente de Macedonia hasta la mayoría de edad del joven Alejandro IV, hijo de Roxana. En apariencia, Antígono no obtenía para sí gran cosa, a excepción del fin de las hostilidades. Sin embargo, tampoco para él era negativo el balance. Una cláusula garantizaba su libertad a todas las ciudades griegas, que debían ser liberadas de sus guarniciones, lo que suponía un golpe para Casandro. Antígono no había vencido con las armas, pero su prestigio, al menos, salía reforzado ante la opinión de los griegos, una opinión que a largo plazo acabaría pesando en la balanza mucho más que los ejércitos.

Seleuco no figura en el tratado (ni tampoco Polipercón) lo que significa evidentemente que la paz de 311 no le incluía. Casandro y Lisímaco, el primero en negociar, probablemente le ignoraron. En el caso de Ptolomeo, que había sido el anfitrión y protector de Seleuco durante años, el asunto es más sorprendente, pero comprensible: cuando Ptolomeo consintió la paz, Seleuco ya estaba conquistando las "altas satrapías" (el término generalmente es usado para las satrapías iranias) y ya no necesitaba protección. Casandro y Lisímaco puede haber demostrado una cierta indiferencia hacia Seleuco al abandonar 'toda Asia' a Antígono; para Ptolomeo esta estipulación puede no haber sido nada más que formal, porque estaba siguiendo los progresos de Seleuco con simpatía y porque secretamente no había abandonado sus ambiciones en Siria. Cualquiera que fuera la verdad, Antígono y Seleuco continuaron en guerra, y esa guerra duraría hasta 309/8. Habiendo recuperado el control de Babilonia ya en 312 y al parecer sin mucha dificultad, se estableció aquí en una genuina independencia, incluso si no adoptó en esta fase el título real (al contrario de lo que a menudo se había pensado). Desde Babilonia había partido a la conquista de las "altas satrapías" que Antígono había mantenido desde su victoria sobre Eumenes en 316. Parece, no obstante, que la memoria de Eumenes no estaba completamente muerta en esas remotas regiones, y que Seleuco encontró caminos de usarlo contra Antígono. Para éste, por consiguiente, la tarea más urgente era tomar ventaja de la precaria calma asegurada por la paz en el oeste para intentar para deshacerse del enérgico Seleuco. En esto fracasó completamente. Los detalles están lejos de ser conocidos con exactitud, pero es cierto que después de ser derrotado por Seleuco en una importante batalla de la que no se ha conservado ni la localización ni la fecha (aunque debe haber sido 309/8), tuvo que abandonar Irán. Se concluyó un tratado probablemente entre los dos oponentes, porque desde 308 encontramos a Seleuco envuelto incluso más al este en una pugna con el gobernante Maurya de la India, Chandragupta, lo que implica que por entonces ya no estaba enredado con Antígono. Y a la inversa, desde esta misma fecha de 308 encontramos a Antígono envuelto en asuntos occidentales, lo que implica que había finalizado su lucha con Seleuco.

Además de esos arreglos territoriales, dos cláusulas en el tratado de 311 merecen una atención particular. El tratado todavía era, oficialmente un acuerdo para la gestión del legado de Alejandro, y no una división de ese legado. La legitimidad del pequeño Alejandro IV todavía se mantenía -pero ciertamente, esto no era más que una ficción destinada a sobrevivir a la paz de 311. La cláusula que asignaba el 'generalato de Europa' a Casandro estipulaba, como se ha visto, que este arreglo iba a durar hasta que el rey llegara a la mayoría de edad. Es probable que ninguno de las partes concibiera seriamente que este suceso tuviera lugar, pero era un asunto de ganar tiempo. No obstante, esta cláusula era la sentencia de muerte del hijo de Alejandro el Grande, ya que Casandro, no teniendo deseos de ver la llegada del día señalado, no perdió tiempo y hacia 310 se presentó a sus colegas con un hecho consumado al acordar el asesinato de Alejandro IV y su madre, que habían estado confiados a su cuidado. Podemos imaginar que esta eliminación de la línea argéada directa por los esfuerzos del hijo del servidor más leal de la dinastía fue recibido con una secreta satisfacción por los anteriores lugartenientes del padre de la víctima; desde entonces ningún obstáculo legal se situaba en el camino de su ambición; desde entonces todos fueron iguales y ningún argumento pudo utilizarse para desafiar los derechos del más fuerte. Quedaban, es cierto, una hermana y un bastardo de Alejandro el Grande (Heracles, hijo de la persa Barcine), pero no pasaría mucho tiempo antes de que fueran eliminados a su vez.

5. La IV Guerra de los Diadocos (308-301): la lucha por el Egeo

No es necesario decir que la paz de 311 solo era una tregua, al menos en lo que concierne a Antígono y Ptolomeo. Ciertamente, Casandro y Lisímaco podían sentirse satisfechos de haber confirmado sus pretensiones, en el primer caso sobre Macedonia y sus dependencias, en el último sobre Tracia, está bastante claro que las ambiciones de Antígono incluían la conquista de Macedonia (que inevitablemente inclinaron a los otros contra él) y que Ptolomeo no había abandonado su interés en la satrapía de Siria-Fenicia, incluso si se duda de que aspirara a la supremacía absoluta. Para ambos el control del mar era una condición del éxito. También ambos poseían sólidas ventajas en el Mediterráneo oriental. Ptolomeo había enviado, en 310, una flota a intentar un desembarco en Cilicia, pero Demetrio había rechazado al invasor. Entonces Ptolomeo decidió instalarse más sólidamente en Chipre. Hasta aquel momento, la isla estaba gobernada por reyes, bajo el protectorado egipcio. Las intrigas del rey local, Nicocreón de Salamina (332-310) le dieron pretexto para una intervención. La dinastía chipriota fue aniquilada, y nombró como strategos y gobernador a su propio hermano Menelao. Además, era probablemente en este punto cuando Ptolomeo hizo una alianza con un estado griego que ahora comenzaba a jugar una parte importante en los asuntos mediterráneos, uno de las últimas ciudades realmente independientes y soberanas del viejo mundo helénico, Rodas. La fecha de la alianza es desconocida. No está definitivamente atestiguada hasta 306, pero entonces en términos que sugieren que había existido durante algún tiempo, aunque es imposible decir que se remontara a la proclamación de las ciudades griegas en 315. Ptolomeo mantenía así, directamente o por alianza, las dos principales bases insulares que limitaban con el territorio de Antígono. Fue también desde 315 que Antígono había sido el protector de la Confederación de los Nesiotes y como resultado estaba en posesión del "puente" que separaba su territorio de la Grecia europea y Macedonia. Además controlaba los puertos fenicios, y, a pesar de su solemne garantía de libertad griega, los puertos de Asia Menor, en la práctica eran suyos. Esta área total de las islas y el litoral, dividido de este modo entre Ptolomeo y Antígono, no podían sino ser un área de conflictos. La cláusula del tratado de 311 que trataba de la libertad de las ciudades iba a proporcionar allí pretextos: ya en 310 Ptolomeo acusó a Antígono (en el tiempo que estuvo entretenido en el este por su lucha con Seleuco) de usurpar esa libertad al instalar guarniciones en ciertas ciudades libres y él mismo tomó posesión de una serie de lugares, notablemente la isla de Cos, donde colocó sus cuarteles generales, que prueba que su interés en ese tiempo estaba dirigido hacia el Egeo. Es razonable suponer que su súbito cambio en la situación del Mediterráneo era un factor que hizo a Antígono decidir la conclusión de sus fracasos iranios y hacer un acuerdo con Seleuco.

No obstante, el arranque de la lucha entre Ptolomeo y Antígono iba a demorarse, como resultado de un cambio en la situación en la Grecia europea. Hasta ahora, Casandro había estado seriamente cohibido en Grecia por la presencia de su viejo rival Polipercón en el Peloponeso. En 310, Antígono proporcionó recursos para reclutar un ejército y un pretendiente para el trono de Macedonia, un tal Heracles, presunto hijo de Alejandro Magno y Barcine. Polipercón invadió con éxito Macedonia, en 309. Casandro estimó más conveniente reconciliarse con Polipercón al que abandonó el Peloponeso y dio el título de strategos, siendo sacrificado en el proceso el joven Heracles, asesinado por Polipercón (309). Cualquier posibilidad que hubiera tenido las más débiles de las ciudades griegas de enfrentar a Casandro contra Polipercón, se perdió ahora; contra el tandem nuevamente reconciliado, Polipercón actuó en el Peloponeso a favor de Casandro, para quien recuperó diversas ciudades (304), con lo que los griegos necesitaban apoyo exterior. Antígono, el defensor certificado de las libertades griegas, en verdad estaba manteniendo en Grecia las tropas que anteriormente habían ido allí a apoyar a Polipercón, pero su representante en Europa, su sobrino Polemaeus, acababa de traicionarle y ofreció sus servicios a Casandro como preludio a la apertura de las conversaciones con Ptolomeo, que lo convocó a Cos. Polemaeus debe haberle dado a Ptolomeo detalles preciosos de la situación en Europa. Es difícil imaginar una situación más confusa -pero, para agravar el enredo, Ptolomeo había asesinado a Polemaeus y llegó a un acuerdo con Demetrio, quien era entonces el representante en Asia Menor de su padre Antígono. Las razones que pueden haber hecho a Antígono buscar un acercamiento con Ptolomeo de este modo son fáciles de en entender: no podía tolerar una situación en la que Ptolomeo interviniera en Grecia por su cuenta, pero era impotente para impedirlo -así, la 'liberación' de Grecia sería una operación conjunta. En cuanto a Ptolomeo sin duda, exigió un precio por este acuerdo en el reconocimiento de los lugares que acababa de tomar en la costa de Asia Menor.

De hecho, estas consideraciones no son suficientes para explicar esta inversión de alianzas desde el punto de vista de Ptolomeo: para que él se hubiera preparado para reconciliarse con sus más naturales enemigos y pelear con Casandro, debe haber estado envueltos otros factores, y estos quizá iban a encontrarse en el hecho de que fue en este momento cuando el representante de Ptolomeo en Cirenaica, Ophellas, decidiendo a su vez hacer su propio juego, se embarcó en una campaña contra Cartago de acuerdo con Agatocles de Siracusa y comenzó a reclutar tropas en Grecia y particularmente en Atenas, en otras palabras, en el área bajo la influencia de Casandro. Ptolomeo, sin duda, informado por Polemaeus, puede haber temido que Casandro diera apoyo indirecto a las ambiciones de Ophellas en Cirenaica y la formación final de un estado africano en el flanco occidental de Egipto.

Una gran expedición, por lo tanto, desembarcó en el Peloponeso en 308. Ptolomeo parece haber tenido la intención de formar una federación de ciudades griegas (¿un resurgimiento de la Liga de Corinto de Filipo II?), pero su llamamiento, acompañados por peticiones de dinero y provisiones, tuvo poco éxito. No insistió, hizo la paz con Casandro y retiró su ejército, aunque no sin dejar guarniciones en una serie de lugares (Corinto, Sición, Megara y otros), un acto falto de tacto por parte de un 'liberador' de Grecia.

Antígono envió a su hijo Demetrio a Atenas. El momento era idóneo ya que Casandro estaba ocupado en una campaña contra Epiro. Demetrio fue bien recibido como un divino liberador por los entusiásticos atenienses (junio de 307), y Demetrio de Falero, protegido de Casandro, fue al exilio a Tebas. Antígono y Demetrio fueron considerados como dioses, al igual que los héroes legendarios. Se les levantaron altares y se dio su nombre a dos tribus suplementarias. Demetrio fue asimilado a Dionisos -título que los atenienses, probablemente habían concedido antes al propio Alejandro. Es ya el comienzo de la realeza "divina" típica de la era helenística, y es conveniente señalar que esta costumbre nació en Atenas, y no en ningún remoto cantón de oriente. Desde luego, Demetrio y Antígono bien merecían el reconocimiento de Atenas: gracias a ellos, recobraba, por lo menos, una parte de su antiguo grandeza; recuperaba sus antiguos aliados Lemnos e Imbros; reanudaba la construcción de navíos en sus arsenales, y las otras ciudades griegas eran invitadas por Antígono a apoyar a Atenas, y, en caso necesario, a socorrerla si era amenazada. La oligarquía sostenida por Casandro dio paso a una democracia restaurada -pero bajo patronazgo antigónida. El golpe fue aún más duro para Casandro, en cuanto que su expedición a Epiro, la ocasión para la aventura de Demetrio, finalizó en fracaso.

La amistad entre Antígono y Ptolomeo fue de corta duración. Ya en 306 estalló el conflicto entre ellos en el área de sus intereses más vitales. Antígono arrancó a su hijo de las delicias de la vida ateniense y le puso a cargo de una gran ofensiva contra Chipre. Plutarco, en su Vida de Demetrio, destaca que el precio de la victoria iba a ser no Chipre, ni siquiera Siria, sino la supremacía general: al menos esa era la intención de Monolftalmo. Demetrio, abandonando Atenas con su flota, fue a poner cerco a Salamina de Chipre, donde se había encerrado Menelao, el regente lágida. Una flota de socorro acudió, acaudillada por el propio Ptolomeo, quien sufrió la derrota más aplastante de su carrera, y Chipre capituló en el mes de junio de 306. Chipre permanecería en manos de los Antigónidas durante más de diez años. Antígono, ansioso de explotar su éxito, inmediatamente organizó una doble expedición, por tierra y mar, contra Egipto. El éxito, que él anticipaba, se destinaría a cubrir su retaguardia durante las posteriores operaciones contra Casandro. La operación fue un total fracaso. Una tempestad dispersó la flota de invasión, y las tropas de tierra no pudieron franquear el Nilo. Ptolomeo se salvó.

En consecuencia, Antígono retrocedió hacia el Egeo. Entre su protectorado, largo tiempo establecido, sobre la Confederación de los Nesiotes y la recién conquistada Chipre solamente quedaba un obstáculo que impedía su control total del mar: Rodas. Los rodios, que habían tenido que ceder a alguna de las demandas de Monolftalmo entre 315 y 311, sin embargo habían rechazado tomar parte en la campaña de Chipre ni en la siguiente contra Egipto. Fue un asedio famoso, en el que los poliorcéticos recursos empleados por Demetrio le ganaron el nombre con el que ha pasado a la historia, Poliorcetes, 'tomador de ciudades'. Sin embargo, había fracasado en tomar rodas, a la que Ptolomeo mantenía suministrada con comida. Después de un asedio de un año (305-304), tuvieron que buscar un acuerdo. Los Antigónidas reconocían la libertad de los rodios (prueba de que la raíz del problema de la libertad de las ciudades en este periodo no era tanto una doctrina legal como un equilibrio de fuerzas), y ellos, a su vez, acordaban formar una alianza con la condición expresa de que nunca serían invocados contra Ptolomeo. El episodio rodio es importante. La preservación de la libertad de la isla es la fuente de la prosperidad que disfrutó durante más de un siglo y del importante papel que jugó durante este periodo. Como símbolo de su victoria, los rodios hicieron levantar, con el producto de la venta de las máquinas de guerra abandonadas por Demetrio en la isla, una estatua gigante del sol, su dios tutelar.

Desde el asesinato del hijo de Alejandro en 310 y la extinción de la dinastía argeada ninguno de los diadocos se había atrevido a usurpar el título real macedonio. Antígono fue el primero en dar este paso y en hacerse conceder por aclamación el título de basileus, que compartió con su hijo. La ocasión fue el triunfo de Demetrio en Chipre en 306. El acto de Antígono tenía un significado claro: al proclamarse basileus estaba reclamando ser el sucesor del último rey auténtico, el Conquistador; al asociar a su hijo con él estaba indicando su intención de fundar una dinastía; y por el mismísimo acto de asumir el título y la diadema de Alejandro estaba reivindicando el legado de Alejandro. En otras palabras, estaba declarando ambiciones hasta ahora implícitas.

Pero la falta del éxito militar de los dos reyes en su expedición contra Egipto indujo a Ptolomeo a su vez a asumir el título real (305/4). Es importante dejar muy claro que en el caso de Ptolomeo este acto no tenía para nada el mismo significado que en el caso de Antígono. Como basileus Antígono reclamaba heredar la totalidad del legado de Alejandro -naturalmente Egipto incluido. Ptolomeo, por otra parte, no tenía tal pretensión: al tomar también el título real, su intención era probablemente desafiar el estatus de Antígono en el área que él, Ptolomeo, se había reservado para sí mismo- estaba proclamando su soberanía sobre Egipto. La proclamación estaba dirigida a los macedonios; para los egipcios nativos el título basileus no tenía significado. A los ojos egipcios, la única dignidad que Ptolomeo podía asumir la realeza tradicional faraónica, que Alejandro ciertamente había asumido. Que Ptolomeo se hubiera conducido como un faraón desde el comienzo (justo como, se nos dice, Seleuco, que se condujo como un rey con los bárbaros) es un hecho simple, aunque recientemente ha salido a la luz que había mantenido la ficción del reinado de Alejandro IV como faraón después del asesinado del joven rey. Que, en un momento u otro de su carrera, se hubiera coronado faraón en Menfis es, por otra parte, dudoso. La asunción del título real de Macedonia en 305 no era un acto de política doméstica; era un acto de política exterior: contra las pretensiones Antigónidas a la realeza universal Ptolomeo estaba afirmando su particular y limitada soberanía -aunque una soberanía que también pretendía derivar de la de Alejandro.

En los meses que siguieron, Casandro, Lisímaco y Seleuco a su vez se proclamaron basileis. Es posible que Casandro, como autor de la extinción de la línea legítima, se hiciera rey con el mismo espíritu que Antígono (aunque el indicio es que él y solo él usó el título de basileus Makedonon), pero Lisímaco y Seleuco estaban imitando claramente a Ptolomeo; en otras palabras, estaban desafiando la pretensión de Antígono de soberanía sobre lo que desde ahora podemos llamar sus estados -pero en ningún sentido reclamando ellos mismos, individualmente soberanía sobre la totalidad.

El momento es importante; este el nacimiento de las monarquías helenísticas, si no de hecho (ya que no había existido nada similar en la práctica desde Triparadisos), al menos de derecho. Tal como las ambiciones unitarias del primer Pérdicas, y ahora las de Antígono, habían contribuido fuertemente a acelerar la fragmentación territorial del imperio de Alejandro, así la pretensión de Antígono al poder real de Alejandro había provocado, como reacción, la fragmentación de ese poder -aunque Antígono con toda probabilidad no tenía esa intención, ya que nunca pareció haber admitido la realeza de sus rivales.

Ya en 307 Casandro se había preparado una vez más para un asalto sobre Grecia, y bastante rápidamente logró reducir las guarniciones de Ptolomeo a Corinto y Sición. Esta ofensiva tuvo el efecto adicional de inducir a los Antigónidas a levantar el asedio de Rodas de 304. Casandro amenazaba a Atenas; durante un año, ésta había podido resistir con sus propias fuerzas, pero, en el 304, una nueva ofensiva había entregado a los macedonios varias plazas del Ática, y especialmente Salamina. La propia Atenas estaba cercada y su caída no era más que una cuestión de tiempo. Antígono no podía tolerar una victoria de Casandro, que había comprometido su prestigio. Demetrio fue enviado a Grecia, desembarcó en Aulide, sorprendió a Casandro por la espalda y le obligó a replegarse hacia el norte, infligiéndole, además, sobre la marcha, una derrota en las Termópilas. Atenas se había salvado, pero su salvación le costó cara. Demetrio se estableció en la ciudad, eligió como residencia el Partenón y se condujo como un libertino -que lo era- y como un tirano. En contra de los principios hasta entonces mantenidos por Antígono, él no dudó en intervenir en los asuntos de la ciudad y en tratar duramente a los demócratas.

A comienzos de 303, Demetrio emprendió la reconquista del Peloponeso, donde subsistían algunas guarniciones, instaladas, unas por Casandro y otras por Ptolomeo. Una campaña fue suficiente para expulsar a aquellas tropas aisladas, y Demetrio pudo, en la primavera de 302, convocar en una Corinto "liberada" a los diputados de las ciudades griegas, para fundar una nueva "Liga de Corinto", que esta vez sería de inspiración democrática y ya no oligárquica. La Liga reconstituida empezó por elegir a Demetrio como estratega.



Esta aventura, a pesar de su falta de cualquier futuro real, parece haber sido más seria que la de Polipercón y Ptolomeo, y sobre todo sabemos más sobre ella, gracias principalmente a la evidencia epigráfica: las inscripciones nos dan un vislumbre de las instituciones federales e incluso nos capacitan para construir una imagen del principal agente de Demetrio Poliorcetes en el desempeño de esta tarea, Adeimanto de Lampsaco. Esta liga, que, como la de 338/7, parece haber estado basada en Corinto, generalmente es interpretada por los escritores modernos (después de Plutarco) como una restauración de la liga de Filipo II, aunque algunos han negado esto. Lo que conocemos de las instituciones federales no parecen justificar esta comparación, pero la diferencia en la circunstancias explica porque pueden expresarse las dudas. En 338 la fundación de la Liga de Corinto había sido la conclusión de la política griega de Filipo, el fin de una larga empresa que había comenzado desde Macedonia; su propósito esencial había sido organizar una 'paz común' en Grecia, y la alianza par otros propósitos era meramente secundario. En 302, sin embargo, la situación era prácticamente lo contrario. Mientras que, es cierto, en la mente de Poliorcetes, la nueva Liga de Corinto iba a ser, como la vieja, un medio para controlar Grecia (una guarnición antigónida fue instalada en Corinto, e iba a permanecer allí durante sesenta años), no obstante, también iba a ser, y sobre todo, un punto de partida entre otros para la toma de Macedonia de manos de Casandro. La Liga de 302 fue, por tanto, durante un tiempo un arma de guerra contra el soberano de Macedonia y desde este punto de vista, la "symmaquía" o pacto militar, se convirtió en el objetivo primario, no siendo la 'paz común' más que un distante objetivo. Si la ofensiva antigónida contra Casandro había sido coronada por el éxito, entonces, pero solo entonces, la Liga de Corinto de 302 puede haber adquirido una similitud con la fundada por Filipo, esto es, se habría convertido exclusivamente en un instrumento para la dominación macedonia de Grecia, en el marco y bajo la cubierta de una firmemente restablecida 'paz común'.

Mientras Demetrio estaba organizando Grecia de este modo, su padre estaba siguiendo adelante con sus preparativos en Asia: Macedonia iba a ser conquistada en un momento de debilidad. Casandro, sintiendo que los días de poder estaban contados, intentó negociar, pero el anciano Antígono, viendo el éxito al final dentro de su presa y con la vejez dejándole poco tiempo que perder, rehusó; su ultimátum dio nueva cohesión a la unión de sus oponentes. Casandro obtuvo primero el apoyo de Lisímaco, que se enfrentaba a una amenaza tan grande como él mismo. El de Ptolomeo fue automático, y finalmente Seleuco, que había estado ocupado durante varios años por asuntos en la India, se dio cuenta ahora de que una victoria antigónida en el oeste comprometería una vez más su situación y, en una fecha incierta (¿entre 305 y 303?) hizo la paz con Chandragupta Maurya, sometiendole territorios en el Paropamisade y en Aracosia y Gedrosia, cuya extensión a menudo se ha discutido, como otras enigmáticas cláusulas del tratado.

Demetrio tomó la iniciativa invadiendo Tesalia; pero los aliados decidieron, en una arriesgada apuesta, que, no obstante, se demostró correcta, sacrificar la defensa de Macedonia a una ofensiva en Asia Menor, con lo que Antígono tuvo que defenderse en dos frentes, lo cual obligó a Antígono a llamar a su hijo que se encontraba en Tesalia. Las operaciones combinadas de Casandro, Lisímaco y Seleuco (con Ptolomeo en su propio juego al invadir la Celesiria) dio lugar a una completa reversión de la situación: en verano de 301, en Ipsos, en Frigia, Lisímaco y Seleuco aplastaron completamente a los Antigónidas, gracias, sobre todo a los 500 elefantes proporcionados por Chandragupta Maurya. Antígono y Demetrio tuvieron al principio la mejor parte, pero Demetrio, en vez de contener a sus jinetes, les permitió que se lanzaran a una persecución demasiado lejana. Durante aquel tiempo, Antígono, abandonado por la mayor parte de la falange, fue mortalmente herido, conservando hasta el fin la esperanza de que su hijo llegaría para salvarle.

Después de Ipso, fue necesaria una división de los despojos de Antígono. Lisímaco tomó Asia Menor hasta el Tauro, con la excepción de unos pocos lugares en Licia, Panfilia o Pisidia, que parecían haber caído en manos de Ptolomeo, con la excepción también de Cilicia, que fue entregada a uno de los hermanos de Casandro, Pleistarco, aunque su pequeño estado iba a ser de corta duración. Casandro no hizo peticiones, pero evidentemente esperaba tener vía libre en Grecia de ahora en adelante, aunque Demetrio Poliorcetes, que había escapado por un pelo del desastre de Ipso, retuvo fuertes posiciones. Seleuco reivindicó Siria, pero fue incapaz de anexionarla completamente porque Ptolomeo, que se había abstenido de aparecer en Ipso como se acordó, se había puesto a ocupar metódicamente la mitad sur, hasta el río Eleutherus. Los conquistadores de Antígono, sospechosos, ordenaron a Ptolomeo someter este territorio a Seleuco, pero él lo rechazó. Seleuco, invocando la vieja amistad entre él y Ptolomeo, acordó provisionalmente dejar ir este territorio, pero no sin dejar claro que no estaba renunciando a sus derechos sobre Celesiria: este fue el origen de lo que son llamadas las guerras sirias; las cuales iban a envolver a los dos reinos en prolongadas hostilidades. Reducido a la mitad norte del país, que iba a tomar el nombre de Seleucis, Seleuco, siguiendo la política de colonización comenzada por Antígono, fundó especialmente las cuatro ciudades de la "tetrápolis siria" (Antioquía sobre el Orontes, Seleucia en Pieria, Laodicea sobre el mar y Apamea) que iban a ser desde entonces el centro de su reino.

En cierto sentido, la desaparición de Antígono Monoftalmo marca el fin de una era. Después de él, incluso si la idea unitaria todavía obsesionaba los pensamientos de su hijo (lo cual queda en la incertidumbre), incluso si pasó por la mente de Seleuco como un deseo fugaz en vísperas de su muerte, desde este punto en adelante no iba a haber política dedicada seriamente, tercamente, como la de Antígono, a revivir el imperio de Alejandro. Además, esa unión de Asia y Europa había sido hecha posible por un momento por circunstancias excepcionales (la euforia causada por el éxito de Filipo, el colapso aqueménida, el prestigio personal de Alejandro) y demasiadas fuerzas centrífugas estaban en camino de ser reconstruidas. Antígono mismo había aprendido esto desde que, por todo su deseo en reunir territorios en Asia y en Europa bajo su autoridad, ya desde 307, los mismos hechos habían dado forma a su pretensión; desde el día en que la actividad de los antigónidas había cruzado el Egeo desde Asia a Europa, padre e hijo habían sido obligados a dividir responsabilidades, conservando Antígono Asia para sí mismo y delegando Demetrio a Europa, para llamarle solo en la hora del peligro. Así, para los antigónidas Asia (una Asia ya severamente reducida por el hecho de Seleuco) y Europa en realidad no habían sido más que dos territorios artificialmente ligados por un vínculo dinástico. Por el contrario, lo que Lisímaco iba a conseguir por un momento iba a ser diferente en alcance y carácter del sueño de Antígono. La muerte de Antígono en el campo de batalla de Ipso marca el final transitorio de una idea de un imperio que revivía la de Alejandro, si es que no es heredada de él.

El reino de Antígono fue repartido. Seleuco obtuvo la Armenia, Capadocia y Siria. El hermano de Casandro, Pleistarco recibió la Caria y la Cilicia, y Lisímaco el resto de Asia Menor. Ptolomeo, que en el curso de la guerra había sido invadido, una vez más, Siria, pero se había retirado inmediatamente a consecuencias de una falsa noticia que anunciaba la derrota de Lisímaco, fue excluido del reparto. Demetrio, por su parte, lo había perdido casi todo, pero conservaba todavía algunos recursos. Después de la batalla, se había refugiado en Éfeso con un pequeño ejército y le quedaba la sólida flota de Antígono, algunas ciudades costeras, entre ellas Tiro y Sidón, así como Chipre. Y seguía siendo estratega de la Liga de Corinto.



Con la derrota de Antígono en Ipso comienza un nuevo periodo: hasta entonces los Diadocos querían o conservar la parte de herencia que les había correspondido o, por lo menos en algunos casos, tratar de reconstruir el imperio en provecho propio. Ahora, en el mundo confuso, desgarrado por la querellas de los Diadocos, aparecen unos hombres que transforman la guerra en una industria beneficiosa y, cuando la victoria les permite construirse un reino con los despojos, se muestran incapaces de levantar un estado verdaderamente pacífico y duradero. Dos figuras de estos "condottieri" dominan este periodo: la de Demetrio y la de Pirro.

6. La V Guerra de los Diadocos o I Guerra de los Epígonos (295-287)

Después de Ipso Demetrio se encontraba en una situación que no dejaba de recordar la que recientemente había conocido Polipercón; rey sin reino, pero no totalmente desprovisto de recursos ni de ejércitos, podía intentar la reconquista, al menos de una parte de lo que había perdido. Al principio y durante algunos meses, fue un proscrito. Atenas, que antes le había colmado de honores, le volvió la espalda. Influida por Lisímaco, se negó a acogerle después de la derrota y se limitó a enviarle los navíos que él había dejado fondeados en el puerto, antes de marchar a reunirse con Antígono. Quedaba Corinto. Demetrio se dirigió allí, pero todo el mundo le abandonó. La fidelidad a los reyes destronados no entraba en el programa de la Liga: un rey que ya no podía ser un bienhechor ni un amo no interesaba a nadie. Para subsistir y mantener a sus soldados, Demetrio emprendió algunas operaciones fructuosas, en Tracia, en el curso de los años 301 y 300, que más tenían de bandidaje que de operaciones militares regulares.

Pero en el momento en que todo parecía perdido y en que Demetrio iba, como Polipercón, a hundirse en la mediocridad de unas operaciones y combinaciones de corto alcance, la suerte, de pronto, se cambio. Seleuco propuso una alianza a Demetrio y con ella la esperanza de recuperar su puesto de poco tiempo antes entre los dueños del mundo helénico. Seleuco, el gran beneficiario de Ipso, se sentía, a su vez, aislado en Asia. Chocaba con Ptolomeo en Siria, no habiendo conseguido ocupar el sur del país, adonde el rey de Egipto había enviado tropas, y no había tenido más remedio que aceptar, aparentemente de buen grado, una partición de aquellos territorios. Ptolomeo, por su parte, estrechaba su alianza con Lisímaco y le concedía la mano de su hija Arsínoe. Seleuco veía transformarse la vieja coalición, que parecía amenazar, inevitablemente, al dueño de Asia. por eso se dirigió a Demetrio, cuyos genio militar y energía indomable conocía. Empezó por pedirle la mano de su hija Estratónice. La boda se celebró con gran pompa en Rossos (Siria). Inmediatamente Demetrio, apoyado por Seleuco, partía a atacar las posesiones de Pleistarco. Ocupó muy rápidamente la Cilicia, porque Pleistarco, al parecer no recibió ayuda alguna de sus aliados. Casandro no se preocupó por su hermano: tal vez estaba ya enfermo o tal vez se dedicaba a restablecer en Grecia la dominación macedónica, lo que era suficiente para ocuparle por completo. Además, no tardaría en morir, prematuramente, en el mes de mayo de 297.

Mientras tanto Demetrio no se limitó a arrebatar a Pleistarco una parte del antiguo reino de Antígono. No había olvidado la época en que era dueño de Grecia ni había renunciado a entrar en Atenas como rey. La ciudad estaba entonces dividida en dos facciones. Una, con Olimpiodoros, era hostil a Macedonia y favorable a Demetrio. La otra, en manos de Lacares, en otro tiempo amigo de Casandro, se hallaba en el poder. Demetrio se presentó como liberador para todos los que soportaban impacientemente lo que se llamaba "tiranía" de Lacares y que parece haber consistido, sobre todo en poderes excepcionales, destinados a proteger la ciudad contra un ataque de Demetrio. Una primera ofensiva lanzada en el 296 no alcanzó su objetivo, pero tras varios operaciones en el Peloponeso, Demetrio volvió al año siguiente, se apoderó del Pireo (donde parece que se agruparon los adversarios de Lacares) y la ciudad tuvo que capitular a comienzos de 294, mientras Lacares huía a Beocia. Una flota de socorro enviada por Ptolomeo no había podido forzar el bloqueo y se había retirado sin combatir. Demetrio se mostró generoso. Llamó al poder al partido demócrata (sin dejar por eso de intervenir en los asuntos de la ciudad), abasteció a los atenienses y no castigó a nadie. Después se dirigió a Esparta, última ciudad independiente del Peloponeso e influida, probablemente por agentes de Ptolomeo.

Los lacedemonios fueron vencidos dos veces en campo abierto, y Demetrio habría tomado seguramente la ciudad si no hubiera visto, de pronto, la posibilidad de otra presa, cuya posesión no solo le permitiría volver más fuerte contra Esparta, sino compensar las pérdidas que durante aquel tiempo le infligían en Asia los Diadocos: Ptolomeo ocupaba Chipre y ponía sitio a Salamina; Lisímaco se apoderaba de Éfeso y obtenía Mileto; el propio Seleuco se instalaba en Cilicia. Demetrio estaba obligado a reconstruirse un domino en Europa: ese dominio iba a encontrarlo en Macedonia.

A la muerte de Casandro le había sucedido el hijo mayor del rey, Filipo IV (reinó en 297) pero había muerto también tres meses después. Sus dos hermanos, Antípatro I y Alejandro V (reinaron en 297-294), eran menores. Se confió la regencia a su madre, Tesalónica, y ésta dividió el reino en dos: la parte oriental para Antípatro y la otra para Alejandro. En 295, el primero, llegado a la mayoría de edad, reclamó la totalidad del reino a su madre, que se negó a tal pretensión. Antípatro la hizo asesinar y luego expulsó a Alejandro. Éste protestó y llamó en su ayuda simultáneamente a los dos príncipes a quienes él consideraba más aptos para lograr que le hicieran justicia: Pirro de Epiro y Demetrio.

La situación había cambiado mucho para Pirro desde el momento en que Demetrio le había tomado bajo su protección. En la época de la alianza con Seleuco, Demetrio le había dado como rehén a Ptolomeo; allí el joven príncipe se había alejado poco a poco de Demetrio; se había convertido en el protegido de Ptolomeo y de Berenice, lo que le había valido, hacia el 297, ser reinstalado en su reino familiar, el Epiro. Aquí Pirro había asegurado su poder y acrecentado sus dominios casándose con Lanassa, hija de Agatocles, rey de Siracusa. La dote de la princesa había sido la isla de Corcira (Corfú). Esta era la situación de Pirro cuando Alejandro le pidió ayuda.

Pirro acudió inmediatamente, pero empezó por exigir la cesión de varias provincias macedonias. Después atacó a Antípatro. Lisímaco, con cuya hija se había casado Antípatro, no pudo socorrer a su yerno por hallarse comprometido contra los bárbaros más allá del Danubio. Por consejo suyo Antípatro hizo la paz y aceptó una partición.

Demetrio se había retrasado en el Peloponeso, pero, desembarazándose rápidamente, atravesó Grecia y se reunió con Alejandro en Dión (Pieria). Alejandro le hizo saber que ya no tenía necesidad de él. Demetrio no dejó traslucir su contrariedad, pero poco después, durante un banquete, hizo asesinar al joven rey y al día siguiente los soldados macedonios presentes en Dión le proclamaron rey. La opinión pública, unánimemente, les siguió. Antípatro, príncipe detestado, tuvo que huir a la corte de Lisímaco, y Demetrio comenzó su reinado. Después de fundar una ciudad (Demetrias) en el golfo de Pagasae, se marchó a proseguir la pacificación de Grecia.

Pirro no se resignaba de buen grado al establecimiento de Demetrio en Macedonia. Así, cuando los beocios con el apoyo de los etolios, que entonces ocupaban Delfos, se sublevaron por segunda vez, y mientras Demetrio estaba comprometido en el sitio de Tebas, Pirro ocupó las Termópilas con el evidente propósito de cortar las comunicaciones del Poliorcetes con su reino (primavera de 291). Pero cuando Demetrio se presentó, Pirro no prosiguió la aventura y se retiró al Epiro.

El conflicto latente entre Pirro y Demetrio iba a adoptar una forma inesperada: Lanassa, la mujer de Demetrio, abandonó a su marido y se retiró a Corcira: estaba cansada de la presencia en la corte de una concubina iliria. Desde Corcira propuso a Demetrio convertirse en su mujer. Demetrio aceptó, y con permiso de Agatocles, se casó con ella. Inmediatamente se apoderó de Corcira sin que Pirro pudiese resistir.

Demetrio era entonces dueño de un verdadero "reino griego" y sus objetivos parecían susceptibles de extenderse al occidente helénico, el mundo de Sicilia y la Magna Grecia, que hasta entonces habían evolucionado al margen de las crisis que perturbaban a Grecia y a Oriente. Pero tenía en contra no solo a Pirro, cuyo prestigio aumentaba, sino también a los etolios, que ocupaban Delfos y cristalizaban a su alrededor las tendencias antimacedónicas. Demetrio intentó reducirles e invadió su país, pero Pirro, para aliviar a los etolios, asoló durante aquel tiempo Macedonia, aunque tuvo que concluir una paz en 289.

Demetrio no abandonaba por ello sus grandes proyectos; por los preparativos que hacía, sus vecinos, y sobre todo Lisímaco, comprendieron que trataba de emular a Alejandro y de emprender la conquista de Asia. Decidieron impedirla. Los ejércitos de Demetrio, minados en su moral por los adversarios, cedieron rápidamente. Demetrio, abandonado por sus soldados, tuvo que salir disfrazado de Macedonia y el reino fue repartido entre Pirro y Lisímaco (verano de 287).

Unos meses bastaron para que se hundiese, esta vez definitivamente, la fortuna de Demetrio. Atenas se sublevó y Ptolomeo se apoderó de las ciudades asiáticas que aún le quedaban al rey destronado. Demetrio intentó invadir el Asia Menor con un ejército de mercenarios, pero Agatocles (el hijo de Lisímaco) salió a su encuentro y, atacándole de costado, le obligó a retirarse a las satrapías superiores. Demetrio perdió en la aventura más de los dos tercios de sus hombres. Por último, fue cercado por Seleuco y tuvo que rendirse (comienzos de 285). Pasó los dos últimos años de su vida en una cautividad honorable en una residencia real, a orilla del Orontes.



7. La VI Guerra de los Diadocos (282-281): el final de los Diadocos.

La derrota de Demetrio beneficiaba sobre todo a Lisímaco, que no tardó en apoderarse de toda Macedonia expulsando de su parte al rey Pirro (285). su diplomacia le había conciliado el favor de un gran sector de la opinión, también en Grecia. Además, había ocupado la Tesalia, donde se había mantenido algún tiempo Antígono Gonatas, hijo de Demetrio, a quien su padre al salir para Asia, había entregado plenos poderes sobre lo que le quedaban de sus posesiones europeas. Pero Lisímaco iba a ser arrojado también del pináculo a que había logrado elevarse. Seleuco se inquietó ante los progresos realizados por el rey de Tracia. Además, ciertas intrigas familiares urdidas en la corte de Tracia dieron origen a la formación de verdaderos complots contra Lisímaco -complots cuyas ramificaciones se extendieron muy pronto a todo el oriente- y contribuyeron a persuadir a Seleuco de que había llegado el momento de actuar. Así, en el verano de 281, Seleuco inició las operaciones contra Lisímaco en Asia Menor. Algunas semanas después se libró la batalla decisiva entre los dos reyes en la llanura de Corus (Corupedion), al oeste de Sardes. Lisímaco fue vencido y pereció en el campo de batalla.

Seleuco no se contentó con haber abatido a Lisímaco. Se hizo proclamar rey de Macedonia por los soldados y confiando su reino asiático a su hijo Antíoco, se puso en camino hacia su patria, aquella Macedonia de la que un día había salido con Alejandro y a la que no había vuelto. Pero no llegaría a ella. Apenas franqueados los Estrechos, fue asesinado por un hijo de Ptolomeo y de la reina Eurídice, un tal Ptolomeo "Keraunos" (el Rayo), a quien Seleuco había prometido reintegrarle en el trono de Alejandría, donde reinaba desde 285, primero juntamente con su padre y después solo, Ptolomeo II "Filadelfo", hijo de Ptolomeo y de su segunda mujer, Berenice. Keraunos, considerando que Seleuco tardaba en cumplir sus promesas, le degolló cerca de la ciudad de Lisimaqueia y se hizo proclamar, a su vez, rey de Macedonia (281-279). Así desapareció el último de los Diadocos, los compañeros de Alejandro que habían participado en la conquista y se habían repartido los despojos del rey difunto. El imperio de Alejandro estaba desde entonces y para mucho tiempo dividido en tres reinos: Egipto, en manos de los Ptolomeos; Siria, a la que se añadían el Asia Menor y algunas de las satrapías superiores, los Seléucidas; y por último, la Macedonia, sobre la que reinó, al principio, Keraunos y que después pasó al hijo de Demetrio, Antígono II Gonatas, y a la dinastía de los Antigónidas. Los Lágidas de Alejandría habían de reinar hasta la muerte de Cleopatra, en el 30 a.C.; los Seléucidas, tras un largo conflicto contra Roma y numerosos reveses, desaparecieron definitivamente en el 64. Cuando Pompeyo transformó a Siria en una provincia. Los Antigónidas, por último, perdieron su reino en el campo de batalla de Pidna, ante las legiones de Emilio Paulo (168). La historia de estos reinos y de los que se formaron a sus expensas ocupa los siglos III y II antes de nuestra Era y constituye el periodo "helenístico" propiamente dicho, del que los acontecimientos que acabamos de resumir entre la muerte de Alejandro y Seleuco no son más que el preludio.





BIBLIOGRAFÍA:

E. W. WALBANK, : El Mundo helenístico. Historia del Mundo Antiguo, Editorial Taurus.
EDWARD WILL: The Succession to Alexander. Capítulo 2 de la Cambridge Ancient History 7.1. The Hellenistic World. Cambridge University Press, 2008
PIERRE GRIMAL: El Helenismo y el auge de Roma. Historia universal Siglo XXi, volumen 6. Siglo XXI Editores, S.A.